El Premio Nobel de Literatura apareció hace pocos días por la
Sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC. Pero a diferencia de su más
reciente visita a Cuba, donde impartió una conferencia magistral en
La Universidad de La Habana, (el 17 de junio de 2005), llegó ahora
en la voz de uno de sus compañeros de ruta, el escritor y crítico
español Andrés Sorel.
Como si las palabras formaran parte de su piel, el autor de
Narraciones de amor y muerte en diez ciudades del mundo (1973),
El perro castellano (1979), y El libertador de su agonía
(1992)— una biografía novelada de José Martí—, evocó la materia
expresiva de la obra de Saramago (Portugal, 1922), y su lucha a
favor de las causas justas de la humanidad.
El primero en llegar de todos los Saramagos fue el niño que
dialogaba con el espíritu de la naturaleza en los campos de Azinhaga.
Sorel miró hacia la infancia del escritor y recordó cómo este chico
escuchaba con atención las historias que contaba su abuelo,
"historias de aquella tierra maldita, en la que de vez en cuando se
proyectaba la sombra de los guardias y sobre todo de los capataces
que dirigían la explotación del hombre por el hombre".
Después fue el turno del joven Saramago, ese que ya empezaba a
vivir en la tierra infinita de la literatura. Desde sus primeros
años había dejado prueba de su amor por las letras con la escritura
de varios poemas, pero a partir de los 20 "se lanzó sin miedo al
abismo que supone la creación de una novela, y escribió tres, mas
consideró que necesitaba experiencias de vida para desarrollar
cuanto quería expresar literariamente. Por eso desapareció durante
varios años, para estar seguro de lo que tenía que decir".
"Su primera gran obra, Alzado del suelo, es la novela de
una familia y de tres generaciones que viven el sufrimiento, el
hambre y una de las más brutales represiones ejercidas contra los
campesinos en Portugal. Solo una pequeña editorial llamada Camino la
acoge porque piensa que ahí se encuentra un gran escritor. Él ya
será fiel de por vida a esta pequeña casa editora, y todos los
libros que publica los hará en ella, dado que nunca ha escuchado las
voces de los grandes sellos editoriales regidos por el mercado. Al
mismo tiempo trabaja en periódicos, publicaciones, escribe un libro
de viajes y mantiene una intensa actividad política".
Cuando ya ante los ojos del auditorio habían pasado varias vidas
del escritor portugués, el Saramago de 86 años entró en la sala
acompañado de todos sus fantasmas, emociones y experiencias. Sorel
presentó a su amigo como un escritor que "se resiste a los tiempos
de la cólera o a los tiempos de la injusticia, a las voces roncas o
a los silencios que acompañan la ceguera de los poseídos y alienados
por los medios de comunicación, y que sabe que solo la falta de luz
podrá cerrarle la mirada".
"En una ocasión —contó— Saramago me dice: Vengo de una
conferencia en Brasil. Allí había una sala absolutamente llena, toda
gente muy ilustre, de la alta sociedad brasileña, seguramente
empresarios. Ellos me han dado una terrible ovación, y yo he dado
una conferencia sobre la destrucción que se está produciendo por la
voracidad capitalista, de hasta dónde va a llegar este mundo en su
afán por quemar la única casa que tiene, que es la casa del hombre.
Y ya ves, he terminado de hablar, todos me han abrazado y han salido
después corriendo a las oficinas de sus bancos para desde allí
impulsar que se siga destruyendo el Amazonas. Entonces, ¿qué
hacemos? A veces tengo la idea de que somos payasos, porque es
triste hablar para gente que no te escucha".