"Usted
ve aquellas montañas, allá bien lejos, esas también son mías", dice
Jesús Tápanes mientras guía el carro que nos llevaba campo adentro
por un camino que, para citadinos, parecía no tener fin. Tápanes lo
sabe de memoria, y lo hace suyo. Lleva recorriéndolo más de veinte
años.
Desde Vía Blanca la vista es impresionante. El Valle del Yumurí
se extiende caprichoso bajo el puente de Bacunayagua. De allí
Tápanes conoce cada palmo de tierra, desde donde se esconden las
jutías hasta por donde se escurre el malhechor. Más de dos décadas
de su vida dedicadas a cuidar la zona no han sido en vano. Por ello,
preguntar por el capitán Jesús Tápanes solo encuentra una frase de
respuesta: "Más que el Jefe del Sector, es el padre de todos por
aquí".
Conversar con Jesús es casi imposible. Muchos pasan por su hogar,
quieren saludarlo, saber cómo está. Una caída peligrosa desde el
techo de la casa puso en vilo a los vecinos en el Valle del Yumurí.
Pero certificando el dicho de "genio y figura hasta la sepultura",
ya Tápanes trae puesto el uniforme azul. Entonces, con los minutos
contados, pues hoy hay demasiado por hacer, habla de su oficio, del
honor de pertenecer al Ministerio del Interior, de su familia y de
algún que otro pícaro que ha intentado perturbar su zona.
Noviembre, para Tápanes, no es un mes cualquiera, tampoco el día
11 del año 1976. Todavía logra percibir el olor de su uniforme nuevo
aquel el día exacto que ingresó al MININT, cuesta trabajo borrar las
sensaciones a pesar de los más de treinta años transcurridos. Los
trajines del oficio lo llevaron a diversos lugares antes de retornar
a su Valle, pero asegura que como guajiro al fin siempre tiró para
el monte, no aguantó mucho tiempo y en 1986 regresó al campo que lo
vio nacer.
Volvía como Jefe del Sector, cargo que alegró a algunos y
disgustó a otros. "Imagínese, conozco el santo y seña de todos, para
algunos fui un alivio, para otros una preocupación". No olvida
entonces la noche aquella que llegó al Valle y le esperaban decenas
de guajiros para poner orden allí. Comenzaría de inmediato el
trabajo: lo primero habilitar un local, luego sumar fuerzas al
cuidado de la zona, más tarde mejorar las condiciones de trabajo.
Hoy el panorama ha cambiado, si en tiempos atrás la zona atraía a
bandidos de otros lugares que venían en busca de reses u otros
animales, ya nadie recuerda la última vez que allí se cometió un
delito. Solo el capitán Tápanes, con su memoria de elefante,
recuerda con precisión cada una de las batallas libradas. Sabe de
memoria el nombre de cada malhechor, de cada perjudicado, y por si
fuera poco recita sin respirar las características del Valle que
cuida: "Tiene 162 kilómetros cuadrados, 30 cuevas, 4 336 habitantes
y un personal foráneo que oscila entre los 400 y los 600".
Por eso, cuando la Policía Nacional Revolucionaria decidió
distinguir a este hombre, a muy pocos tomó por sorpresa. Para él fue
el mayor honor: "Gracias al apoyo de todos, los vecinos ven el local
del Jefe del Sector como el del médico de la familia, van allí
buscando respuesta a cualquier situación, lo mismo apoyamos en un
funeral que compartimos la fiesta. Ese es mi mayor orgullo".
El caso del capitán Tápanes no es único. Áunque hoy, cuando el
Ministerio del Interior cumple 48 años, deviene tarea de primer
orden lograr la estabilidad de los Jefes de Sectores, asignatura aún
pendiente y que requiere del apoyo de todos. Urge encontrar, apoyar
y reconocer a hombres que, como Tápanes, hagan suyos los problemas
ajenos.