El soldado que nunca dejó de soñar con la belleza

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Foto: José Antonio TorresAquí o allá, en la Plaza martiana o a unos metros de la estatua ecuestre de Maceo en Santiago de Cuba, o en cada sitio de la geografía del país, es difícil asociar este hombre a los himnos luctuosos.

Quienes lo vieron sonreír saben cómo detrás del rostro curtido del combatiente, de la gravedad en el ejercicio del mando, de la decisión de sumarse a la gesta del Moncada, del arrojo en los días de la Sierra, del peso de las responsabilidades políticas, estatales y militares, latía el corazón de un poeta.

Solo así se explican esos versos que con alma mestiza de ranchera y bolero le salieron del pecho en el momento de la despedida, cuando junto a otros 81 compañeros, con Fidel al frente, partieron de Tuxpan en una precaria embarcación decididos a vencer o morir.

Siempre he querido pensar que no era la Lupe una muchacha en particular, sino todos los amores de los jóvenes del Granma y de todos los muchachos y las muchachas que supieron antes, entonces, después y ahora mismo que la felicidad es más completa cuando el amor se reparte entre millones.

Juan Almeida nunca dejó de soñar con la belleza y la atrapó en esas melodías de intacto lirismo que voces privilegiadas multiplicaron en noches de pasión y alegría, de evocación y sobresalto.

Una belleza que asumió desde los tambores de las congas santiagueras —ahí está la vivencia de Enriquito Bonne, quien admiró la sabiduría que el Comandante de la Revolución ponía en descifrar los trepidantes caminos del Cocoyé en ese Santiago al que legó una de sus más inspiradas páginas— y cultivó al escuchar a Cuní y Chappotín o al Beny en la sabrosura del canto a las ciudades de Cuba o en los abismos de un amor fugaz.

Una belleza de realeza popular que se elevó hasta los sones picarescos en los que hizo un guiño al disfrute pleno de un buen trago de ron o lanzó un piropo a "esa mujer que quiere que la miren".

El poeta también se reveló en sus textos testimoniales. Cada una de las lí-neas que escribió para rememorar la saga del Moncada al triunfo, sin olvidar el estremecedor relato de las jornadas del ciclón Flora, no solo atesoran huellas históricas imprescindibles sino estallidos de una sensibilidad.

Permítaseme una referencia personal. Cuando Luis Báez y quien esto escribe recibimos meses atrás la encomienda de hacer un libro sobre la Caravana de la Libertad, que llevó a Fidel de Santiago a La Habana durante los primeros ocho días de enero de 1959, hallamos en la prosa de Almeida mucho más que el relato puntual del avance victorioso por las carreteras y ciudades de la isla. Estaba, y así lo reflejamos, un repertorio de imágenes vívidas, una mirada transida por el fuego de la anticipación de la Patria que todos tendríamos que edificar.

Pronto saldrá de las prensas un volumen que muchos guardaremos: la editora Abril tiene a punto, después de un afanoso proceso de curaduría a cargo de Redento Morejón, un espléndido cancionero con las letras y las guías musicales de las obras de Almeida.

Cuando llegue a nuestras manos cantaremos nuevamente, como lo haremos siempre, esas baladas que hablan de antiguas soledades y nuevas esperanzas que nos regaló un ser humano inolvidable.

 

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