De la trascendencia del tema de La anunciación, se
dispararía con fuerza propia el interés de una audiencia cubana: el
filme de Enrique Pineda Barnet habla de la separación familiar y sus
desgarramientos ––océano de por medio–– y de la necesidad de hallar
una concordia mediante una verdad ecuménica que pocos discutirían:
"ámense por encima de las diferencias".
Las diferencias, según se desprenden del argumento, aunarían
errores cometidos por las dos partes en conflicto. Errores de
comprensión, de manera de mirar la vida, de encontrarle un sentido
propio a esa vida en medio del maremagno social; "culpas" ––o
asunciones políticas e ideológicas–– que un día se creyeron las
mejores y que terminaron por fragmentar la unión de la familia.
En su opción artística, el cineasta no se detiene en desmenuzar
las supuestas verdades o intereses de cada grupo en cuestión (habría
que imaginar el metraje de lo que sería una historia de otra
naturaleza), sino que los asume en su entorno fáctico y desde allí
se inspira para desplegar un mensaje de amor en el que no faltan
razonamientos de apreciable calado.
Aunque el tema, en su alcance social y humano, tardó bastante en
llegar a nuestra literatura y cine, luego conocería de los
tratamientos más diversos y originales, estos últimos,
principalmente en el campo de las letras. De ahí que cada nuevo
intento de tratar la problemática de los que se van y los que se
quedan se las tenga que ver con los retos de lo ya transitado.
Aunque la envoltura del conflicto de La anunciación
resulte original y a ratos se aprecie el vuelo poético de su
sensible autor, el sumo de la historia no puede, sin embargo,
disimular los tejidos de lo ya visto: la hermana que se fue y
regresa de visita cargada de regalitos, el hermano integrado al
proyecto revolucionario y que tan intolerante como ella se niega en
un principio a mirarla, ambos envueltos en una agonía circular (lo
que me hiciste, o yo te hice) que repite parlamentos un tanto
teatrales en concepciones escénicas de similar extirpe. Es como si
una historia que no deja de tener actualidad y sinsabores fuera
contada con la cadencia de algo ya viejo.
La atmósfera teatral que a ratos recorre el filme no debiera
molestar si no fuera porque se aprecia demasiado el alargamiento
innecesario en la revelación del testamento moral que deja el padre
de familia, fallecido recientemente, un desliz de dramaturgia sin
mucho más que decir que da cabida a la otra historia paralela, la de
los dos fotógrafos, uno balsero, llena de símbolos ––descifrables y
no–– y con un tratamiento de imágenes que recuerdan las emociones
tremendistas del cine silente.
De la originalidad inicial, esa abuela médium en lúgubre estancia
que interpreta Verónica Lynn y que trata de trampear para asegurarle
"una vida más segura a su nieto", el argumento se va tornando cada
vez más inverosímil hasta terminar en una escena poco creíble y que
no salva ni el calibre de la mayor parte de los actores, debido a
que el tono de la historia se cambia abruptamente para darle entrada
a una repentina capacidad de creencias espiritistas, lo mismo por
parte del hermano materialista, que por la hermana pragmática.
Para discutir estaría también la inserción algo desconcertante de
los dos números musicales que se ponen en boca de uno de los
protagonistas, el tercer hermano, el más joven y sin duda el
personaje más interesante del filme por cuanto su composición,
fantasmas internos y preocupaciones de existencia, tienen mucho de
actualidad, del ahora mismo, dentro de un conflicto generacional que
bien vale otra película.
Sensible para los cubanos resulta el tema de la separación
familiar y es de agradecer que Pineda Barnet ––proclamando en su
argumento la honradez como divisa imprescindible del ser humano–– se
haya acercado a él con una película que, si bien discutible en sus
componentes artísticos, está realizada con el mayor amor del mundo.