El núcleo fundamental de nuestra sociedad lo constituyen los
obreros y los campesinos.
Al país se le ha dañado considerablemente la base material para
la formación de la enseñanza politécnica y sería impensable, en las
actuales circunstancias, la erogación de decenas de millones de
divisas para afrontar esa necesidad.
¿Hasta qué punto sería la solución los actuales convenios
firmados entre el Ministerio de Educación y otros organismos de la
Administración Central del Estado para "apoyar" al MINED?
Hay suficientes razonamientos para pensar que no es la
alternativa del aula y el laboratorio la salida adecuada y que sería
desventajoso a la economía nacional aislar la formación politécnica
de las actividades de las empresas. Desde hace muchos años se debate
si revolucionariamente no sería mejor llevar a la práctica algo
parecido a la vinculación de los estudiantes de medicina para su
preparación directa desde los primeros momentos en policlínicos,
hospitales y otras instalaciones médicas.
Desde el punto de vista de la formación ideológica, el aula
ofrece la preparación teórica educacional y cultural de los jóvenes,
pero la conciencia de clase proletaria la impregna el trabajo
constante en la producción y la posible vinculación de los jóvenes a
la empresa —aun cuando exista una relación eventual—, donde puede
ser mucho más amplia la formación laboral de ellos. El sentimiento
de pertenencia del obrero no nace en las aulas, ni en el taller
docente, sino allí donde se libra cotidianamente la lucha por la
producción.
En las actuales circunstancias, para hacer masiva la preparación
de los obreros calificados, se requiere de una considerable
inversión en instalaciones y talleres para la base material de
estudio —equipos, máquinas e instrumentos—, cuya cantidad potencial
puede estar subutilizada en detrimento de la economía nacional, de
la producción de bienes materiales.
Valdría la pena analizar si continuar con la idea de invertir en
la preparación de talleres docentes en los politécnicos,
significaría o no elevar una carga de gastos sobre el presupuesto
doblemente, por la inversión en sí y por el proceso de actualización
de las máquinas ante la continua modernización tecnológica.
Otro elemento a discernir por la propia sociedad es que no
podemos aspirar a una nación de intelectuales, lo cual no riñe con
el principio de acceder al máximo de conocimientos por los
individuos, porque con independencia de las potenciales
posibilidades que nuestro sistema educacional ha logrado con la
universalización de la enseñanza, no es menos cierto que siempre
tendremos más graduados de nivel medio que plazas en la enseñanza
superior y técnico profesional y, por consiguiente, hay que crear
las condiciones para que muchos jóvenes al terminar su nivel de
enseñanza media (la cual lamentablemente desapareció de su programa
la asignatura de educación laboral) puedan continuar estudios en la
preparación para desempeñar un oficio, cuestión que puede resolverse
mediante la vinculación de la enseñanza general con la politécnica.
Están creadas actualmente, por ejemplo, unas 2 000 empresas con
cierto volumen de producción o servicios y cuentan con distintos
establecimientos, ¿por qué desaprovechar esa base material e
ideológica? ¿Por qué no utilizar la experiencia de los trabajadores
más destacados en la producción para formar en la práctica a los
nuevos obreros?
¿Quién puede tener más interés que la empresa en la formación de
obreros calificados si una parte de esos educandos engrosan luego su
plantilla para reponer el déficit de fuerza de trabajo calificada o
cubrir las nuevas plazas creadas por el plan de inversiones o se
aportan, además, empleados para otras empresas?
Si la empresa los califica mal, si no le presta adecuada
atención, el resultado es que luego esos jóvenes no van a rendir en
los establecimientos con la adecuada productividad del trabajo, van
a encarecer los costos, van a mermar la ganancia empresarial.
Recuerdo en el pasado no pocas discusiones en torno al hecho de que
muchas fábricas preferían formar sus obreros que recibir a los
egresados de la enseñanza politécnica por esas razones.
Es cierto que en la fábrica no pueden atender a los jóvenes
aprendices si son introducidos anárquicamente en la producción, pero
si las empresas asumen la responsabilidad de la formación práctica
de los alumnos, si las inversiones de talleres se hicieran en ellos
para el aprendizaje de las herramientas básicas, si se hace un
análisis de la organización del trabajo, un estudio racional en cada
empresa de los jóvenes que posteriormente pueden insertar en sus
establecimientos, desde luego que con esa base material se podrían
formar decenas de miles cada año y, seguramente, con más calidad,
porque la combinación teórica en las aulas con la práctica directa
en la producción arrojaría mayores dividendos.
Y calidad profesional y cultural es lo que tenemos que buscar en
nuestros jóvenes obreros, que asienten raíces más profundas en la
actividad científico-técnica para que, sin necesidad de ser
ingenieros o técnicos medios, puedan emprender tareas de
racionalización e inventiva, puedan con ese nivel de preparación
contribuir al incremento de la mecanización e introducir la
automatización en los procesos productivos y estar preparados para
ofrecer respuestas a la necesidad continua de la nación de disminuir
las importaciones y aumentar los niveles de producción y exportación
con menos gastos.
Por eso estamos persuadidos de que la respuesta a ¿qué vamos a
hacer para la formación de obreros calificados?, no es un asunto que
le atañe tan sólo al Ministerio de Educación.