.— La escritora chilena
Isabel Allende trabaja en una novela sobre la cual rehúsa adelantar
detalles, es como cuando tienes novio, mejor no hablar de él si no
quieres que te lo quiten, explica.
El nuevo libro, en pañales, surgió como sustituto de otro que
empezó a escribir el 8 de enero de este año, una fecha que es para
ella como un amuleto.
Un día como ese, varias décadas atrás, comenzó a escribirle una
carta a su abuelo materno Agustín Llona, al enterarse de que se
hallaba gravemente enfermo. Una tras otras se sucedieron las
misivas, en sus noches de exilio.
Al cabo de 500 páginas acumuladas, esas cartas se convertirían en
el suceso editorial que la dio a conocer en el mundo entero, La casa
de los espíritus, con el patriarca Esteban Trueba como conductor de
la saga.
Sólo que este 8 de enero la suerte le fue adversa, aunque cumplió
con el mismo ritual previo que se impone a sí misma, como el de
sentarse frente al ordenador perfectamente maquillada. Para ella
empezar a escribir es como asistir a una fiesta, y por eso no se
permite estar desaliñada.
La novela que imaginaba, un episodio vivido por su madre, no
encontró su sendero, el tono, la atmósfera que requería, se quedó en
un puro esqueleto y decidió que era mejor dejarla en reposo hasta el
8 de enero del próximo año.
Entonces comenzó a escribir otra historia, pero de esa no quiere
mencionar nada. Supersticiones de los escritores, comunes a una gran
parte de ellos.
A Isabel Allende en un inicio la apodaron García Márquez con
faldas por el torrente de una narrativa como el de la de La casa de
los espíritus, saturada de realismo mágico. Con ese calificativo se
desconocía su acercamiento personal a una corriente que marcaría un
gran trecho de la literatura latinoamericana.
Pese a los lazos afines, su voz narrativa tenía, sin embargo,
otro timbre. Ella agradece a Gabo el descubrimiento de que existía
la libertad para escribir de todo y de la manera en que uno
quisiera.
El otro agente impulsor fue la tenacidad y la disciplina férrea
inculcada por su abuelo vasco, aquel Llona que le repetía a diario
que la vida era dura y si sucedía algo bueno era para celebrarlo.
También la acostumbró a ducharse cada mañana con agua fría, casi
helada, y a comer la carne ablandada por la cocción sólo a medias.
Desde La casa de los espíritus han pasado muchos años, pero ella
sigue escribiendo con el mismo entusiasmo. Sólo pide que no la
encasillen en una corriente determinada. Únicamente soy fiel al
ropaje que demanda cada historia, afirma.