A media mañana, Fidel habla con una multitud de soldados del
ejército, acompañados de clases y oficiales, subtenientes,
tenientes, capitanes y tenientes coroneles, concentrados en el
campamento donde el horror se había impuesto a la población de
Bayamo por la atrocidad y el crimen.
Se separan y detienen, para ser juzgados, los grandes
responsables. En el estadio local se incorporan a la Caravana
compañías de infantería, artillería y los tanques, conducidos por
soldados y rebeldes. Con los militares unidos a la Revolución y al
pueblo, abierta la conciencia y el sentimiento revolucionario,
marchamos juntos, proclamando el triunfo de la Revolución. No queda
un traje de campaña en los almacenes del ejército, ni cinta roja y
negra para brazaletes en las tiendas.1
El entonces capitán rebelde Ramón Valle Lazo, aporta detalles
sobre el tratamiento dado a las huestes derrotadas:
Fidel se reunió con algunos compañeros del Ejército Rebelde para
que buscaran a un oficial de cada arma del antiguo ejército para
traerlos como acompañantes. Se selecciona al teniente de navío
Trujillo, de la Marina; al subteniente Díaz Menéndez, por la
Infantería; y al comandante Izquierdo, por la Fuerza Aérea.2
Almeida continúa contando:
Las emisoras de radio, nacionales y locales, permanecen en el
aire. La televisión presenta entrevistas y reportajes de todo lo que
acontece, con menciones de combates y de la batalla final, así como
detalles de la fuga del tirano y su comitiva.
Obreros, estudiantes, jóvenes, hombres y mujeres, todo el pueblo,
aclama a los combatientes que vamos en cientos de vehículos
requisados, de todo tipo y tamaño: autos, camiones, rastras y
zorretes que llevan sobre sí tanques de esteras y tanquetas; una
caravana que marcha, tocando el claxon, por la Carretera Central,
donde cientos de miles de personas aguardan.3
La Caravana avanza hacia Holguín, donde se suma un nutrido grupo
de combatientes del Segundo Frente Oriental Frank País. El
comandante Raúl Castro le había ordenado al también comandante
Antonio Enrique Lussón ponerse a las órdenes de Fidel para
garantizar la seguridad de la Caravana:
Era una enorme responsabilidad que se nos asignara esa honrosa
pero compleja misión. Para ello seleccionamos a los hombres con
todas las cualidades requeridas y que, al mismo tiempo, pudieran
desenvolverse en aquella situación.
Dos de ellos, Alberto Vázquez y José Alberto León, fueron como
choferes. El propio Raúl designó a Vázquez chofer de Fidel. Era un
gran combatiente de la clandestinidad y de la Sierra, pasó al
Segundo Frente con Raúl y allí fue el jefe de la inteligencia
Rebelde de la Columna 17; antes de alzarse manejaba ómnibus urbanos
en la ciudad de Santiago de Cuba. Leoncito, como le llamábamos en la
guerrilla, también era un combatiente destacado; procedía de La
Habana, donde fue chofer en una agencia que se dedicaba a la venta
de carros.
Los restantes hombres eran de la móvil de la comandancia de la
Columna 17, también de mucho prestigio por su desempeño en los
combates. Así completamos más de una decena de barbudos rebeldes,
que integraron la escolta de acompañamiento directo al Comandante en
Jefe, en apoyo al grupo que él ya traía desde la Sierra Maestra,
bajo las órdenes de los comandantes Juan Almeida y Calixto García.4
De tal modo la seguridad de la Caravana contó con tres compañías.
Una la dirigía Orlando Pupo, de la Columna 1; la otra, Pedro García
Peláez, también de esa fuerza, y la tercera, Valle Lazo, de la
Columna 17 del Segundo Frente.
Desde la salida de Bayamo había ocupado un puesto en la
vanguardia del convoy el comandante Delio Gómez Ochoa, máximo
dirigente del IV Frente Simón Bolívar, quien desde la jornada
anterior se hallaba al frente de la plaza militar holguinera tras la
rendición incondicional de los efectivos de la tiranía allí
acantonados.
