El enfrentamiento actual en Honduras, en el que el gobierno
golpista dirigido por Roberto Micheletti se niega a permitir el
regreso del presidente electo Manuel Zelaya, da origen a dudas sobre
quién está a cargo de la política exterior hemisférica de Estados
Unidos.
Las divisiones han sido notables desde el principio de esta
administración, por ejemplo en la Cumbre de las Américas en
Trinidad, celebrada el pasado abril. Obama fue con la idea de
presentar una nueva cara al resto del hemisferio, y fue socavado
inmediatamente por su asesor y director para la Cumbre, Jeffrey
Davidow. Afortunadamente, Obama ignoró a sus asesores y continuó por
un sendero diplomático.
Cuando el golpe en Honduras, ocurrido el 28 de junio, la primera
declaración emitida por la Casa Blanca fue una metida de pata muy
seria. Aunque la prensa nacional e internacional no criticó a Obama,
la comunidad diplomática no pudo evitar resaltar que la Casa Blanca
emitió la única declaración oficial del mundo que no tuvo ni una
palabra de condena acerca del golpe cuando este sucedió.
Esta postura cambió a medida que los acontecimientos
evolucionaron, y el mismo Obama incluso dijo, "creemos que el golpe
no fue legal y que el Presidente Zelaya aún es el presidente de
Honduras". Pero entonces su secretaria de Estado, Hillary Clinton,
pareció contradecirlo. Dos veces la prensa le preguntó si el
restablecimiento del orden democrático en Honduras significaría la
reinstauración del presidente electo; y dos veces declinó contestar.
Parece que hay otros individuos en la administración que estarían
contentos con dejar que el gobierno golpista permaneciera en el
poder durante los meses restantes del mandato de Zelaya.
El presidente Obama debe imponer la ley y dejar claro que este
golpe no se impondrá. Podría comenzar despidiendo al asesor que
escribió esa declaración inicial en respuesta al golpe. No es que
fueran cogidos por sorpresa: todos sabían lo que iba a pasar, y la
administración de Obama mantuvo conversaciones con el ejército
hondureño hasta el día antes del golpe.
Claramente, si Obama hubiera querido realmente desalojar al
gobierno golpista, hubiera podido congelar las cuentas bancarias de
los que tomaron el poder y sus partidarios en la oligarquía
hondureña.
Si Obama tiene dudas acerca de actuar unilateralmente, podría
conseguir fácilmente la aprobación para tales sanciones en la
Organización de Estados Americanos (OEA), que condenó el golpe y
llamó al regreso "inmediato e incondicional" de Zelaya.
No debe sorprender que haya un trecho entre la política exterior
de Clinton y de Obama: sus diferencias sobre la guerra en Iraq son
una de las principales razones por las que Obama, y no Clinton, es
hoy el presidente. Pero también parece que está involucrado algún
tráfico de influencias a la antigua: resulta que dos de los más
cercanos asesores del gobierno golpista de Honduras tienen estrechos
vínculos con la secretaria de Estado. Uno es Lanny Davis, un
influyente cabildero que fue abogado personal del presidente William
Clinton y que también participó en la campaña de Hillary. G. Gordon
Liddy, el hombre que organizó el infame allanamiento del Watergate
en 1972, dijo una vez sobre su amigo Lanny Davis que "él puede
defender lo indefendible". Y eso es lo que Davis está haciendo
últimamente, y bastante bien, testificando a favor del gobierno
golpista en una audiencia del congreso la semana pasada y poniendo
los medios a su favor.
El otro pistolero a sueldo del gobierno golpista que tiene
vínculos profundos con Clinton es Bennett Ratcliff. "Cada propuesta
que presentó el grupo de Micheletti fue escrita o aprobada por
Ratcliff", dijo un testigo al New York Times este domingo. ¿Quién es
Bennett Ratcliff? Fue un director principal de Bob Squier, conocido
como el padre de la campaña política moderna. En su funeral en el
2000, al que asistieron algunos de los demócratas más poderosos del
país, el entonces presidente Clinton elogió a Squier. Hablando en
nombre suyo y del vicepresidente Albert Gore, también presente,
Clinton dijo, "Si no fuera por él (Squier), tal vez nosotros no
hubiéramos estado aquí hoy". Y no solo ellos: en 1992, la firma de
Squier representó a cerca de una tercera parte de los demócratas del
Senado.
Todo es parte del "gobierno permanente" que Obama tendrá que
enfrentar si quiere cambiar verdaderamente la política exterior de
Estados Unidos. Estas personas están poniéndole en contra no solo de
la región, sino del mundo entero, que se ha negado a reconocer al
gobierno golpista en Honduras. Tendrá que ser duro y romper con el
pasado.
Quizá lo más inquietante de todo es que Obama se ha mantenido en
silencio ante la represión del gobierno golpista. Ellos han
disparado y matado a manifestantes, cerrado emisoras de radio y
televisión y detenido a periodistas. un líder sindical y un
activista político fueron asesinados. La violencia y el control de
la información son las principales armas de la dictadura y los
utilizarán mucho más libremente si Obama mantiene su silencio. Este
gobierno de facto es sumamente dependiente de la ayuda, el comercio
y el apoyo moral de Estados Unidos, y que el mundo entero ha
condenado.
Los cínicos dirán que nada de eso tiene importancia, que incluso
si Zelaya regresara a Honduras con el gobierno golpista todavía en
el poder, y el ejército responde con asesinato y caos, Washington
puede evadir la responsabilidad. Pero dados los antiguos y estrechos
vínculos entre Estados Unidos y el ejército hondureño, la relación
de Hillary Clinton con sus partidarios, la fea historia de EE.UU. en
América Central y su larga trayectoria de apoyo a los escuadrones de
la muerte y las fuerzas antidemocráticas en esa región y las señales
contradictorias emitidas por la administración de Obama desde el
golpe, Washington será culpado por el desorden y el derramamiento de
sangre que podrían ocurrir. (Tomado de La Jornada)
(*) Codirector del Centro de Investigación en Economía y
Políticas (CEPR, por su sigla en inglés).