Pero la niña prefiere ir con Leticia, su mamá, hasta el lugar
donde varios adultos recordarán otra vez anécdotas, chistes, hazañas
y otros momentos relacionados con la ayuda que miles de cubanos
ofrecieron en Angola. Son historias conocidas para ella, pues se las
han contado con sano orgullo.
Por ello, desde que llega al siempre familiar encuentro, sus ojos
y oídos lo captan todo como verdaderos "radares", y los dedos de las
manos se les trenzan y destrenzan a medida que Katiuska Blanco, Luis
Lino, Albertico, Antuña, Wálter, Guillermito, "el filósofo"y los
demás hablan de caravanas, heroísmo, cocodrilos, niños angolanos,
vuelos aéreos y sanas ocurrencias que terminan contagiando a todos
en alegre carcajada.
Como otras veces, también la pequeña Susana pondrá, desinhibida,
su "granito de voz" en ese coro que llena el espacio de Silvios,
Pablos y Joan Manueles Serrat, mientras Pável y su guitarra
confirman que siempre habrá Yolandas, Óleo a mujeres con sombrero,
Murallas, Mediterráneos y Chamamés a Cuba¼
Pero lo que en verdad "inquieta" a la niña es un libro, sobre la
mesa, titulado Cuito Cuanavale: viaje al centro de los héroes.
Le parece fantástico que el "tío" risueño, de verde camisa y
largos cabellos (presente aquí), sea el que aparece en la
contraportada, y aún más: el autor de lo escrito.
"Pues sí, mi Señorita —responde en tono jocoso César Gómez— ese
feo que ves ahí soy yo mismo¼ "
Susana deja escapar una tenue sonrisa, hojea las primeras
páginas, suspira y dice: "Ay¼ me gustaría
tanto leer este libro".
Los ojos de César destellan brillantez, a Leticia se le dispara
el pulso. Inmersos en sus respectivas conversaciones, algunos no han
escuchado el breve diálogo. Por eso una voz pide silencio y¼
"Atiendan acá: como hoy aquí solo tenemos este ejemplar decidimos
rifarlo al final. ¿Cierto o no? (cabezas y voces asienten). Pero
esta princesita acaba de confesar que le encantaría leer un libro
así. Y cuando una niña o un niño piden tal deseo¼
¿quién se niega? (coro casi perfecto: ¡Nadieee!).
"Entonces no hay más que hablar: ¡Se fastidió la rifa!"
Y en medio del aplauso, el autor escribe a vuelo de tinta la
dedicatoria que Susana leerá segundos después con fina y
entrecortada voz (delicada emoción) y que mañana mostrará orgullosa
entre sus amiguitos, como prolongación de valores que pueden
convertir, en cualquier lugar de Cuba, al más cotidiano pedazo de
tarde en el mejor pizarrón donde seguir aprendiendo nuevas cosas de
nuestra historia.