No ha habido participante en la Décima Bienal de La Habana que
haya dejado de ponderar la inserción en el evento del Instituto
Superior de Arte. Desde los mismos predios del magnífico complejo
arquitectónico, que es una de las maravillas construidas por la
Revolución en este medio siglo de trascendentales transformaciones,
se advierte una eclosión artística inusitada que se nos antoja como
un auténtico poema pedagógico que habla por sí mismo de cómo ha ido
madurando, en medio de dificultades materiales y, ¿por qué no?, de
tribulaciones que reflejan la lucha ideológica en el seno de nuestra
sociedad, un proyecto democrático y abarcador de formación del
talento que atiende tanto al aprendizaje de las herramientas
expresivas como a los valores humanistas.
Convertido el campus y sus instalaciones en una nutrida galería
de arte, se tiene la clara percepción de estar ante una demostración
de libertad creativa y responsabilidad social. La multiplicidad de
propuestas que allí se exhiben y desarrollan despliegan diversas
aventuras visuales que reflejan, debaten y anticipan realidades y
sueños bajo una premisa indiscutible: el compromiso con la creación
y su futuro.
Cuando se llega a la institución, el paisaje nos recibe. Es un
paisaje manipulado a favor del ser humano. Arte natura es un
llamado a vivir en armonía con el medio ambiente, al que aportan
Elizabeth Cerviño, José Eduardo Jaque, Andy Rodríguez, Luis Enrique
López-Chávez, Joseph Pedros y Glenda Salazar.
Más adelante, un vivero muy especial nos impacta. En las bolsas
de polietileno germinan banderitas cubanas agitadas por el viento.
La instalación de Wiskelmis Rodríguez es conceptualmente imaginativa
y de lectura inequívoca en tiempos de reafirmación.
Literalmente todos los espacios del recinto se hallan ocupados
por el arte. Debe aplaudirse la diversidad, la falta de imposición
de tendencias, y la seriedad con que el claustro de la Facultad de
artes Plásticas y los alumnos han respondido.
No es posible reseñar cada una de las propuestas, pero a
vuelapluma destaco una cámara en la que dos esculturas, realizadas
con resina sintética, dialogan con respeto y admiración.
Encuentro se titula esta obra de Manuel Castro Inda. Es un
encuentro frente a frente, mirándose a los ojos, de Martí y Fidel.
Asombra la pulcritud realista, pero todavía más la atmósfera
genuinamente épica de la composición.
Lo instalativo gana terreno, sin perderse en los vericuetos de la
vana especulación, en Cristóbal Colón no existe, donde Julio
Alberto Mompié imbrica a las tres célebres carabelas en una
escenografía oscura. Las embarcaciones, untadas de luminol, llegan a
nuestra retina en medio de una atmósfera fantasmagórica. Y a la vez
nos proponen una reflexión sobre la diáspora que tanto ha
enriquecido nuestra identidad.
Wilber Ortega demuestra mucho más que simple ingenio en su
colección de máscaras de cerámica que al recortarse contra la pared
conforman el contorno de la famosa obra de Munch, El grito.
Cada máscara reproduce las facciones de Felipito, el personaje que
el argentino Quino dibujó para contraponer a Mafalda.
La aplicación de las nuevas tecnologías se hace ostensible en la
serie de materiales audiovisuales y en el proyecto Net-Art, donde
coinciden alumnos y egresados.
Al término del recorrido, se confirman las palabras del decano
Jorge B. Rodríguez: "Una institución donde se enseñe y aprenda arte
debe ser, por sí misma, una obra de arte de creación colectiva". Y
algo más: la tónica aportada por el ISA debe ser tomada como brújula
para las llamadas acciones colaterales de un evento de este tipo.