El golpe de Estado en Honduras así lo confirma. Washington ha
mantenido un doble carril que en la práctica sirve a los golpistas
para ganar tiempo, sobre todo para reprimir e intentar doblegar la
resistencia de las organizaciones populares de esa nación
centroamericana.
Honduras pareciera no estar en el mapa para el presidente Obama,
pese a que la mayoría de los gobernantes del área no deja pasar
reunión para expresar su apoyo a la restitución del presidente
Manuel Zelaya.
El propio Zelaya lo decía por estos días desde Ocotal, en la
frontera de Nicaragua; desde allí exigió a Estados Unidos que aclare
su postura respecto a la "dictadura de Micheletti". No es para
menos, en Washington se critica al legítimo presidente y el gobierno
de facto recibe un silencio cómplice.
La posición ambivalente de la Casa Blanca alienta a las
autoridades de facto. A tenor con ello, la base yanki en Palmerola
funciona cual si nada hubiera pasado y en Tegucigalpa los golpistas
reciben con los brazos abiertos a una misión de congresistas
republicanos, encabezados por Connie Mack, que avala la "sucesión
presidencial".
A fin de cuentas, pareciera que entre la Casa Blanca y esos
sectores de la derecha republicana, o demócrata, las diferencias
parecen solo de matices cuando se trata de revertir el proceso de
cambios en el "traspatio" y de atacar a la Alianza Bolivariana para
los Pueblos de Nuestra América (ALBA).
En este contexto la administración Obama llevará a un nivel
superior el Plan Colombia de Bush, para expandir la presencia
militar norteamericana en ese territorio sudamericano.
Washington y Bogotá están por firmar un acuerdo que estipula
"visitas más frecuentes" de aviones y barcos estadounidenses, que
tendrán como asiento tres bases aéreas y dos navales, en la Bahía de
Málaga, en el Pacífico; y en Cartagena, en el Caribe.
El objetivo de este andamiaje militar y de espionaje rebasa las
fronteras colombianas y tiene las miras puestas en Venezuela y
Ecuador, miembros, como la Honduras de Zelaya, del ALBA.
No puede escapar a Washington que se trata de una amenaza latente
en el área, sobre todo luego del ataque del 1ro de marzo del pasado
año a territorio ecuatoriano, con participación del Pentágono y de
diversas agencias de seguridad estadounidenses.
Mientras Caracas ve con preocupación el pacto bélico entre EE.UU.
y Colombia, Washington se encarga de enviar señales que confirman la
hostilidad hacia la Revolución bolivariana y la continuidad de la
política bushiana.
Por estos días la Casa Blanca se encargó de elevarle el nivel a
la visita que hiciera a Washington una misión de dirigentes
opositores venezolanos, encabezados por el alcalde metropolitano
Antonio Ledezma.
Dan Restrepo, director para Latinoamérica del Consejo de
Seguridad Nacional, y cercano colaborador del presidente Obama,
recibió y dio el espaldarazo a Ledezma, en gesto que ni siquiera la
administración Bush dispensó en su momento.
No pareciera esta una práctica muy "di-plomática" hacia un
gobierno con el que Estados Unidos se ha propuesto "normalizar las
relaciones".
Restrepo no fue el único anfitrión. La comitiva tuvo de
interlocutores, además, a Craig Kelley, asistente del subsecretario
de Estado para América Latina, así como a Kevin Whitaker, encargado
de la región andina.
La misma agenda de trabajo cumplieron congresistas que son
furibundos enemigos del proceso bolivariano y de los gobiernos
progresistas de América Latina.
Para muestra un botón: Ileana Ros Lehtinen, defensora a ultranza
del gobierno de facto hondureño, estuvo entre quienes se reunieron
con la comitiva opositora venezolana.
Como si ello no bastara, en los días posteriores al golpe contra
el presidente Zelaya, y justo después de recibirlo en el
Departamento de Estado, la secretaria de Estado Hillary Clinton
otorgaba en su despacho una entrevista al canal venezolano
Globovisión.
No se trata de cualquier medio de comunicación. Ese canal tuvo
una activa participación en el golpe de Estado de abril del 2002 y
el paro petrolero contra el presidente Chávez. Eso lo saben bien en
Washington, donde la Clinton parece no esconder su simpatía por el
rol desestabilizador que ese medio golpista desempeña contra el
gobierno de Chávez.
Con tales emanaciones, entonces, no hace falta mucho olfato ni
emborronar más cuartillas para sentir y señalar el tufo bushista que
emana desde la Casa Blanca. Como diría Chávez: "olor a azufre".