Ya
era hora de hacerlo notar por sí mismo. No puede ser que solo tenga
un disco aquí en casa con entidad propia, ni que en los festivales
de jazz no cuente, ni que la banda sonora de un filme o de un ballet
quede como una participación anecdótica. No le reclamamos
desgajamiento de lo que ha venido haciendo en las dos últimas
décadas con alta profesionalidad, completo entusiasmo y agradecida
entrega —capitanear la banda acompañante de Pablo Milanés—, sino de
iluminar mucho más esa ruta paralela de pianista y compositor que no
hace mucho mostró en la Casa de las Américas y ahora acaba de
florecer en la sala teatro de Bellas Artes. Hablo de Miguel Núñez.
Redondo concierto este último en La Habana. Miguelito es un
constructor de atmósferas, un diseñador de hermosas melodías y un
inteligente y apasionado inductor de juegos rítmicos (Contradanzando
merecería un serio estudio en tal sentido). Su territorio es el del
jazz latino, pero sin apegarse estrictamente a la corriente
principal en boga. Sabe pulsar la más íntima cuerda y despertar las
más entrañables evocaciones en temas como Amor y esperanza
(tema del filme de Manolo Pérez, Páginas del diario de Mauricio)
y Sin palabras; remedar las idas y vueltas del son a la timba
en El brujo de la noche; fusionar ese esencias tropicales en
Mozambique y Siete pastillas para un loco; y tender un
puente con el Brasil de Egberto Gismonti en Chorinho Habana.
Pablo tuvo la generosidad de responder al llamado del pianista
para contribuir al concierto. Y no fue cosa de mero trámite. Porque
la versión que ambos ofrecieron de Mis 22 años, canción
inaugural de la nueva trova, fue sencillamente deslumbrante.
Miguelito supo reunir, por demás, a colaboradores de lujo para su
proyecto. Osmany Sánchez hizo de la batería un complejo rítmico
integrador; ensanchó las posibilidades discursivas del instrumento.
Sergio Ravelo, además de ser un contrabajista solvente, destacó en
los solos correspondientes. Reynaldo Melián (Molote) en la trompeta
y el fliscornio confirmó sus credenciales mediante esa dicción
segura e impecable que lo ha hecho imprescindible en la planta de
Maraca y ser llamado por Chucho para sumarse, cuando puede, a la
nueva banda Okán Iré. Y mucho oído con el hijo, del mismo nombre,
recién graduado de trompeta.
Hubo una sorpresa más: la soprano Elaine Rodríguez. El Lascia
ch’ io pianga (de la ópera barroca Rinaldo, de Handel),
cantado en versión pop, desbordó esa frontera que pretende deslindar
regiones musicales para nada antagónicas. La música, cuando es de
ley, es música¼ , a qué más.