Aires lorquianos

TONI PIÑERA

Desde hace muchos años, Alicia tenía un sueño y en el XXI Festival La Huella de España se hizo realidad en la escena del GTH: llevar al ballet el poema Preciosa y el aire, uno de los más distinguidos del Romancero gitano, de Federico García Lorca.

Foto: Nancy ReyesEscena de Preciosa y el aire.

El valor de esta joya literaria y la belleza del poema, la música inédita del destacado compositor español Ángel Barrios (1882-1964), realizada con la propia participación del poeta, pues eran grandes amigos, y la coreografía de Alicia Alonso sobre un tema que le rondó siempre en sus instintos creativos —nos contó que hasta Ernestina, su madre, le había confeccionado un traje que conservó durante muchos años—, se transformó finalmente en danza.

Emerge nuevamente la capacidad de la coreógrafa para narrar la historia y tocar la esencia de este poema-relato, tan repleto de sutilezas, con mucha economía de recursos al traducir los símbolos y transformarlos de la palabra al gesto, y donde se entremezclan el lenguaje del ballet clásico con el espíritu de la danza española. Es una obra que está abierta y puede, con el tiempo, acentuar más virtudes.

No es un ballet de pirotecnia, pero sí hay una utilización racional y evidente de la técnica, donde los jóvenes intérpretes tuvieron un peso fundamental. En primer lugar Yolanda Correa (Preciosa), quien vistió todas sus galas (interpretativas-técnicas), y el joven Dani Hernández un perfecto "danceur noble", quien junto con el resto del elenco transformado en el Aire (los gitanos) añadieron colorido en sus danzas.

GESTO, DANZA Y CANTOS EN EL PUNTO FINAL

¿El flamenco? "es algo extraño y misterioso. No lo puedo explicar, lo siento. Es una cultura, no un ejercicio físico. Una filosofía de la vida, una manera de asentir, llorar, divertirse, tomar el vino como el pueblo, vivir". Así dibujaba Antonio Gades, en palabras, una forma de existencia. Y él volvió a bailar-vivir en las centenarias tablas de la sala García Lorca habanera, en piel de celuloide¼

Era la gala de clausura del XXI Festival La Huella de España, cuya primera parte constituyó un homenaje al amigo que cruzó, por breves instantes, por medio de disímiles papeles interpretados con su baile a lo largo de los años. En la escena vibró el Ballet Español de Cuba con el estreno mundial de Al Andalus, coreografía de la primera bailarina Irene Rodríguez, quien desató largas ovaciones en su quehacer protagónico. Hay que destacar de estas jornadas la actuación del Ballet Español de Cuba que dirige Eduardo Veitía, que está en una excelente etapa, y que tuvo en Carmen un momento alto de este encuentro.

Las voces singulares de ese grupo sui géneris que es la Camerata Vocal Sine Nomine —dirigida por la maestra Leonor Suárez Dulzaides— marcaron un momento especial. Mientras que el poema Antonio, de Fina García Marruz cobró cuerpo en el movimiento con la coreografía homónima del joven Eduardo Blanco, quien silueteó en breves instantes, con cinco noveles bailarines del BNC, el arte del bailarín flamenco. la segunda parte del espectáculo abrió con Liuba María Hevia y su grupo, que dejaron al auditorio con ganas de seguir sus huellas musicales por largo rato.

Luego regresó Eduardo Blanco con otro estreno: Por una voz. Dedicado al centenario del natalicio de Barbarito Diez, resulta un divertimento, una fresca y dinámica coreografía que tocó cuerdas sensibles de otros tiempos para traer al presente una destacada figura del cancionero cubano. Las obras Corazón perdona, de Graciano Gómez, Y si llego a besarte, de Luis Casas Romero, y Esas no son cubanas, de Ignacio Piñeiro, en la voz de Barbarito, se combinaron con los funcionales diseños de Eduardo Romero, y el quehacer escénico de los jóvenes intérpretes del BNC donde se unió lo clásico con lo popular.

 

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