Fue en Chicago una tarde ardiente del verano de 1928. Los
ventarrones de la Gran Depresión no eran todavía perceptibles para
los tres hombres que se reunieron en un estudio soterrado de
grabación para improvisar. El líder del trío puso delante del
pianista Mel Stitzel un papel y otro más pequeño en el atril del
baterista Bob Conselman, y dijo: "Toquen eso y síganme". Ese día
estaba realmente inspirado. Lamentablemente, si querían que la placa
se oyera de inmediato en la radio, debían ajustar la duración del
tema. Pese a todo salió Clarinetitis y surgió una obra
maestra. Benny Goodman, en el clarinete, hizo y deshizo las escalas,
y llevó a una máxima tensión, más cercana a los principios de la
escuela de Viena que a los sonidos arrabaleros de la época, el
discurso del instrumento.
No es posible dejar de evocar a Benny Goodman. El centenario de
su nacimiento transcurrió apenas hace unos días —nació el 30 de mayo
de 1909— pero los medios jazzísticos antes y después de la fecha se
encargan de revivir sus méritos y de situarlo en el justo lugar que
ocupa en la historia del género. Porque, a decir verdad, Goodman fue
de más a menos en la medida que avanzó el siglo pasado, y la Era del
Swing, en la que ocupó un sitio preponderante, cedió a la del Bebop,
y sobrevino un anecdotario que disminuyó la huella de su música.
De tal modo que el llamado Rey del Swing se hizo más notorio por
su carácter imprevisible y sus malas pulgas que por lo que aportó a
la difusión del jazz fuera de los ghettos, sin contar con los dardos
recurrentes de una crítica que lo descalificó por haber "blanqueado"
el sonido de New Orleans.
Ciertamente, Benjamín David Goodman tenía una cualidad voraz:
todo lo asimilaba y devolvía como si fuera un producto original. Se
adueñó en los años veinte de la dicción sureña característica de los
negros Johnny Dodds y Jimmie Noone, se internó en los secretos de la
orquestación con la banda del baterista Ben Pollack y ya cuando
formó su propia banda en 1934 aprovechó la oportunidad que le
ofreció la radioemisora NBC para lanzar el programa semanal Let’s
Dance. Y toda Norteamérica bailó bajo su égida. La clase media,
golpeada por la crisis, quería divertirse con el swing, y nadie
mejor que un blanco para no arrepentirse de ese gusto. Aunque tan
temprano como en 1935 sumó a su banda al pianista negro Teddy Wilson
y después llamó al también célebre afronorteamericano Lionel Hampton,
sin importar las reacciones adversas de los segregacionistas.
Algo muy duro había quedado dentro de sí como para no tener
prejuicios. En sus memorias escribió: "Recuerdo una vez que vivíamos
en un sótano sin calefacción durante el invierno, y un par de
ocasiones no teníamos nada para comer. No quiero decir ‘algo’ para
comer. Quiero decir ‘nada’ para comer. No es una experiencia que se
olvide rápido. Yo jamás la he olvidado. Ni tampoco a los que cerca
de casa, familias negras, padecían tanta hambre como nosotros".
El swing era exultante, efervescente, una inyección de optimismo
en los oídos atribulados de los arruinados comerciantes, mal pagados
maestros y atribulados oficinistas. Y no paró hasta subirse al
escenario del Carnegie Hall y realizar giras triunfales por el
Oriente Medio y la Unión Soviética.
Pero a Benny Goodman no se le puede medir únicamente bajo el
rasero de la sociología. Es admirable el sentido constructivo de
obras suyas como Don’t be that way y Jersey bounce, y
hasta en la mismísima Sing, sing sing que todavía es un himno
del swing. Y no hay por qué sonrojarse ante el influjo melódico de
canciones como Somebody else is taking my place, popularizada
por Peggy Lee, o Taking a chance on love, que en la
voz de Helen Forrest conmovió a las parejas separadas por la Segunda
Guerra Mundial.
De la maestría de Goodman como instrumentista habla por sí sola
la siguiente anécdota. Cuando a Bela Bartok le fue dado grabar su
obra Contrastes, lo buscó para que se le uniera junto al
violinista Joseph Szigety. Después comentó: "Es el mejor
clarinetista que podía haber encontrado jamás". El notable
compositor Aaron Copland le dedicó en 1947 su Concierto para
clarinete.
Dicen que al morir en 1987 de un ataque al corazón tenía en sus
manos el instrumento y ante sí una partitura de Brahms.