La
fortuna literaria de Matanzas no es cosa del pasado únicamente. La
tradición literaria y artística de la ciudad del San Juan ha sido
defendida durante siglos por nombres imprescindibles de nuestras
letras, nacidos o no allí, pero capaces de encontrar en la aparente
quietud de esas calles, plazas y puentes otra ciudad, oculta apenas
entre las páginas que se editan allí. Si Ediciones Vigía es un punto
y aparte de la geografía editorial cubana, ya no es solo esa casa la
que publica títulos notables y bellos. La coexistencia en el mismo
punto del país de esfuerzos que insisten en la preservación y
vitalidad del ámbito literario no es cosa a entender desde
rivalidades baratas, sino desde la alegría del lector que sabe,
espera y exige cada vez mejores títulos.
Ediciones Matanzas vive ahora mismo un instante de loable
dignidad, que se justifica con cada volumen que sale de sus prensas.
El próximo Sábado del Libro dará a los curiosos la posibilidad de
atestiguarlo. Lejana de la reducción desdeñosa con la que otras
editoriales de provincia se juzgan a sí mismas, Ediciones Matanzas
ha acumulado libros que son deseados por su contenido y su atractivo
diseño, corroborando que la verdad literaria no necesita siempre el
aire capitalino para ser estimada. Matanzas es una ciudad que
también merece ser leída.
A la sombra de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) va a
producirse la presentación del venidero sábado. Los 200 años de su
nacimiento han dado pie a un número de la Revista Matanzas, a la
edición de la plaquette Manglar y Uvero, que en la nueva
entrega de esta serie contiene textos del autor de Jicotencal,
y que se acompañan de Los puentes abiertos, estudio de Urbano
Martínez acerca de los orígenes de las letras en esa ciudad hasta
1844. La Revista, en su primera entrega de este año, acoge a un
número notable de destacadas firmas (algo habitual en su nueva
época), que revisitan el mito de Plácido con ojo contemporáneo, y lo
entienden desde un tiempo en el que Matanzas sigue siendo su
paisaje. Otros textos (poéticos, narrativos, ensayísticos y
críticos) se combinan en una estructura que enlaza a maestros y
discípulos, a jóvenes y consagrados, en un mapa plural que es el de
una publicación de ambicioso espectro. Roberto Méndez, Alberto
Guerra, Olga García Yero, Digdora Alonso, Amado del Pino, Ulises
Rodríguez Febles pasan de ese retrato del poeta fusilado a libros de
actualidad, a la dramaturgia cubana y sus desasosiegos de hoy, a
relatos y poemas de una Cuba que se reinventa en las letras. Esta
publicación, dirigida por Alfredo Zaldívar y diseñada por Johann E.
Trujillo, saca partido hasta de las limitaciones de la impresión en
Risograph, aunque la calidad de sus textos bien ameritaría un
esfuerzo para dotarla de todo el esplendor visual que un empeño así
reclama por sus logros.
El volumen de Urbano Martínez es una pieza ampliada por este
investigador, una personalidad a la que declaro mis respetos y que
dilata su primera edición de 1998 con revisiones provechosas. Sin
estridencias, con la paciencia del artesano que compone una obra que
sabe necesaria, y sin la soberbia de otros, Martínez ha ido
hilvanando un rostro letrado de su ciudad, de su tradición. Los
puentes abiertos continúa lo avizorado en sus estudios sobre
Milanés o Carilda, y queda reajustada con nuevos párrafos, que no
hacen densa la lectura, sino que la enriquecen con datos y
referencias que dan fe de su rigor. Recomiendo este libro al
público, he aquí una manera de hacer historia literaria sin convocar
al aburrimiento. Para un amante del teatro, como es mi caso, es un
refrescante regreso al estreno de El conde Alarcos el
capítulo donde se comenta aquel grandioso acontecimiento.
El Sábado del Libro que llega esta semana corresponde a Ediciones
Matanzas, y la invitación vale el recorrido hasta el Palacio del
Segundo Cabo. Allí estarán los autores y los editores de este sello,
guiado por Alfredo Zaldívar, quien pone algo del poeta que es en
cada libro que se anuncia. Da gusto agradecer a una editorial que
entiende las letras como un auténtico regalo.