Interpretación de un tiempo sin medida

Ileana Álvarez

Dos títulos han visto la luz recientemente, de una escritora que pudiéramos considerar "rara" entre nosotros, los libros de poesía de Basilia Papastamatíu Interpretación de la historia (Editorial Letras Cubanas, 2008), y Cuando ya el paisaje es otro (Editorial Unión, 2008). Poeta argentina de origen griego, enraizada en nuestra isla a finales de los años sesenta, quizás por esta condición no ha sido valorada con toda justeza en la literatura cubana de las últimas décadas, pero su pertenencia a ella es innegable. Esa misma extrañeza de mirar la historia insular que ha hecho propia, le aporta a nuestra poesía una alteridad necesaria para su reafirmación y despliegue. Sin dejar de ser "otra", nos mira en sus poemas como parte que es consustancial a la experiencia común y a la escena referencial compartida por la poesía cubana.

Basilia ha batallado, ha luchado no solo por ganar un espacio propio en el complejo tramado de la literatura, sino que, sobre todo, ha defendido la legitimidad de la joven poesía cubana, los poetas emergentes, las voces que dilatan y a veces cambian la corriente lírica, y quizás esta apuesta desinteresada es lo que mejor la avala como parte del cuerpo y la escritura de la nación. Su comprometimiento en esa lucha, en ese darse constante, ha sido temerario, pero más que todo ha sido lúcido, iluminador de zonas de la realidad y el pensamiento poético cubano contemporáneo.

Sin embargo, este justo lugar de Basilia se funda y completa con su poética, con la estela trazada por sus versos y sus libros, desde su primer cuaderno escrito y publicado en Cuba: Qué ensueños nos envuelven (1984), del que escribió como un vaticinio Fina García Marruz: "Cada poema de este libro es como un pequeño Guernica, los vacíos de la página no son ciertamente los mallarmeanos, sino recuerdan el blanco de las explosiones en que algunas palabras quedan flotando a salvo, pero como náufragos. El espacio del poema tiene otro sentido."

Interpretación de la historia —que más que una recopilación de todos sus libros anteriores a Cuando ya el paisaje es otro, conforma el documento íntegro de una estética—, da fe cabalmente de las intuiciones de Fina. Su poesía es tan visual, que se resiste a la oralidad, parece nacer para la contemplación, incorporada a la estructura de objetos entre los que nos movemos y mutable como la imagen de la naturaleza que se renueva según adoptemos puntos de vista diferentes ante una ventana abierta o ángulos encontrados en la página impresa. Su peculiar puntuación, y esos vacíos que llamaron la atención de una poeta tan encarnada en la palabra como Fina, no están allí para adornar, barajear o seccionar el sentido: la expresan, la representan.

Esta poesía habla de una mujer con una vida existencial sui géneris, llena de fuerza, ardor y claroscuros y, por ello, de hermosura. Se duele del vacío, la soledad y la muerte, pero lo hace sentir con solidez. Sus palabras están en el lugar de sus huesos fracturados, "las palabras que saltan en pedazos/ y se extinguen." Siempre hay un escape hacia la esperanza, y alcanza la fe "embriagada y adherida a la tierra". Siempre hay una posibilidad de que, desde los escombros, resurja una nueva patria. Su obsesión es dar testimonio desde una feminidad que no se agota en posturas programáticas. Fotografía el instante, y con el fragmento asido, con palabras a veces leves, a veces irónicas hasta lo corrosivo, circunda un espacio difícil, problemático.

Asombra la lucidez de este pensamiento poético, por su coherencia, por su penetración en una filosofía de la existencia que se nos da inagotable como el propio acontecer, a veces en giros agónicos, a veces por "cavernosos sueños" que persisten más allá de la lectura como un sistema de ecos. La palabra muro y sus asociaciones tienen presencia constante. Muro que se arranca, muro que se fragmenta, muro que se desmorona como la idea sin firmeza o demasiado lógica. Lápidas de la libertad de la escritura que la poeta se empeña en derribar, despojando su discurso de adjetivos impuros, dejando el verso en la médula, abierto, roto, imposible de ser tocado sin que manche, sin que hiera y contamine.

La verdad de Basilia, la huella que interpreta, siempre se reconstruye, parece renacer en cada nueva lectura de sus versos y la descubrimos equidistante de sí misma, fluyente. Y en Cuando ya el paisaje es otro percibimos que el reciclaje de los relatos históricos tampoco es posible sin la vivificación del pequeño drama de la voz personal. Es única la pequeñez significante de lo poético, lo vital que no renuncia a su insuficiencia humana, sin cuyo desvalimiento no hay justicia posible. La historia mayúscula de la poesía cubana, es también el curso de la interpretación practicada por esta mujer en minúsculas sajaduras sobre la página en blanco.

 

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