Vivía Francia en 1789 una época de monarquía que llevaba a la
miseria a las masas populares y a los trabajadores; de excesivos
impuestos y de contiendas bélicas perdidas.
Tanta ignominia resultó ser la mecha que prendió la llama, cuando
unas 50 000 personas se lanzaron a la toma de la fortaleza de la
Bastilla en París, el 14 de julio de ese año, hecho que la historia
recuerda como el primer gran paso en lo que se llamó la Revolución
Francesa.
El pueblo parisino, entonando las notas de La Marsellesa, marcha
adoptada luego como Himno Nacional, escribió ese día una página de
rebeldía y de exigencia de cambios ante una monarquía que los
explotaba.
La fortaleza fue tomada. Su guarnición se rindió, lo que permitió
que los sublevados se apoderaran de las municiones allí guarecidas,
y con ellas continuar la lucha, enarbolando el estandarte de
Libertad, Fraternidad e Igualdad.
Una monarquía incapaz y absoluta vio estremecerse el entramado de
su sostén hasta el estallido mayor que fue la Revolución Francesa,
cuyo fundamento se enmarcaba en la crisis misma que vivía esa
sociedad, en la que la nobleza poseía la quinta parte de las tierras
y aun así percibía ingrasos de los campesinos por el cobro de una
serie de impuestos.
La Toma de la Bastilla era un aviso claro a la necesidad de poner
fin a tanta injusticia.