Las sillas de mi pueblo

Pastor Batista Valdés

No sé si a otras personas les ocurrirá igual, pero cada vez que retorno a mi pueblo (la siempre cándida y apacible ciudad de Sancti Spíritus) tengo, necesariamente, que dedicar algunos minutos a sentarme en una de las sillas del parque Serafín Sánchez: las mismas donde cientos de veces me acomodé cuando era niño, a mirar la vida o a pedirle para mañana todo lo bueno que hasta entonces no había marcado mi infancia.

Fotos del autor¿Con qué derecho hay manos que mutilan la obra de otras manos?

Nostalgias aparte, el sentido de esa evocación no es epidérmico ni abstracto. Respira ahí, en cada una de esas sillas (más de 300), hechas de fina cinta en metal, aparentemente frágiles ante la obesidad humana o el peso de los años, pero presentes todo el tiempo, sin lesiones ni muertes, sentadas y a la vez erguidas, como monumento de toda una villa a su pertenencia misma.

Generalmente la meditación popular no se adentra mucho en lo que por norma se convierte en hábito. Tal vez por eso miles de espirituanos y visitantes no interioricen el tradicional cuidado que, de manera consciente, han tenido generaciones enteras hacia las sillas de ese parque, donde miles de abuelos les narraron fantásticos relatos a los nietos, esos nietos a sus hijos, el joven a la muchacha que hoy sigue a su lado allí, mirando al nietecito común correr por un espacio que deviene prolongación abierta de todos los hogares.

Fotos del autorLas sillas de mi pueblo: remanso de tranquilidad y testigos del cuidado de generaciones enteras.

Y, por esas mismas verdades, duele e irrita ver en diferentes sitios de la geografía nacional restos mortales de bancos que por su corta edad bien pudieran ser biznietos de aquellas sillas; "tatuada" en marcas verticales de zapatos la pared recién pintada, encrespados los cables donde alguna vez hubo un tomacorriente, desgarrado el asiento del ómnibus o la luneta del cine, rotos los columpios que el peso de ningún niño puede destruir, o sin manos la escultura que una indolente mano cercenó.

Nadie arruina lo que ama y siente como suyo. La anciana más buena y cariñosa que he conocido en toda mi vida (Norberta Concepción) solía recomendarle a su prole: "Aprendan a cuidarlo todo para que nunca les falte nada".

El tiempo se llevó su cuerpo, pero la enseñanza está ahí, arraigada como los consejos de otras abuelas en sus descendientes.

Mis excusas si hay error; pero más que social o estatal, el maltrato y la destrucción del patrimonio común es un fenómeno con raíces tan claramente familiares como otros males que también deben ser atajados desde que se anuda el pañal en la cuna: robo, irrespeto, avaricia, engaño, oportunismo, fraude, vagancia...

Desde la más populosa ciudad hasta el más pequeño núcleo residencial tienen sus reliquias: parques, glorietas, museos, estatuas, obeliscos, tarjas, teatros, plazas, monumentos, esculturas, cines, zoológicos, hoteles, escuelas, hospitales...

Evocar ese "tesoro de todos" es hermoso. Triste debe ser vernos obligados a recordarlo un día, ante la imposibilidad de apreciarlo, tocarlo, disfrutarlo, porque la indolencia haya puesto fin a su existencia.

No es ese el caso de las sillas de mi pueblo: espacio donde se han sentado generaciones completas, sin detenerse a meditar que al mismo tiempo asientan y perpetúan uno de los más nobles valores del ser humano: el que permite cuidarlo todo para que nunca falte nada.

 

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