La muñequería japonesa no se parece a ninguna otra. No solamente
por el refinamiento de la expresión, ni por la pulcritud
constructiva, ni por los espléndidos materiales empleados. Es única
por la simbología que atesora, la idiosincrasia que representa y la
identidad largamente cultivada en esas formas.
Estas cualidades no pasan inadvertidas al público que este agosto
visita la Casa de Asia, institución perteneciente a la red de la
Oficina del Historiador de la Ciudad en el centro histórico
habanero, imantado por la muestra Los muñecos de Japón, que
llegó a nosotros por vía de la Japan Foundation y la Embajada de ese
país en Cuba, como parte de la programación conmemorativa del
aniversario 80 del establecimiento de relaciones diplomáticas entre
nuestros Estados.
En japonés, la palabra ningyo define a estas piezas donde
arte y artesanía forman una unidad indivisible, tanto como la
tradición colectiva al juntarse con la personalidad de cada hacedor.
De tal manera, en una saga que remonta a miles de años, cada 3 de
marzo las familias consagran la buenaventura de sus hijas en la
festividad de Hina Matsuri, donde muestran parejas de muñecos
bellamente ataviados. En la exposición habanera puede verse muñecos
que representan a una pareja imperial de la dinastía Heinan (794 –
1185)
Los muchachos también tienen su festival de muñecos el 5 de mayo
y no es de extrañar la remembranza de un guerrero, que pareciera
salido de un fotograma de Ran, de Akira Kusosawa.
La gama de personajes representados es muy variada, desde niños
que hacen las veces de querubines orientales hasta practicantes de
sumo, uno de los más populares deportes autóctonos; desde un
actor de teatro kabuki hasta íconos de los cuentos
folclóricos.
Acercarse a esta exposición de un modo muy atractivo de
instruirnos en las peculiaridades de una cultura milenaria que
dialoga con la contemporaneidad.