El 15 de abril de 1961, hace hoy 48 años, aviones B-26,
engañosamente pintados con insignias de la fuerza aérea cubana,
bombardearon dos bases militares y un aeropuerto civil en la isla.
Se trataba de naves estadounidenses procedentes de Centroamérica
y tripuladas por mercenarios, que atacaron aeropuertos en La Habana
y Santiago de Cuba, causando varios muertos y daños.
Fue el prólogo de la invasión a Cuba por una brigada
contrarrevolucionaria, armada, entrenada y transportada por Estados
Unidos, que desembarcó por Playa Girón, en la provincia de Matanzas,
en la madrugada del 17 de abril.
El objetivo de la ofensiva enemiga sorpresiva era destruir los
escasos y anticuados aparatos de combate con que contaba la isla,
desproteger las tropas locales cuando comenzara la agresión y llevar
el miedo y la confusión a la población.
Ante el ataque, presentado por Washington en la ONU como un grupo
de pilotos cubanos sublevados contra la Revolución, el pueblo se
movilizó para contraatacar de inmediato.
Desde inicios de 1961, la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
había encomendado a los grupos contrarrevolucionarios internos
paralizar La Habana y las principales ciudades del país con actos
terroristas.
Era un secreto a voces que Estados Unidos preparaba una agresión
militar contra Cuba, e incluso funcionarios de la Casa Blanca
expresaron que preparaban tropas en países centroamericanos para
ejecutar las criminales acciones.
El saldo del golpe aéreo fue de siete fallecidos, entre ellos
mujeres y niños de lugares cercanos a los puntos de bombardeo, y
decenas de heridos.
No obstante, el poder de fuego de las baterías antiaéreas
cubanas, operadas en su mayoría por jóvenes, logró el retiro de los
bombarderos B-26, e incluso evitaron su retorno, pues el plan era un
segundo ataque de similares proporciones.