En
la reciente cumbre mundial de la Comisión de Estupefacientes de la
ONU (CND) celebrada el pasado mes de marzo en Viena salió a relucir
la cruda realidad de que "diez años de políticas mundiales de lucha
antidrogas fracasaron en su intento de acabar, incluso
marginalmente, con esa plaga", mientras emergieron ciertas
tendencias a la resignación y la impotencia, puestas de manifiesto
en determinadas "iniciativas".
Aunque en general prevaleció el optimismo, las dimensiones y
gravedad del fenómeno en la mayoría de las naciones representadas
dejaron entrever cierto agotamiento y escepticismo sobre la
capacidad de derrotarlo totalmente, y se trató de imponer la visión
de que ya solo es posible "reducir los daños".
Un plan de Naciones Unidas aprobado en 1998, que buscaba reducir
el consumo y el tráfico de drogas en una década, no ha servido ni
para disminuir el uso indebido ni para dificultar el acceso a
estupefacientes, sostuvo el informe presentado a la reunión por la
Comisión Europea. Ha habido apenas una "ligera mejoría" en algunos
países, que es sobrepasada por el empeoramiento observado en la
mayoría, señala el documento.
Mientras el negocio global de las drogas mueve anualmente 320 000
millones de dólares, según la ONU, que la ubica como la 21 economía
del planeta, detrás de Suecia, con un producto interno bruto (PIB)
de 358 000 millones, las muertes asociadas a ese flagelo se estiman
en 200 000 al año, a las que se suman los cinco millones de
fallecidos por tabaquismo y los dos millones y medio por los efectos
del alcohol.
Si preocupantes son los daños humanos provocados por el
narcotráfico internacional y el uso de drogas legales, alarmante es
que la cifra más manejada mundialmente sobre el dinero resultante
del macabro negocio duplica el estimado de la ONU, y es quizás el
gran desafío para cualquier plan u objetivo estratégico global en el
empeño de intentar detener un fenómeno tan grave, máxime en tiempos
de crisis económica cuando en el planeta de la mercancía y el
"sálvese quien pueda", todos buscan dinero afanosamente.
Al tiempo que se cuentan los muertos, 208 millones de vivos, el
4,9% de la población mundial entre 15 y 64 años, siguen consumiendo
narcóticos al menos una vez al año, y cada hora unos 104 niños
norteamericanos se drogan con medicina controlada, porque la
"disfrutan" más que el éxtasis, la cocaína, el crack o la heroína,
según un estudio de la Sociedad por una Nación Libre de Drogas.
A las delegaciones participantes en la conferencia de la ONU en
Viena, les preocupó sobremanera la disminución de los precios de las
drogas a nivel global, como consecuencia del incremento de la
producción, que en el caso de la cocaína ha pasado de 825 toneladas
en 1998 a 994 en el 2007, mientras que la adormidera (fuente para la
producción de opio y sus derivados) se ha duplicado de 4 346
toneladas hace diez años a 8 870.
Llama la atención que en Afganistán, pese a la presencia militar
de EE.UU. y la OTAN, se sigue produciendo el 92% de la adormidera
mundial, y el negocio del opio supone ingresos anuales por valor de
500 millones de dólares, que según información de la ONU van a parar
a manos del talibán. ¿Guerra, impunidad o complicidad?
Datos aportados por la ONU en el citado evento señalan que las
drogas suponen el segundo negocio en el sector de las materias
primas, solo por detrás del petróleo, y su valor en el comercio
mundial es mayor que el combinado del chocolate, el café, el tabaco,
el vino, la cerveza y el té.
Otras alertas importantes de recientes reportes de Naciones
Unidas, como el Informe de la Junta Internacional de Fiscalización
de Estupefacientes (JIFE) correspondiente al 2008 y publicado en
febrero del presente año, refieren que América Central y el Caribe
sigue constituyendo una de las rutas principales de tráfico de
drogas ilícitas procedentes de América del Sur con destino a América
del Norte y Europa, los principales consumidores mundiales, lo que
contamina a nuestra área geográfica no solo con el tráfico y consumo
de las sustancias, sino con la pesadilla del incremento de la
criminalidad asociada.
Se estima que alrededor de 5 000 pandillas de El Salvador,
Guatemala y Honduras actúan en México, y el 75% de ellas tienen
vínculos con otras pandillas y grupos delincuenciales de Estados
Unidos, fortaleciéndose y diseminándose las asociaciones delictivas
internacionales por todo el continente y entremezclándose con mafias
asiáticas y europeas "sin fronteras".
Cuando el mundo coincide en prestar mayor atención a la olvidada
y cara prevención del consumo, y lograr un mejor equilibrio entre
las balas, las camas de la recuperación y la reinserción social de
los enfermos por drogas, el síndrome de la "narcoviolencia" y el
"narcoterrorismo", y el temor de EE.UU. a "contagiarse" con su
vecino, ha precipitado el anuncio de que Washington está elaborando
una nueva estrategia "hemisférica" en esta materia.
"Será una estrategia basada en una mayor participación del
Departamento de Defensa para proporcionar adiestramiento, equipo de
inteligencia, transporte y de rastreo especializado a sus
contrapartes de México, Centroamérica y Sudamérica", según anunció a
la revista Proceso un funcionario estadounidense.
La actual administración ha hecho hincapié en la necesidad de
abrir oportunidades a la prevención del consumo de drogas en el
interior de EE.UU., como instrumento fundamental del combate
requerido; sin embargo, al continente se le ofrecen hasta ahora solo
balas en nombre de la seguridad nacional norteamericana.
Si el mundo tiene una década perdida en el enfrentamiento al
narcotráfico y no acaba de unirse en el camino correcto, la fórmula
militarista de Washington ha costado más de 25 000 millones de
dólares al contribuyente estadounidense y miles de muertos a América
Latina y el Caribe.
La cooperación internacional, sin hipocresía ni ventajismos; la
voluntad política real y comprometida con la lucha integral contra
el flagelo; la importancia y prioridad que merece la labor
preventiva, sin descuidar el aseguramiento del enfrentamiento
racional, indican que los nuevos cauces que anuncia la ONU, han sido
transitados con éxito por Cuba, precisamente con mayor efectividad
en los últimos diez años, cuando los desafíos han sido mayores.
Más que lamentarse de los fracasos o resignarse, el mundo
necesita políticas realistas, confianza y respaldo oficial de los
países al empeño de salvar a la humanidad de tragedias como estas.