Clarinetitis con swing

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Fue en Chicago una tarde ardiente del verano de 1928. Los ventarrones de la Gran Depresión no eran todavía perceptibles para los tres hombres que se reunieron en un estudio soterrado de grabación para improvisar. El líder del trío puso delante del pianista Mel Stitzel un papel y otro más pequeño en el atril del baterista Bob Conselman, y dijo: "Toquen eso y síganme". Ese día estaba realmente inspirado. Lamentablemente, si querían que la placa se oyera de inmediato en la radio, debían ajustar la duración del tema. Pese a todo salió Clarinetitis y surgió una obra maestra. Benny Goodman, en el clarinete, hizo y deshizo las escalas, y llevó a una máxima tensión, más cercana a los principios de la escuela de Viena que a los sonidos arrabaleros de la época, el discurso del instrumento.

Benny Goodman.

No es posible dejar de evocar a Benny Goodman. El centenario de su nacimiento transcurrió apenas hace unos días —nació el 30 de mayo de 1909— pero los medios jazzísticos antes y después de la fecha se encargan de revivir sus méritos y de situarlo en el justo lugar que ocupa en la historia del género. Porque, a decir verdad, Goodman fue de más a menos en la medida que avanzó el siglo pasado, y la Era del Swing, en la que ocupó un sitio preponderante, cedió a la del Bebop, y sobrevino un anecdotario que disminuyó la huella de su música.

De tal modo que el llamado Rey del Swing se hizo más notorio por su carácter imprevisible y sus malas pulgas que por lo que aportó a la difusión del jazz fuera de los ghettos, sin contar con los dardos recurrentes de una crítica que lo descalificó por haber "blanqueado" el sonido de New Orleans.

Ciertamente, Benjamín David Goodman tenía una cualidad voraz: todo lo asimilaba y devolvía como si fuera un producto original. Se adueñó en los años veinte de la dicción sureña característica de los negros Johnny Dodds y Jimmie Noone, se internó en los secretos de la orquestación con la banda del baterista Ben Pollack y ya cuando formó su propia banda en 1934 aprovechó la oportunidad que le ofreció la radioemisora NBC para lanzar el programa semanal Let’s Dance. Y toda Norteamérica bailó bajo su égida. La clase media, golpeada por la crisis, quería divertirse con el swing, y nadie mejor que un blanco para no arrepentirse de ese gusto. Aunque tan temprano como en 1935 sumó a su banda al pianista negro Teddy Wilson y después llamó al también célebre afronorteamericano Lionel Hampton, sin importar las reacciones adversas de los segregacionistas.

Algo muy duro había quedado dentro de sí como para no tener prejuicios. En sus memorias escribió: "Recuerdo una vez que vivíamos en un sótano sin calefacción durante el invierno, y un par de ocasiones no teníamos nada para comer. No quiero decir ‘algo’ para comer. Quiero decir ‘nada’ para comer. No es una experiencia que se olvide rápido. Yo jamás la he olvidado. Ni tampoco a los que cerca de casa, familias negras, padecían tanta hambre como nosotros".

El swing era exultante, efervescente, una inyección de optimismo en los oídos atribulados de los arruinados comerciantes, mal pagados maestros y atribulados oficinistas. Y no paró hasta subirse al escenario del Carnegie Hall y realizar giras triunfales por el Oriente Medio y la Unión Soviética.

Pero a Benny Goodman no se le puede medir únicamente bajo el rasero de la sociología. Es admirable el sentido constructivo de obras suyas como Don’t be that way y Jersey bounce, y hasta en la mismísima Sing, sing sing que todavía es un himno del swing. Y no hay por qué sonrojarse ante el influjo melódico de canciones como Somebody else is taking my place, popularizada por Peggy Lee, o Taking a chance on love, que en la voz de Helen Forrest conmovió a las parejas separadas por la Segunda Guerra Mundial.

De la maestría de Goodman como instrumentista habla por sí sola la siguiente anécdota. Cuando a Bela Bartok le fue dado grabar su obra Contrastes, lo buscó para que se le uniera junto al violinista Joseph Szigety. Después comentó: "Es el mejor clarinetista que podía haber encontrado jamás". El notable compositor Aaron Copland le dedicó en 1947 su Concierto para clarinete.

Dicen que al morir en 1987 de un ataque al corazón tenía en sus manos el instrumento y ante sí una partitura de Brahms.

 

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