Tápanes, genio y figura…

Leticia Martínez Hernández

 Foto: Yordanka Almaguer"Usted ve aquellas montañas, allá bien lejos, esas también son mías", dice Jesús Tápanes mientras guía el carro que nos llevaba campo adentro por un camino que, para citadinos, parecía no tener fin. Tápanes lo sabe de memoria, y lo hace suyo. Lleva recorriéndolo más de veinte años.

Desde Vía Blanca la vista es impresionante. El Valle del Yumurí se extiende caprichoso bajo el puente de Bacunayagua. De allí Tápanes conoce cada palmo de tierra, desde donde se esconden las jutías hasta por donde se escurre el malhechor. Más de dos décadas de su vida dedicadas a cuidar la zona no han sido en vano. Por ello, preguntar por el capitán Jesús Tápanes solo encuentra una frase de respuesta: "Más que el Jefe del Sector, es el padre de todos por aquí".

Conversar con Jesús es casi imposible. Muchos pasan por su hogar, quieren saludarlo, saber cómo está. Una caída peligrosa desde el techo de la casa puso en vilo a los vecinos en el Valle del Yumurí. Pero certificando el dicho de "genio y figura hasta la sepultura", ya Tápanes trae puesto el uniforme azul. Entonces, con los minutos contados, pues hoy hay demasiado por hacer, habla de su oficio, del honor de pertenecer al Ministerio del Interior, de su familia y de algún que otro pícaro que ha intentado perturbar su zona.

Noviembre, para Tápanes, no es un mes cualquiera, tampoco el día 11 del año 1976. Todavía logra percibir el olor de su uniforme nuevo aquel el día exacto que ingresó al MININT, cuesta trabajo borrar las sensaciones a pesar de los más de treinta años transcurridos. Los trajines del oficio lo llevaron a diversos lugares antes de retornar a su Valle, pero asegura que como guajiro al fin siempre tiró para el monte, no aguantó mucho tiempo y en 1986 regresó al campo que lo vio nacer.

Volvía como Jefe del Sector, cargo que alegró a algunos y disgustó a otros. "Imagínese, conozco el santo y seña de todos, para algunos fui un alivio, para otros una preocupación". No olvida entonces la noche aquella que llegó al Valle y le esperaban decenas de guajiros para poner orden allí. Comenzaría de inmediato el trabajo: lo primero habilitar un local, luego sumar fuerzas al cuidado de la zona, más tarde mejorar las condiciones de trabajo.

Hoy el panorama ha cambiado, si en tiempos atrás la zona atraía a bandidos de otros lugares que venían en busca de reses u otros animales, ya nadie recuerda la última vez que allí se cometió un delito. Solo el capitán Tápanes, con su memoria de elefante, recuerda con precisión cada una de las batallas libradas. Sabe de memoria el nombre de cada malhechor, de cada perjudicado, y por si fuera poco recita sin respirar las características del Valle que cuida: "Tiene 162 kilómetros cuadrados, 30 cuevas, 4 336 habitantes y un personal foráneo que oscila entre los 400 y los 600".

Por eso, cuando la Policía Nacional Revolucionaria decidió distinguir a este hombre, a muy pocos tomó por sorpresa. Para él fue el mayor honor: "Gracias al apoyo de todos, los vecinos ven el local del Jefe del Sector como el del médico de la familia, van allí buscando respuesta a cualquier situación, lo mismo apoyamos en un funeral que compartimos la fiesta. Ese es mi mayor orgullo".

El caso del capitán Tápanes no es único. Áunque hoy, cuando el Ministerio del Interior cumple 48 años, deviene tarea de primer orden lograr la estabilidad de los Jefes de Sectores, asignatura aún pendiente y que requiere del apoyo de todos. Urge encontrar, apoyar y reconocer a hombres que, como Tápanes, hagan suyos los problemas ajenos.

 

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