Era como si el tiempo se hubiera detenido en los círculos de ese
infierno vivido por América Latina hace apenas unos lustros. Como si
Pinochet, Videla, Stroessner, estuvieran ahora mismo reviviendo la
alianza del Cóndor bendecida por Washington. Como si en Uruguay
volviera a dar instrucciones para matar un individuo como Dan
Anthony Mitrione, o en Brasil se reinventara el pau de arara.
De ahí la utilidad de un libro como el que acaba de ver la luz en
Bolivia. Algo así como un recordatorio para que la infamia no se
desdibuje en la memoria, pues de sangre y horror está impregnado el
camino hacia la conquista de la dignidad en nuestras tierras.
La obra de Llorenti cobra una dimensión peculiar debido al
periodo que analiza. Bajo el subtítulo "Derechos humanos, crímenes
de lesa humanidad, democracia e impunidad", el autor, un joven pero
a la vez curtido luchador, que se desempeña actualmente como
Viceministro para la Coordinación de los Movimientos Sociales en el
Ministerio de la Presidencia de la República de Bolivia, escudriña
los años que van de 1982 a 2005.
En esa etapa supuestamente el país sudamericano se hallaba en
democracia. Es decir, hubo elecciones supuestamente libres,
instituciones aparentemente funcionales, orden constitucional.
Fueron los años en que el modelo neoliberal ganó credenciales. Atrás
la ola de golpes de estado y la presencia ominosa de los militares
en el Palacio Quemado. Aunque dicho sea no tan de paso, uno de los
más temibles se recicló en el baño democrático, nada menos que Hugo
Bánzer.
Sin embargo en esos años no dejaron de cometerse tropelías ni de
ocultarse. Verdaderamente indignantes son las muertes del estudiante
universitario Juan Domingo Peralta, el 20 de julio de 1990, baleado
por efectivos policiales en La Paz, y la masacre del 5 de diciembre
de ese año en una casa de la calle paceña Abdón Saavedra, donde
perdieron la vida Miguel Nortbuster, Luis Cabellero y Osvaldo
Espinoza. Todo esto ocurrió bajo el mandato presidencial de Jaime
Paz Zamora, varios de cuyos compañeros del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria habían sido asesinados por la dictadura de García
Meza en esa misma calle, el 15 de enero de 1981. Espantosa paradoja.
El banzerismo rebautizado en las urnas en 1997 recrudeció la
guerra contra los cultivadores de coca, por obra y gracia de los
dictados del imperialismo, que pervirtió la guerra contra el
narcotráfico y la convirtió en una cacería para desmantelar a los
movimientos sociales. Las fuerzas represivas de la "democracia",
asesoradas directamente por la DEA yanqui, mataron a 13 cocaleros,
hirieron a más de un centenar y casi otro tanto fueron víctimas de
torturas. Nadie fue encausado por tales crímenes.
El episodio más lacerante de esta primera década del siglo XXI
ubica a Gonzalo Sánchez de Lozada y su adláter Carlos Sánchez
Berzaín, como los responsables de las matanzas de octubre de 2003 en
El Alto, cuando las balas se cebaron en quienes protestaban
pacíficamente contra la agobiante situación del país. Sánchez de
Lozada y Berzaín viven en Estados Unidos al amparo de las
autoridades norteamericanas que han desoído hasta hoy el pedido de
extradición, tal como han hecho con Venezuela en el caso del
connotado terrorista Luis Posada Carriles.
Estos y otros numerosos ejemplos —cómo olvidar las masacres de
Parotani, Sacaba y Pananti— son estrictamente documentados por
Llorenti, quien al mismo tiempo ofrece una rigurosa argumentación
legal en la que se hace evidente la responsabilidad criminal de los
actores, tanto a la luz de las leyes bolivianas vigentes como del
Derecho Internacional.
Llorenti expone el rostro de los innombrados de siempre, las
víctimas que no deben caer en el olvido. Saca del anonimato a las
víctimas y puntualiza las rutas de la impunidad que intenta sepultar
en la desmemoria tanta felonía.
Y avanza conceptos importantes como este que reproduzco para
explicar el origen de las cosas: "El proceso democrático nació
deforme porque no supo ni intentó de manera decidida resolver las
denuncias de violaciones a los derechos y garantías constitucionales
cometidas durante las dictaduras militares". Evidentemente, tras ese
borrón no hubo siquiera cuenta nueva, sino muchos más ríos de sangre
para emborronar la historia.
El libro de Llorenti cuenta con palabras introductorias de la
periodista argentina Stella Calloni y del Premio Nobel de la Paz,
Adolfo Pérez Esquivel. Y también con una nota de presentación en la
que Evo Morales afirma: "Sacha es un militante de los derechos
humanos, comprometido con la lucha de nuestro pueblo, con el proceso
de cambio, con la Revolución Democrática. Su libro es un gran aporte
a la paz, la justicia y la vida misma".