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Maravilla en Limonar de Monte Ruz
Jorge Luis Merencio Cautín
La Maravilla de Limonar de Monte Ruz debiera llamársele a la
finca creada por el campesino Agustín Herrera Castillo en ese paraje
agreste del municipio de El Salvador, en Guantánamo.
Agustín
y su hijo Jorge recorren su área predilecta: la finca de semillas.
Ese nombre se ajustaría a la obra constituida por el labriego y
su familia en un sitio donde las pendientes se hacen regla, escasean
los recursos y hay que trabajar duro y organizado para sacarle mayor
provecho a la tierra.
Asido a las mejores experiencias de la cultura agrícola
campestre, Agustín explota seis hectáreas con una amplia variedad de
cultivos cosechados en diferentes etapas. También cría gallinas,
patos, cerdos y otros animales.
Esos renglones los garantiza con sus propias simientes y lo
consolidan como el mejor productor de su base campesina, la
Cooperativa de Créditos y Servicios Luis A. Carbó.
DE TAL PALO...
Siendo apenas un muchacho, en 1962, llegué aquí desde Sagua de
Tánamo, en la provincia de Holguín. Entonces ya era agricultor y
laboré largo tiempo bajo las orientaciones de Pancho (general de
brigada (r) Francisco González) hasta que en el 2001 adquirí mi
propia finca, relata Agustín.
Con Pancho —continúa— trabajé no menos de diez años. Le agradezco
la férrea disciplina laboral que me inculcó, su educación política,
su ejemplo en el surco y en cualquier otra tarea.
Cada vez que observo mi producción de ñame lo recuerdo a él y a
la finca que levantamos en Los Lirios.
El ñame, opina Agustín, es una vianda estratégica que no debía
faltarle a ningún campesino, pues crece bajo tierra y sufre poco por
los ciclones y otros fenómenos meteorológicos.
Uno de mis propósitos como productor, asevera, es el rescate y
desarrollo de variedades tradicionales de ñame. De momento dispongo
del amarillo, blanco, criollo y uno que por aquí le llamamos inglés.
SOSTENIBILIDAD PRODUCTIVA
La experiencia de Agustín como hombre del surco lo alertó,
tempranamente, que para hacer una buena finca era indispensable
disponer de agua segura, tarea difícil en un sitio sin río próximo y
donde muchas veces la lluvia escasea por perilodos prolongados.
Aprovechando el cauce de un arroyuelo cercano, primero construyó
un pozo para el consumo doméstico y unos metros después un embalse
que asegura el riego a la finca de semilla y los sembradíos más
cercanos, además del agua para la cochiquera.
Después, con apoyo estatal y comunitario, construyó un segundo
estanque, el cual le garantiza el abasto de agua a su nuevo proyecto
en desarrollo: la crianza de reses.
La seriedad de este labriego, el uso eficiente de su tierra y la
posibilidad de disponer de nuevas áreas fueron elementos decisivos
para que el Estado le entregara en usufructo, mediante el
Decreto-Ley 259, unas 27 hectáreas ociosas contiguas a su finca.
Si todos los campesinos atendiéramos las siembras como se
requiere, liberaríamos al país de buena parte de los gastos por la
compra de esos alimentos. |