En
las últimas semanas se ha puesto de moda cierto optimismo sobre
señales de recuperación en la crisis económica global. Sea Robert
Zoellick, presidente del Banco Mundial o José Ángel Gurría,
secretario de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE) o algún gurú del sistema, nos dicen que aparecen
"brotes verdes" de recuperación o que una vez más se ve la luz al
final del túnel. Por lo general, los argumentos se limitan a señalar
que la velocidad de la caída ha disminuido, aunque sea imposible
ocultar que la caída continúa.
Para estos voceros del sistema es un consuelo advertir que en
Estados Unidos han aumentado ligeramente las ventas de bienes
durables o que el ritmo de descenso del PIB ha disminuido en algún
grado.
¿Es cierto entonces que los "brotes verdes" abundan como
anunciadores de que la crisis global toca fin y las cosas podrían
volver a ser como antes?
Habría que tener en cuenta ante todo, que una crisis económica
capitalista no es nunca una línea de descenso constante. Es una
caída generalizada, pero que ocurre en medio de movimientos de signo
variado, que provocan alzas momentáneas de indicadores que pueden
ser engañosos si se toman como expresiones autosuficientes para
explicar la tendencia dominante.
Existen razones de peso para cuestionar la solidez de estos
anuncios. Veamos algunos.
La crisis actual comenzó como el estadillo de una burbuja
financiera en el sector inmobiliario de Estados Unidos, pero no es
la única burbuja presta a estallar. La especulación neoliberal se
difundió por doquier e infló peligrosas burbujas en otros sectores
como el de las tarjetas de crédito, donde la ilusión del llamado
dinero plástico llevó a millones de estadounidenses a endeudarse más
allá de toda racionalidad, en la confianza de que el precio de sus
viviendas continuaría subiendo. Fue la construcción de burbujas
sobre burbujas y se calcula que en medio de la crisis del crédito,
el monto que las tarjetas de crédito acumulan representa una bomba
de un millón de millones de dólares que puede estallar y elevar aún
más la temperatura de la crisis.
Otro tema de gran importancia es que, a pesar de las promesas de
regulación de los instrumentos o derivados financieros que
protagonizaron la irresponsable y arriesgada ola especulativa, dicha
regulación no es todavía más que el inicio de un complicado proceso
legislativo y administrativo que, probablemente, consumirá el año
actual antes de hacerse efectivo. Y mientras tanto, esos
instrumentos siguen actuando sin regulación.
El más peligroso de ellos, los llamados swaps de riesgo
crediticio o CDS por su sigla en inglés, se estiman en unos 62
millones de millones (billones en español) que es más de cinco veces
el Producto Interno Bruto (PBI) de Estados Unidos y mucho más que el
dinero destinado a planes de rescate por el gobierno de ese país y
por otros.
Estos instrumentos están difundidos por el mundo globalizado y
son altamente "tóxicos", utilizando la jerga del mercado financiero,
para referirse a títulos de valor sin respaldo real. Ellos son una
cobertura de riesgo crediticio en apariencia muy similar a una
póliza de seguro para cubrir el posible impago de una deuda, pero
las diferencias son notables. Estas operaciones no están reguladas y
las entidades que operan estos contratos no están obligadas a
mantener reservas para respaldarlos, pues fueron inventados,
precisamente, para burlar los requerimientos sobre reservas.
Los bancos vieron en este instrumento y otros de alto riesgo
especulativo, la vía para evadir requerimientos de reservas y
liberar recursos para otras operaciones también especulativas. Se
señala que bancos europeos tienen 426 000 millones de dólares en
operaciones de ese tipo con la empresa norteamericana en bancarrota
American International Group (AIG). Y es solo un ejemplo dentro del
mercado financiero globalizado.
Esos títulos "tóxicos" están difundidos por doquier, pero no se
sabe su monto exacto ni con precisión dónde y en manos de quién se
encuentran. Pero se sabe que son otra burbuja de muchos megatones
presta a estallar.
Otro problema es el estado real de los bancos, en especial los
norteamericanos, pues hasta el estallido de la crisis estos
mostraban una apariencia sólida que resultó falsa.
A principios de mayo se difundió el resultado de una llamada
prueba de resistencia que fue aplicada a los 19 bancos más
importantes de Estados Unidos para determinar su capacidad para
resistir unas condiciones no especialmente severas. Esas condiciones
eran que el desempleo subiera por encima del 10% (actualmente es del
9,4%) y que el PIB descendiera más del 3% anual.
