Su
rostro certero no demuestra cansancio. Resurge entre la multitud y
abraza a los que se entrecruzan a su paso, cual madre que inspira a
sus hijos, confianza y seguridad en la lucha que impulsa.
No son simples sus palabras ni sus pasos al frente del pueblo. En
el afán por el regreso de sus derechos legítimos, de su presidente,
de su compañero, de las garantías humanas de su país, se abre paso
entre la multitud con la energía propia de quienes se sienten
seguros de la verdad.
Dice – y demuestra - no tener miedo. Tampoco intenta resarcir su
dolor o furia ante tantos días de represión, indolencias, falta de
libertades y mentiras fraguadas por doquier. No aspira a ser un
símbolo y se siente parte del pueblo que la sigue, ese que sin
pretenderlo, la guió hasta la necesidad indispensable de encabezar
una lucha por la democracia, por la vida, por el futuro.
Xiomara Castro de Zelaya, enarbola con orgullo su voluntad de
aprender y más aún, la enseñanza inigualable que le han dado estos
días de barbarie. La justeza de la lucha de un pueblo por sus
ideales, por su dignidad, los defiende como bandera y cuenta con el
apoyo de aquellos, que hasta la sangre de su hijo entregaron sin
titubear en la denuncia.
Vuelve y expresa sus deseos infinitos, rechaza la incomunicación,
la agresión, el desespero. Retoma su voz fuerte y enfrenta las
largas horas de sol, los recorridos infinitos, los caminos difíciles
y el rechazo desenfrenado de la injusticia.
Entre sus grandes deseos: volver a reunirse con su familia, no
temer por la vida de sus hijos, de los hermanos del pueblo que
defiende. Ellos, como muchos ya en el mundo, la admiran, le
agradecen, retoman sus palabras, su mirada firme, sus gestos; la
siguen y junto a ella, construyen y defienden el camino de la verdad
que les han pretendido arrebatar.