Sus padres, Horacio Pietragalla y Liliana Corti, dejaron de verse
en 1975. El tiempo reveló que ese mismo año Pietragalla fue
asesinado en Córdoba por un comando de la Triple A, encargado
también de ocultar su rastro en una fosa común. Liliana corrió igual
suerte durante un operativo en una casa de Villa Adelina, en los
alrededores de Buenos Aires, donde se hallaba clandestina. Era
agosto de 1976, cinco meses después del nacimiento de Horacio.
"Me contaron que ese día yo estaba con mi madre. A mí me
secuestran y luego, un militar llamado Hernán Tetzlaff, quien
también se había apropiado de Hilda Victoria, otra hija de
desaparecidos, me puso en manos de su emplea-da doméstica. Allí viví
sin que se dijera una palabra sobre mi verdadera identidad.
"Sin embargo, siempre sentí que no pertenecía a ese lugar. Tuve
muchas sospechas. Primero, por las notables diferencias físicas. De
niño, La Historia Oficial, una película que relata un caso de
apropiación y un contexto muy similar al que yo vivía en aquella
casa, me impactó mucho. Después de cumplir los 14 años, leer el
libro Nunca Más, en el que aparecían denuncias de las
torturas en los centros de detención y donde figuraba el nombre del
militar que se decía mi padrino, acrecentó mi incertidumbre."
¿Cuándo te decides a enfrentar esas dudas?
"En 1996 los tribunales declaran que Hilda, quien había crecido a
mi lado, era hija de desaparecidos. Fue un choque muy fuerte. La
noticia resultó otro motivo para arrojarme a la búsqueda, y en ese
proceso, mi novia de entonces encuentra, en una de las páginas
digitales habilitadas por las Abuelas de Plaza de Mayo, que desde
años atrás investigaban mi destino, una foto de mi madre. Mi
parecido con aquel rostro era extraordinario, demasiado evidente.
Los resultados de los análisis genéticos en la Comisión Nacional por
el Derecho a la Identidad (CONADI), que recibí en abril del 2003,
cambiaron mi vida."
¿Cómo fue el encuentro con tus familiares?
"Muy emotivo. Cada vez que las Abuelas de Plaza de Mayo hallan a
uno de los niños apropiados durante la dictadura hay un festejo. En
mi caso, cuando entré a aquel local, estaban mis tías y compañeros
de lucha de papá. Enseguida se sucedieron los abrazos.
"Para mí ese encuentro fue muy significativo porque a partir de
ahí comencé a reconstruir la vida de mis viejos, a conocer de forma
más profunda la militancia juvenil, a involucrarme en su historia.
Ahora tengo miles de anécdotas sobre ellos."
En ese momento Horacio se detiene. Y siento, cuando regresa de
sus pensamientos, la brisa de nostalgia que corre en sus ojos.
"Una compañera de mamá me contó que siempre la oía cantar
Palabras para Julia, una canción de esa época. Hoy, cada vez que
la escucho pienso en ella, la tengo más cerca. Para muchos hijos de
desaparecidos son esas pequeñas cosas las que nos ayudan a conocer a
nuestros padres, a vivir los recuerdos que no tenemos."
Junto a mí están sentados Estela y su esposo, el doctor Ernesto
Bravo. A esa altura del diálogo ya no soy la única entrevistadora y
ellos, que han seguido la conversación casi desde su inicio, también
conducen su rumbo:
Estela: ¿Cómo ha sido compartir la labor de las Abuelas de
Plazo de Mayo?
"Desde que recuperé mi identidad soy miembro de la asociación y
no he dejado de colaborar con su trabajo; para mí tiene mucho
significado social y político. Como a otros, las Abuelas me lo
devolvieron todo.
"Entre nosotros, los jóvenes encontrados, existe mucha
comunicación, confianza, pues nos unen historias similares. Sin
embargo, para algunos aceptar la verdad no ha sido fácil después de
vivir tanto tiempo en familias que defendieron la dictadura, bajo
esos principios, o bajo un estricto secreto.
"El Gobierno de Cristina Fernández ha apoyado a Estela de
Carlotto, presidenta de las Abuelas, y hecho esfuerzos para que se
haga justicia y los represores sean llevados a los tribunales. Pero
hay obstáculos como el pacto de silencio de los militares que
dilatan este proceso. Aunque las Abuelas no se detienen. Su lucha ha
sido al lado del amor y eso le ha valido el respeto y la ayuda de
muchos."