Germanías

FABIÁN SUÁREZ

Por estos días estamos viviendo la Jornada de la Cultura Alemana y sus manifestaciones artísticas irrumpen en nuestros epicentros culturales. El teatro es también uno de sus protagonistas y la presencia de las lecturas dramatizadas se hace habitual dentro del panorama escénico de la Isla.

En su sede tradicional de la Fundación Ludwig de Cuba y bajo los auspicios del Instituto Goethe, importantes teatristas cubanos confrontaron con textos de la más reciente producción dramática de aquel país. Es importante recordar que a partir de estas mismas lecturas han salido luego montajes tan meritorios como Las relaciones de Clara, de Teatro El Público o Abalon, one nite in Bangkok, de Argos Teatro.

El maestro Abelardo Estorino, Premio Nacional de Teatro, tuvo a su cargo la apertura de la semana con un texto de Dea Loher, quien es quizá la voz más fuerte y reconocida de la dramaturgia alemana contemporánea. Su Manhattan Medea propone una relectura del mito de la heroína clásica dentro de las sociedades de consumo, regidas por el interés y los falsos sentimientos. Sin embargo, los actores no siempre acertaron a desentrañar, desde el tono paródico elegido, el origen profundo de esos parlamentos: su acidez e ironía, perdiéndose así parte de los contenidos implícitos en la obra.

Otro grande, Carlos Pérez Peña, supo extraer dividendos de la propuesta de Roland Schimmelpfenning, Ambrosia. Un texto que versa sobre la incomunicación y donde los personajes, avasallados por su dura realidad, discurren sobre temas (aparentemente) ligeros que nos acercan, so pretexto, a los grandes debates de nuestros días; entiéndase, la familia, el amor, la individualidad¼ Es evidente en esta pieza la deuda con Samuell Beckett y lo mejor del teatro del absurdo.

Por su parte, la joven Irene Borges, cortó, diseccionó, reacomodó dos textos del no menos posmoderno Falk Richter, Estado de emergencia y Electronity City, dando lugar a un novedoso híbrido; una especie de collage autónomo y suficiente en la medida que dicha simbiosis supo dotar de provocativas interpretaciones al "nuevo texto". Quizá los actores hubieran podido cuidar algunos momentos de tensión que fueron confundidos con histeria, mal que aqueja a la escuela cubana de actuación.

Como cierre, el muy joven William Ruiz dio vida a Protección, una encantadora pieza de Anja Hilling. Individuos que no se conocen se encuentran gracias al juego del azar y sienten la necesidad de proteger al otro. Humanismo, amor, necesidad de compañía son las claves que recorren el texto pues sus personajes se declaran solos, atribulados, marginados pero con una verdad muy potente: el simple hecho de estar y permanecer vivos. Es notable la asepsia y pulcritud del montaje, oponiéndose a las premisas del texto para crear un diálogo sugerente, ambiguo, contradictorio.

 

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