Provoca náusea escuchar a un ladrón exigir en público el más
estricto respeto a la Ley. La pose de borrico despotricado cuando
habla de lealtad solo refuerza su real naturaleza, la del rapaz
iracundo.
El puertorriqueño Jaime Torres, agente de las Grandes Ligas del
béisbol norteamericano, se robó la arrancada mediática esta semana
en Miami, entre otros perros viejos del negocio que pugnan por
representar al desertor Aroldis Chapman. Aseguró que venía siguiendo
la carrera del pelotero desde que despuntó en las Series Nacionales
con el equipo Holguín.
El abogado Torres se mostró muy preocupado porque en trámites
anteriores de este tipo se ha incurrido en mentiras, fraudes, y
pidió que no hubiera "un desliz, un dato falso", capaz de retardar
las gestiones. Exige honestidad cuando él mismo fue demandado el mes
pasado ante la justicia de República Dominicana por tener una deuda
de 450 000 dólares debido a evasivas de pago en el asunto de la
contratación de beisbolistas.
Nadie lo apretó por el gaznate para que confesara desde cuándo
viene siguiendo a peloteros cubanos. Lo divulga a los cuatro
vientos, y se siente libre de continuar haciéndolo con desfachatez e
impunidad. Es una guerra desleal, despiadada.
En sus Reflexiones del 31 de julio del año pasado, una semana
antes de inaugurarse los Juegos Olímpicos de Beijing, Fidel expresó
con claridad: "Es un toque a degüello contra Cuba robándonos
cerebros, músculos y huesos.
"¿A qué se debe el temor de los ricos y poderosos hacia nuestra
pequeña y bloqueada Isla?"