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Isabel Allende anda en brazos de una nueva novela

NUEVA YORK, 15 de abril (PL).— La escritora chilena Isabel Allende trabaja en una novela sobre la cual rehúsa adelantar detalles, es como cuando tienes novio, mejor no hablar de él si no quieres que te lo quiten, explica.

El nuevo libro, en pañales, surgió como sustituto de otro que empezó a escribir el 8 de enero de este año, una fecha que es para ella como un amuleto.

Un día como ese, varias décadas atrás, comenzó a escribirle una carta a su abuelo materno Agustín Llona, al enterarse de que se hallaba gravemente enfermo. Una tras otras se sucedieron las misivas, en sus noches de exilio.

Al cabo de 500 páginas acumuladas, esas cartas se convertirían en el suceso editorial que la dio a conocer en el mundo entero, La casa de los espíritus, con el patriarca Esteban Trueba como conductor de la saga.

Sólo que este 8 de enero la suerte le fue adversa, aunque cumplió con el mismo ritual previo que se impone a sí misma, como el de sentarse frente al ordenador perfectamente maquillada. Para ella empezar a escribir es como asistir a una fiesta, y por eso no se permite estar desaliñada.

La novela que imaginaba, un episodio vivido por su madre, no encontró su sendero, el tono, la atmósfera que requería, se quedó en un puro esqueleto y decidió que era mejor dejarla en reposo hasta el 8 de enero del próximo año.

Entonces comenzó a escribir otra historia, pero de esa no quiere mencionar nada. Supersticiones de los escritores, comunes a una gran parte de ellos.

A Isabel Allende en un inicio la apodaron García Márquez con faldas por el torrente de una narrativa como el de la de La casa de los espíritus, saturada de realismo mágico. Con ese calificativo se desconocía su acercamiento personal a una corriente que marcaría un gran trecho de la literatura latinoamericana.

Pese a los lazos afines, su voz narrativa tenía, sin embargo, otro timbre. Ella agradece a Gabo el descubrimiento de que existía la libertad para escribir de todo y de la manera en que uno quisiera.

El otro agente impulsor fue la tenacidad y la disciplina férrea inculcada por su abuelo vasco, aquel Llona que le repetía a diario que la vida era dura y si sucedía algo bueno era para celebrarlo. También la acostumbró a ducharse cada mañana con agua fría, casi helada, y a comer la carne ablandada por la cocción sólo a medias.

Desde La casa de los espíritus han pasado muchos años, pero ella sigue escribiendo con el mismo entusiasmo. Sólo pide que no la encasillen en una corriente determinada. Únicamente soy fiel al ropaje que demanda cada historia, afirma.

 

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