Antaño pieza emblemática en la iconografía empresarial
estadounidense, la corporación General Motors (GM) perdió su magia
en época de crisis hasta quedar embotellada en una ruta sin regreso:
la bancarrota.
La anunciada quiebra de la segunda mayor automotriz del mundo
(después de Toyota) coronó este lunes una larga serie de hechos
negativos que sacudieron desde el año pasado a este sector
manufacturero y sus nexos con el gobierno federal.
El grupo con cuartel general en Michigan había tenido suerte para
sobrevivir durante años al impacto de los altos costos laborales, el
incremento de la competencia (principalmente japonesa), el alza del
petróleo y la caída en los créditos.
Pero también disfrutó del incondicional respaldo monetario de la
Casa Blanca, que remitió a GM sucesivos cheques salvavidas para
mantener a flote un consorcio fundado en 1908 y que estuvo durante
siete décadas en la primacía global.
La administración gubernamental norteamericana suministró hace
unos meses 19,4 mil millones de dólares al gigante de Detroit, que
ahora -acogido a la ley de quiebras- tendrá que entregar el 60 por
ciento de sus acciones a cambio de un nuevo préstamo millonario.
En el contexto social, la caída del icono estadounidense causa
serios malestares familiares: en los próximos 90 días al menos 30
mil desempleados se sumarán a las listas nacionales de paro, y los
despidos de GM perjudicarán a trabajadores en una decena de estados.
Al oficializar su lamentable estado financiero en una corte de
Nueva York, el fabricante de coches admitió que sus activos apenas
superan 82 mil millones de dólares, mientras que la deuda total
frisa en 172,8 mil millones.
En resumen, la firma no pudo continuar navegando en la tormenta
de la recesión en Estados Unidos, y llegó a quemar casi dos mil
millones de dólares por mes en medio de una situación agravada por
la antipatía de los consumidores.
El gigante corporativo fue incapaz de reestructurar su deuda no
asegurada -27 mil 200 millones de dólares-, el principal requisito
de la Oficina Oval para seguir apoyando incondicionalmente al
hacedor de autos.
Casi inmediatamente después de esta confesión, autoridades en
Wall Street borraron el nombre de General Motors del prestigioso
catálogo de las 30 principales compañías en el indicador bursátil
Dow Industrial Average.
Pese a los miles de despidos y las inestables condiciones del
sector automotriz en Estados Unidos, el presidente Barack Obama
aseguró en un discurso televisado que la empresa hizo lo correcto al
declararse en quiebra.
Queremos ayudar a que GM se ponga en marcha y salga adelante por
encima de sus errores pasados, señaló el mandatario al contestar
críticas opositoras que subrayaron la inutilidad de la ayuda federal
para la veterana firma manufacturera.
Antes, el gobernante demócrata había exhortado a las
corporaciones automotrices a reestructurar sus divisiones
comerciales para adaptarse al exigente mercado internacional. En
otras palabras, fabricar vehículos más atractivos y ahorradores.
Con todo, la fractura de General Motors viene a engrosar el
listado de los grandes fiascos empresariales estadounidenses en años
recientes, entre ellos, los problemas del banco Lehman Brothers y la
firma de ahorros Washington Mutual.
Mientras la prensa ironiza con el nuevo supuesto nombre de GM,
Government Motors (el gobierno de Obama administrará el 60 por
ciento del grupo), emerge una pregunta obvia sobre las bancarrotas
¿Cuál será la próxima firma?