Infancia en Cuba

¡En hora buena se fastidió la rifa!

Aparentemente “fuera del contexto adulto” una niña multiplica el orgullo de quienes hace dos décadas arriesgaron su vida por el derecho a la sonrisa de otros niños

Pastor Batista Valdés

Susana puede quedarse tranquilamente en casa, acompañada por Norma, esa abuela que cada día deposita en ella toda su ternura y la experiencia de una vida entera dedicada al magisterio¼

Foto: Gustavo Díaz En la dedicatoria, el autor invita a Susana para que siempre sea tan linda y heroica como mamá.

Pero la niña prefiere ir con Leticia, su mamá, hasta el lugar donde varios adultos recordarán otra vez anécdotas, chistes, hazañas y otros momentos relacionados con la ayuda que miles de cubanos ofrecieron en Angola. Son historias conocidas para ella, pues se las han contado con sano orgullo.

Por ello, desde que llega al siempre familiar encuentro, sus ojos y oídos lo captan todo como verdaderos "radares", y los dedos de las manos se les trenzan y destrenzan a medida que Katiuska Blanco, Luis Lino, Albertico, Antuña, Wálter, Guillermito, "el filósofo"y los demás hablan de caravanas, heroísmo, cocodrilos, niños angolanos, vuelos aéreos y sanas ocurrencias que terminan contagiando a todos en alegre carcajada.

Como otras veces, también la pequeña Susana pondrá, desinhibida, su "granito de voz" en ese coro que llena el espacio de Silvios, Pablos y Joan Manueles Serrat, mientras Pável y su guitarra confirman que siempre habrá Yolandas, Óleo a mujeres con sombrero, Murallas, Mediterráneos y Chamamés a Cuba¼

Pero lo que en verdad "inquieta" a la niña es un libro, sobre la mesa, titulado Cuito Cuanavale: viaje al centro de los héroes.

Le parece fantástico que el "tío" risueño, de verde camisa y largos cabellos (presente aquí), sea el que aparece en la contraportada, y aún más: el autor de lo escrito.

"Pues sí, mi Señorita —responde en tono jocoso César Gómez— ese feo que ves ahí soy yo mismo¼ "

Susana deja escapar una tenue sonrisa, hojea las primeras páginas, suspira y dice: "Ay¼ me gustaría tanto leer este libro".

Los ojos de César destellan brillantez, a Leticia se le dispara el pulso. Inmersos en sus respectivas conversaciones, algunos no han escuchado el breve diálogo. Por eso una voz pide silencio y¼

"Atiendan acá: como hoy aquí solo tenemos este ejemplar decidimos rifarlo al final. ¿Cierto o no? (cabezas y voces asienten). Pero esta princesita acaba de confesar que le encantaría leer un libro así. Y cuando una niña o un niño piden tal deseo¼ ¿quién se niega? (coro casi perfecto: ¡Nadieee!).

"Entonces no hay más que hablar: ¡Se fastidió la rifa!"

Y en medio del aplauso, el autor escribe a vuelo de tinta la dedicatoria que Susana leerá segundos después con fina y entrecortada voz (delicada emoción) y que mañana mostrará orgullosa entre sus amiguitos, como prolongación de valores que pueden convertir, en cualquier lugar de Cuba, al más cotidiano pedazo de tarde en el mejor pizarrón donde seguir aprendiendo nuevas cosas de nuestra historia.

 

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