Así lo definía Fidel Castro en el año 1964: "si a nosotros nos
preguntaran qué es lo más revolucionario que está haciendo la
Revolución es prácticamente esto: la revolución que está teniendo
lugar en las mujeres de nuestro país. Si nos preguntaran cuáles son
las cosas que más nos han enseñado en la Revolución, responderíamos
que una de las lecciones más interesantes que los revolucionarios
estamos recibiendo es la lección que nos están dando las mujeres".
Y cuántas lecciones más darían las cubanas durante casi cincuenta
años. Desde aquellas que cambiaron sus batas de casa por uniformes o
ropa de trabajo y comenzaron a decidir sobre su futuro y el de los
hijos hasta las que hoy, medio siglo después, constituyen el 66,5%
de la fuerza técnica y profesional de este país.
Por eso ahora, cuando la Federación de Mujeres Cubanas llega a 49
agostos, recuerdo los cuentos de la querida abuela sobre aquel
taburete al que solía subir para fregar los platos de los "señores"
y como luego del redentor enero empujó a cada uno de los suyos hacia
vidas más dignas amén de los remilgos y amenazas del abuelo,
mientras ella también aprendía a leer y tomaba las riendas del
hogar. Pero la historia antecedía al despunte que comenzó en 1959 a
no tener límites dentro de una Revolución que puso a la mujer en el
centro mismo de su vorágine.
Corría la década del cincuenta, el país era un hervidero. El peso
de siglos de desmanes se tornaba insoportable y miles de cubanos
apostaron su vida por la Patria, entre ellos no faltaron las
mujeres. Nombres como los de Lidia y Clodomira, asesinadas
cobardemente, Celia, Melba, Haydée o Vilma dan fe de las raíces
sensibles de la gesta rebelde. También las madres heroicas, que como
dijera Fidel en el sentido discurso del 23 de agosto de 1960 son las
que más han sufrido, abonaron con llanto y coraje el destino del
país. Allí están las madres de Frank y Josué, la de los Ameijeiras
que perdió a tres hijos, o aquella campesina de Oro de Guisa que los
esbirros de Sosa Blanco le asesinaron siete hijos y el esposo.
Con semejante historia y con la urgencia de redimir a las
cubanas, a solo 20 meses de aquel enero, quedó constituida la FMC
como respuesta a la solicitud de las mujeres que pedían organizarse
y participar. Se fusionaron así los sectores femeninos, los que
encabezados por Vilma emprendieron los caminos marcados por Fidel.
Comenzaría entonces la paciente y ardua labor de trastocar
prejuicios. Son una muestra la incorporación de miles de campesinas
y empleadas domésticas a escuelas de capacitación, los cursos de
corte y costura, y la organización de círculos infantiles para las
madres trabajadoras.
Casi medio siglo después los números no engañan: en enero de 1959
solo laboraban 194 000 mujeres, la mayoría de ellas en puestos de
menor pago, en los años de Revolución la fuerza laboral femenina
creció casi ocho veces. Mientras, ocupan el 38% de los puestos de
dirección del país. Y ya pasan de 4 200 000 las mujeres agrupadas en
la FMC, organización convertida en motor impulsor de nuestra
cotidianidad pero que no se sienta a hablar de sus logros pues saben
las federadas que aún queda mucho por forjar.
Por ello, el VIII Congreso llamó a estremecer cada delegación con
el fin de convertirlas en un verdadero espacio para el debate de los
problemas de las mujeres y que desde allí surjan las mejores
soluciones. La fuerza real de la organización se decide en cada
comunidad de ahí que no puede jugar un papel pasivo; le toca
combatir y proponer, no puede limitarse a festejar su día y hacer el
recuento de historias pasadas. Los tiempos que corren, más difíciles
por la penetración ideológica, exigen de nuestras mujeres actuar con
inteligencia y sumar a todas en ese empeño, desde la joven que
arriba a los 14 años hasta la más anciana.
Resulta un desafío de esta nueva época revolucionar la forma y el
contenido de las reuniones de la organización. Los temas que ahora
convocan difieren de los de tiempos inaugurales y precisan de mayor
motivación y creatividad para atraer a federadas de todas las
edades. La mayor y más activa incorporación de las muchachas aún es
tarea de primer orden, y no se superará con añejos métodos de
trabajo.
Todavía existen inconformidades con la imagen de la mujer en los
medios de comunicación. Ejercer una mayor influencia para desterrar
de los productos comunicativos todo lo que denigre a las cubanas
también ocupa a la Federación. No es raro encontrar en la pequeña
pantalla videos clip que nos colocan como objeto sexual, reafirman
desigualdades y vulgaridades, mientras recrean imágenes banales de
la mujer y perpetúan estereotipos sexistas.
Complejo ha resultado eliminar los lastres de desigualdad que
sobreviven en la conciencia de no pocas personas. Como se reconoció
en el Octavo Congreso de la FMC, la discriminación indirecta aún
prevalece. Subsisten obstáculos para que la mujer ocupe cargos en
niveles decisorios, para ejercer la maternidad oportuna, en la
desigual distribución del trabajo doméstico, en la resistencia y la
crítica a que el padre solicite una licencia de paternidad y en el
menor disfrute del tiempo libre de las mujeres respecto a los
hombres. Aún cuando las cubanas progresan de manera considerable, lo
hacen a un elevado costo de sacrificio personal.
Todas estas cuestiones hacen de este nuevo aniversario motivo
para el trabajo, y no para sentarse a descansar ante sus
trascendentales logros. En estos casi cincuenta años las mujeres han
estado junto a la Revolución, y ahora se multiplican los motivos
para continuar marchando en la misma fila y con el mismo paso. La
fuerza de su presidenta Vilma Espín pervive y sigue guiando a la
organización. Queda para las cubanas camino por andar, por
conquistar, por revolucionar.