Dicen que México es la nueva Colombia. Ni a los colombianos ni a
los mexicanos les gusta la comparación. Sin embargo, está claro que
aunque el negocio de las drogas ilegales esté todavía vivo y
coleando en Colombia, México se ha convertido en el nuevo centro de
distribución y son los narcos mexicanos, no los colombianos, los que
mandan y los que dirigen la guerra. Y es una guerra sucia y
sangrienta.
El gobierno mexicano ha vertido todos sus recursos para combatir
a los carteles de la droga. Docenas de ciudades han sido
militarizadas y en algunos casos fuerzas federales de policía han
asumido las funciones de policías locales. Pero el poder militar tan
solo ha llevado a más derramamiento de sangre. De hecho más de 12
000 personas han muerto como parte de esta guerra en México, más que
en las guerras en Iraq y Afganistán juntas durante ese periodo de
tiempo.
Pero este problema no es solo de México. Una investigación de la
agencia Prensa Asociada muestra que los traficantes de droga
mexicanos han esparcido sus tentáculos a unos 47 países.
En Estados Unidos, los carteles mexicanos de la droga han ido más
allá de los estados fronterizos y se han esparcido a por lo menos
230 ciudades, entre ellas Chicago, Houston, Denver y Los Ángeles.
La guerra contra las drogas en México no es fácil de ganar. En el
meollo del problema está la cultura de corrupción que ha existido
por décadas en ese país. Las agencias policíacas han sido
infiltradas por el crimen organizado al grado de que los mexicanos
ya no saben a quiénes deben temer más: si a los delincuentes o a la
policía.
La guerra contra las drogas es la nueva guerra fría: las luchas
por el poder, los dobles agentes, operaciones clandestinas,
escondrijos secretos, las masacres. Pero esta no es una batalla por
ideología. Es un problema mundial que requiere una solución mundial.
(Fragmentos tomados de La Raza, de Estados Unidos)