Nadie
conoce su nombre y apellidos, mucho menos el lugar donde vive en la
Tegucigalpa oprimida. Su foto encabezó las primeras planas de
periódicos y sitios de la Red, y sus manos desafiantes frente a la
tanqueta mostraron al mundo que el pueblo estaba dispuesto a
denunciar el golpe militar, aunque la muerte, agazapada en algún
muro de la ciudad, robara algunos hijos al pueblo hondureño.
Quiero llamarla simplemente Ella. Aparece frente a un tanque en
plena calle y una de sus manos trata de apartar varias bocas de
fuego que apuntan desafiante a la multitud, que pide el regreso de
su presidente legítimo, Manuel Zelaya, robado en la madrugada y
llevado a Costa Rica por sicarios del ejército golpista.
Ella es el símbolo de un pueblo, el hondureño, que no vaciló en
salir desafiante al peligro para reclamar y defender el derecho
constitucional, violado por militares formados en la Escuela de las
Américas, el laboratorio de los golpes de estado en América Latina,
el pulpo militar que también cubrió con tinta negra los cielos de
Viet Nam e Iraq.
Los hondureños demostraron la capacidad de movilización y
decididos marcharon a esperar a su presidente en el aeropuerto de
Tegucigalpa. Paso a paso, fueron robándole espacio a los tres
cordones de policías que cubrían el área. Por el autoparlante, un
dirigente sindical explicaba la estrategia: "Un paso adelante
compañeros, sin violencia, la justicia está de nuestro lado". Y así
lo hicieron. Centímetro a centímetro pies agotados, mal calzados,
desgarrados por la caminada de los días anteriores, vencieron a las
pulidas botas de la muerte.