La
más reciente edición del evento La Vasija (Convento de San Francisco
de Asís, tercera planta) resulta una especie de vuelta a los
conceptos originarios que motivaron su organización: esto es,
brindar una alternativa para eventos que, al poner en íntima
relación, esculturas, instalaciones, vasijas y paneles de azulejos,
dejaban —de alguna manera en desventaja— a los dos últimos rubros
que sufrían por comparación con categorías de más densa elaboración
formal. Arrastrados por la seducción de estos últimos, valiosos
aportes realizados por nuestros autores, trabajaron en sentidos que
—aunque meritorios— se iban separando de la idea originaria: abrir
un espacio para contenedores y obras bidimensionales decoradas a la
mayólica o en técnica bajo cubierta —si se quiere más
convencionales— que permitieran su más justa apreciación.
La edición del evento que nos ocupa estuvo precedida por la
apertura de la muestra Un ceramista, una maceta, una planta
que, con destino a la ambientación permanente de la Casa Aguilera
como sede del Museo Nacional de la Cerámica Contemporánea Cubana,
fue abierta al público en el mes de junio. Destacados creadores
cubanos concibieron expresivos recipientes para determinadas
plantas, que contribuyeron a fortalecer los tradicionales vínculos
entre lo útil y lo bello tan deseable para calificar adecuadamente
espacios públicos o semiprivados. Tal exposición, muestra colateral
de La Vasija, refuerza el concepto primigenio ya definido de abrir
espacios de apreciación para líneas de trabajo donde el recipiente
debe seguir ejerciendo —con su permanencia— la magia de su influjo a
través de una manifiesta función utilitaria sin por eso perder rango
estético.
Que en La Vasija 2009 hayan compartido el primer premio una
maceta —pieza de marcado carácter utilitario— de Manuel Moya y dos
obras de la serie Homenajes y tributos, de Ángel Rogelio
Oliva —con su acostumbrada densidad conceptual— marca un interesante
punto de confluencia entre criterios que no tienen razón alguna para
ser contrapuestos cuando, en definitiva, los unen exquisitez formal,
refinamiento, pericia técnica y méritos estéticos, aun cuando los
caminos transitados por sus artistas sean diversos, tanto como, en
última instancia, sus respectivas funciones.
Hubo, por suerte para el evento, en esta oportunidad, una gama
importante de recipientes presentados en diversos formatos, que
permitieron continuar relacionando actitudes —a menudo
contrapuestas— dentro de la creación cerámica, a partir de obras
donde lo útil daba alcance a lo funcional y viceversa, y no solo en
las piezas volumétricas, sino en los paneles de azulejos, categoría
incluida en este tipo de evento por razones ya esbozadas: desde la
elaborada contribución de Ioán Carratalá con Temagia Tou Orgasmou
en su conocida línea de fragmentación de la herencia clásica hasta
la técnica del tren cadis en paneles aplicados a estructuras
utilitarias como las mesas de centro por Fernando Velázquez Torres.
Un nexo digno de ser tomado en cuenta es el expresado en la
instalación Pase a tierra, de Alberto Rivero que,
probablemente sin pretenderlo, establece vínculos entre el
planteamiento museológico que rigiera en Un ceramista, una
maceta, una planta, cuando esta obra —que recibiera el Premio
Especial de La Vasija 2009— vincula exitosamente una palma real al
contenedor de barro que la recibe. El gesto del autor, en cuanto a
donarla a la colección del Museo como parte de la ambientación del
patio central, cierra —creo que brillantemente— este ciclo de
actividades relacionadas entre sí y en pos de un mismo fin: ampliar
sustancialmente el alcance de la creación cerámica de nivel
artístico en nuestro país. Crear amplios flujos entre tendencias,
establecer vasos comunicantes entre categorías próximas, mantener
las bellas y benéficas relaciones entre tradición, modernidad,
posmodernidad y todas las tendencias o corrientes existentes o por
venir es algo positivo, donde la positiva contaminación entre
expresiones diversas puede alimentar los distintos momentos del arte
a través de las muchas vías diseñadas para tender lazos cada vez más
abarcadores por parte de una manifestación estética como la cerámica
artística que en Cuba da continuas señales de vitalidad.