El resultado fue que diez de los 19 bancos necesitarían ayuda
pública adicional por 7 000 millones de dólares para sobrevivir y
encabezaba las listas de los necesitados de ayuda, el Bank of
American que en ese mismo mes anunciaba contradictoriamente,
ganancias de 4 000 millones de dólares.
Varias fuentes señalan que los bancos continúan haciendo
inversiones especulativas de alto riesgo —incluso con los recursos
de los paquetes de rescate del gobierno—, y encubriendo sus
operaciones detrás de una contabilidad tramposa, lo cual explicaría
que un banco reporte ganancias, al mismo tiempo que una prueba de
resistencia a él aplicada lo señala en grave peligro si las
condiciones económicas se hicieran ligeramente peores.
El estado real de los bancos —además de no cumplir con su función
esencial de otorgar créditos— es una importante incógnita y hay
razones para sospechar una esencial debilidad en ellos.
Para los norteamericanos que lidian con la crisis el problema es
bien concreto: los precios de las viviendas siguen cayendo y
millones de hogares enfrentan el pago de hipotecas que están por
encima del valor de mercado de sus viviendas, con el desempleo en
aumento y muchos acercándose al final de las 39 semanas de pago por
seguro de desempleo, sin posibilidades de obtener nuevos créditos y
unas tarjetas de crédito sobregiradas en términos de deuda.
Para ensombrecer el panorama de la crisis está también la
imposible reproducción de un orden viciado que funcionó hasta ahora,
permitiendo la existencia de una economía parásita que basaba su
ostentoso consumo y su déficit estructural en el endeudamiento
masivo del gobierno, de las empresas, de los hogares, que a su vez
era financiado desde el exterior por el resto del mundo. No es
imaginable volver a repetir exactamente el orden económico mundial
basado en un país con endeudamiento masivo, el ahorro cero, el
déficit comercial gigantesco y la venta de sus bonos aprovechando el
privilegio del dólar.
No parece que la salida de esta crisis —cuando ocurra— pueda
repetir ese orden, pero lo que no cambiará es la globalización y
ella también ensombrece esa salida, pues todos los países están
azotados por la misma o similar epidemia y no es posible repetir una
solución como la que tuvo la crisis asiática en 1997-1998, en cuanto
a basarse en las exportaciones, porque ahora todos los mercados
están contraídos, incluso los de mayor capacidad de absorción como
Estados Unidos y Europa, lo que hace imposible, para estos y para
los exportadores hacia ellos, utilizar las exportaciones como
impulsor para salir de la crisis.
Otro factor de suma importancia es el desempleo que continúa
creciendo. Menos empleo significa menos ingreso, compradores que no
compran o compran menos y estrechan el mercado para las ventas de
las empresas enfrentadas a la crisis, pero también el temor a perder
el empleo lleva a recortar el gasto. Tal vez la mejor y amarga
lección que esta crisis está mostrando en Estados Unidos, es que sus
ciudadanos están comenzando a ahorrar después del festival de
consumismo basado en deuda.
También menos empleo significa menor recaudación fiscal en los
momentos en que más la necesitan los gobiernos para financiar los
estímulos a la recuperación o paliar los efectos sociales de la
recesión.
Lo único claro e innegable, es que la crisis económica global del
capitalismo cobra su altísimo precio en desgracias a todo el
planeta. Ningún país del Tercer Mundo contribuyó a generar esta
crisis, pero todos la soportan y sufren bajo ella.
Las estadísticas internacionales —siempre por debajo de la
realidad— expresan que desde agosto del 2008 el número de
hambrientos ha crecido en algo más de 100 millones de personas, los
desempleados serán 50 millones más al finalizar este año, la pobreza
extrema se incrementaría en el 2009 en una cifra entre 55 millones y
90 millones de seres humanos, que se sumarían a los muchos millones
que ya lo eran.
Esas son pálidas estadísticas que congelan en cifras por debajo
de la realidad, la crítica situación de países pobres que a su
pobreza "normal" ahora deben agregar los precios más reducidos de
sus exportaciones, el cierre de mercados para ellas, el
estrechamiento de los precarios créditos que obtenían, el peso
agravado de su deuda externa, la reducción de la muy comprimida
ayuda oficial para el desarrollo, y de las remesas que reciben sus
familias. Y mientras tanto, escuchan que deben tener paciencia y
esperar que las decisiones del G-20 permitan la recuperación de una
economía mundial que para ellos no ha entregado más que
subdesarrollo y pobreza.
*Director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial