No
me anima a escribir de este tema ser de las que lleva el compromiso
en el anular. Si así no fuera, igual arriesgaría unas pocas
reflexiones en la ruleta de lo público, aunque quizás bajo el temor
de no hallar un compañero de apuesta.
La prerrogativa de un matrimonio joven y feliz —así lo siento—,
me permite defender "con conocimiento de causa" una institución
desacreditada por quienes han acudido a ella inconscientes de su
implicación mayor: solidificar un pacto de amor genuino y respeto
mutuo.
Cierto: ni es indispensable "firmar el papelito" para cumplir con
ello, ni el contrato matrimonial, acuerdo de derechos y deberes,
termina en la promesa abstracta. Pero no es mi objetivo tratar de
convencer: comprendo a quienes no desean pasar ante el notario, la
emprendo contra los que extravían el verdadero sentido de este acto.
Primero, ya los mencionaba, están aquellos que acuden a dar el
"acepto" sin tomárselo en serio, pensando que la relación de pareja
cambiará de nombre pero no de estatus. ¿La probabilidad del fracaso?
No los intranquiliza, para algo el divorcio existe.
También cuestiono el proceder de algunos que, ante un embarazo
inesperado, y muchas veces persuadidos u obligados por sus
familiares, se "someten" al altar o buró. Y así, al desliz de
concebir un hijo indeseado, le suman la aberración de un matrimonio
ficticio, como si fuera inocuo tanto acopio de irresponsabilidad.
Me entristece por igual descubrir que, en criterios bastante
extendidos, una unión es o no acertada, valedera o fútil, según el
derroche de oropeles exhibido y no la sinceridad de emociones.
Recuerdo aún cuánto me impactó conocer, por medio de los
"profesionales del negocio", al acecho de los novios-víctimas en las
inmediaciones de los palacios matrimoniales, que para celebrar una
boda-BODA era necesario pagar en CUC, y muy por encima de 10 pesos
cada uno, servicios de maquillaje y peluquería, pastel y bufé, renta
de autos, trajes, alquiler de locales, decoración, fotos, video¼
y un sinfín de intrascendencias ajenas a la enunciación absoluta,
quizás definitiva, del sí.
Y como para extinguir toda pequeña duda de cuánto pueden
equivocarse medios y fin, desde la suspensión de las lunas de miel
subsidiadas —medida dolorosa pero necesaria— más de dos veces he
sido partícipe de reflexiones como: "¿Y ahora para qué me caso?,
¿qué motivación me queda?", como si tres días y dos noches en un
hotel de lujo —oportunidad, no lo niego, por todos anhelable—, fuera
el mayor incentivo para certificar en papel y tinta un vínculo de
vidas.
No pretendo juzgar o inmiscuirme en el gusto y los sistemas de
valores de cada cual. El tiempo que debe aguardarse para dar "el
salto", así como el diseño de la ceremonia y la trascendencia
concedida a la luna de miel, son consensos de pareja
incuestionables, planificados para hacer del gran día un momento tan
perfecto como sublime.
Lo reprochable, al menos para quienes aún creemos en las ventajas
de ese acto de fe, es constatar los valores matrimoniales lapidados,
agónicos bajo el peso de una decisión tomada a la ligera, un ritual
que no festeja el matrimonio sino que lo define, y una luna de miel
situada no a la llegada del camino, sino a la partida.
La mayoría de las uniones fraguadas al calor de tales intereses o
circunstancias tienen ya preparada, a veces de común acuerdo y de
antemano, la tabla ¿salvavidas? de la separación, y no nos afecta
más a quienes podemos pintar de "conservadores" frente a las usanzas
relajadas de la posmodernidad, sino a los hijos de una sociedad que
por esas hendijas escurre las fortalezas de su núcleo vital.