Nostalgias aparte, el sentido de esa evocación no es epidérmico
ni abstracto. Respira ahí, en cada una de esas sillas (más de 300),
hechas de fina cinta en metal, aparentemente frágiles ante la
obesidad humana o el peso de los años, pero presentes todo el
tiempo, sin lesiones ni muertes, sentadas y a la vez erguidas, como
monumento de toda una villa a su pertenencia misma.
Generalmente la meditación popular no se adentra mucho en lo que
por norma se convierte en hábito. Tal vez por eso miles de
espirituanos y visitantes no interioricen el tradicional cuidado
que, de manera consciente, han tenido generaciones enteras hacia las
sillas de ese parque, donde miles de abuelos les narraron
fantásticos relatos a los nietos, esos nietos a sus hijos, el joven
a la muchacha que hoy sigue a su lado allí, mirando al nietecito
común correr por un espacio que deviene prolongación abierta de
todos los hogares.
Y, por esas mismas verdades, duele e irrita ver en diferentes
sitios de la geografía nacional restos mortales de bancos que por su
corta edad bien pudieran ser biznietos de aquellas sillas; "tatuada"
en marcas verticales de zapatos la pared recién pintada, encrespados
los cables donde alguna vez hubo un tomacorriente, desgarrado el
asiento del ómnibus o la luneta del cine, rotos los columpios que el
peso de ningún niño puede destruir, o sin manos la escultura que una
indolente mano cercenó.
Nadie arruina lo que ama y siente como suyo. La anciana más buena
y cariñosa que he conocido en toda mi vida (Norberta Concepción)
solía recomendarle a su prole: "Aprendan a cuidarlo todo para que
nunca les falte nada".
El tiempo se llevó su cuerpo, pero la enseñanza está ahí,
arraigada como los consejos de otras abuelas en sus descendientes.
Mis excusas si hay error; pero más que social o estatal, el
maltrato y la destrucción del patrimonio común es un fenómeno con
raíces tan claramente familiares como otros males que también deben
ser atajados desde que se anuda el pañal en la cuna: robo,
irrespeto, avaricia, engaño, oportunismo, fraude, vagancia...
Desde la más populosa ciudad hasta el más pequeño núcleo
residencial tienen sus reliquias: parques, glorietas, museos,
estatuas, obeliscos, tarjas, teatros, plazas, monumentos,
esculturas, cines, zoológicos, hoteles, escuelas, hospitales...
Evocar ese "tesoro de todos" es hermoso. Triste debe ser vernos
obligados a recordarlo un día, ante la imposibilidad de apreciarlo,
tocarlo, disfrutarlo, porque la indolencia haya puesto fin a su
existencia.
No es ese el caso de las sillas de mi pueblo: espacio donde se
han sentado generaciones completas, sin detenerse a meditar que al
mismo tiempo asientan y perpetúan uno de los más nobles valores del
ser humano: el que permite cuidarlo todo para que nunca falte nada.