Por estos días estamos viviendo la Jornada de la Cultura Alemana
y sus manifestaciones artísticas irrumpen en nuestros epicentros
culturales. El teatro es también uno de sus protagonistas y la
presencia de las lecturas dramatizadas se hace habitual dentro del
panorama escénico de la Isla.
En su sede tradicional de la Fundación Ludwig de Cuba y bajo los
auspicios del Instituto Goethe, importantes teatristas cubanos
confrontaron con textos de la más reciente producción dramática de
aquel país. Es importante recordar que a partir de estas mismas
lecturas han salido luego montajes tan meritorios como Las
relaciones de Clara, de Teatro El Público o Abalon, one nite
in Bangkok, de Argos Teatro.
El maestro Abelardo Estorino, Premio Nacional de Teatro, tuvo a
su cargo la apertura de la semana con un texto de Dea Loher, quien
es quizá la voz más fuerte y reconocida de la dramaturgia alemana
contemporánea. Su Manhattan Medea propone una relectura del
mito de la heroína clásica dentro de las sociedades de consumo,
regidas por el interés y los falsos sentimientos. Sin embargo, los
actores no siempre acertaron a desentrañar, desde el tono paródico
elegido, el origen profundo de esos parlamentos: su acidez e ironía,
perdiéndose así parte de los contenidos implícitos en la obra.
Otro grande, Carlos Pérez Peña, supo extraer dividendos de la
propuesta de Roland Schimmelpfenning, Ambrosia. Un texto que
versa sobre la incomunicación y donde los personajes, avasallados
por su dura realidad, discurren sobre temas (aparentemente) ligeros
que nos acercan, so pretexto, a los grandes debates de nuestros
días; entiéndase, la familia, el amor, la individualidad¼
Es evidente en esta pieza la deuda con Samuell Beckett y lo mejor
del teatro del absurdo.
Por su parte, la joven Irene Borges, cortó, diseccionó, reacomodó
dos textos del no menos posmoderno Falk Richter, Estado de
emergencia y Electronity City, dando lugar a un novedoso
híbrido; una especie de collage autónomo y suficiente en la
medida que dicha simbiosis supo dotar de provocativas
interpretaciones al "nuevo texto". Quizá los actores hubieran podido
cuidar algunos momentos de tensión que fueron confundidos con
histeria, mal que aqueja a la escuela cubana de actuación.
Como cierre, el muy joven William Ruiz dio vida a Protección,
una encantadora pieza de Anja Hilling. Individuos que no se conocen
se encuentran gracias al juego del azar y sienten la necesidad de
proteger al otro. Humanismo, amor, necesidad de compañía son las
claves que recorren el texto pues sus personajes se declaran solos,
atribulados, marginados pero con una verdad muy potente: el simple
hecho de estar y permanecer vivos. Es notable la asepsia y pulcritud
del montaje, oponiéndose a las premisas del texto para crear un
diálogo sugerente, ambiguo, contradictorio.