La memoria de Gómez Ochoa revive los acontecimientos:
Fidel quería llevar algunos tanques en la Caravana de la
Libertad, y sabía que en Holguín había unos cuantos, pero debíamos
alistarlos, además me dio instrucciones para que a su paso por la
ciudad se incorporaran algunos compañeros y siguieran con él rumbo a
La Habana. A tantos años, no me atrevo a decir con exactitud la hora
en que llegó. Sí recuerdo que era pasado el medio día, que Celia
Sánchez traía un dulce en un pomo y eso fue lo que almorzaron. En el
teatro del Instituto Tecnológico de Holguín, donde yo había
establecido mi Estado Mayor, se reunió con todos los militares del
ejército de Batista. Planteó que el que quisiera seguir se podía
incorporar al Ejército Rebelde, que a los que tuvieran causas se les
haría juicio y establecería la pena correspondiente. Todo fue con un
gran respeto a aquellos hombres derrotados. Recuerdo que por ese
mismo lugar, Fidel caminaba de aquí para allá y de allá para acá,
dando instrucciones, a mí y a otros compañeros; hablando de
proyectos. No puedo precisar qué tiempo transcurrió allí. Ya al
atardecer se reunió en la oficina de ese edificio con unos
periodistas que habían llegado de La Habana para entrevistarlo.5
Delio Gómez Ochoa se refiere al norteamericano Jules Dubois y
Carlos Castañeda, de Bohemia, junto con el reportero gráfico
Luis Tolosa. En aquella entrevista, Fidel precisó cómo la Revolución
tomaría siempre el camino más recto y nunca conviviría con la
inmoralidad.
En sus contactos con los revolucionarios holguineros tiene
presente el aporte de sus jóvenes a la gesta. Nadie puede olvidar
los episodios de las llamadas Pascuas Sangrientas de 1956. Cerca de
la medianoche del 24 de diciembre de ese año la tiranía mostró su
entraña criminal. En Holguín, Mayarí, Banes, Puerto Padre y Las
Tunas decenas de revolucionarios, fueron arrancados de sus hogares
por cobardes sicarios. Al día siguiente, veintitrés cadáveres, en su
mayoría militantes del Movimiento 26 de Julio y el Partido
Socialista Popular fueron hallados muertos por heridas de bala o
ahorcados, con visibles señales de tortura. Contrario a lo que
esperaba el régimen, el pueblo reaccionó no solo con indignación,
sino más dispuesto a sumarse a la lucha.
Definitivamente, Holguín era ya una plaza libre. Estando allí,
los jefes y combatientes del Ejército Rebelde, en ruta hacia
Occidente, escucharon por la radio una información sobre la sesión
del Consejo de Ministros que tuvo lugar ese mismo día en Santiago de
Cuba. Varios ministros del Gobierno Revolucionario habían jurado sus
cargos. Fidel era proclamado, de manera oficial, Comandante en Jefe
de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República; y Santiago,
capital provisional de la nación. Un decreto establecía la
denominación de 1959 como "Año de la Liberación". Poco después de la
medianoche del 3 de enero de 1959, el Comandante en Jefe da la orden
de reanudar la marcha.
Para facilitar la información sobre la nueva situación vivida por
el país, Fidel formula una solicitud a los medios de comunicación:
Dado el hecho de constituir la prensa escrita un servicio público
de extraordinario valor para orientar al pueblo y mantenerlo
debidamente informado de los acontecimientos, y siendo además
evidente que la prensa, como lo ha hecho la radial y televisada que
está colaborando estrechamente con el Movimiento Revolucionario,
solicitamos a los trabajadores de Artes Gráficas, del Colegio de
Periodistas y de los repartidores, que a partir de mañana domingo a
las 12:00 del día se facilite la publicación de todos los órganos de
la prensa escrita, como se ha hecho con la radial y televisada y
otros servicios públicos, desde el primer instante consideramos
conveniente al servicio revolucionario.6
1.- Juan Almeida Bosque: La Sierra Maestra y más allá,
Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2002, pp. 354-355.
2.- Ramón Valle Lazo: Testimonio manuscrito, consultado por los
autores.
3.- Juan Almeida Bosque: La Sierra Maestra y más allá,
Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2002, p. 355.
4.- Antonio Enrique Lussón: "La escolta de la Caravana", en
Juventud Rebelde, 9 de enero del 2005.
5.- María Julia Guerra: "La Caravana de la Libertad en Holguín:
un día victorioso", en Ahora, Holguín, 3 de enero del 2009, p. 8.
6.- Periódico Revolución, 5 de enero de 1959, p. 2. Aunque es
publicada el 5 de enero, la proclama se da conocer a través de la
radio el día 3 de enero de 1959.