SANTIAGO
DE CUBA.— Adalberto Álvarez no necesita presentación. Su obra y su
arte forman parte de la cultura nacional. Cuando él y su orquesta
tocan, es Cuba quien baila y canta. Para él ser sonero es casi
consustancial a decir soy cubano.
El Festival Internacional del Son demostró que la obra de
Matamoros cautiva a un número cada vez mayor de músicos ¿Qué debe
hacerse para que este sentimiento germine, crezca?
Cautiva porque son de las obras que nacen para ser inmortales.
Emana de nuestras tradiciones, del acervo cultural al que jamás
renunciaremos. Sin embargo, todavía hay mucho que aprender de ella,
por eso nuestro principal deber es estudiarla para que nunca muera.
No se trata de copiar sino de crear.
¿Por qué Santiago es recurrente no solo para usted, sino para
muchos directores de orquestas y músicos cubanos?
Los buenos hijos nunca olvidan. Aquí compuse mis mejores obras,
también crecí como músico. En lo personal creo que es la columna
vertebral de nuestras tradiciones. Es una ciudad muy importante para
la música cubana. En ella nacieron y se popularizaron varios
géneros, además perviven las raíces de lo que hacemos. Si uno quiere
medir el nivel de aceptación y convocatoria este es el lugar ideal.
En Santiago te quieren o no te quieren, no hay términos medio; sus
habitantes son muy sinceros y cuando te dicen que sí te entregan el
alma, casi lo mismo que entregarte el son.
¿Sembrar valores e identidad continúa siendo el principal
objetivo del Matamoroson?
Esa es la idea, la verdadera razón. Es uno de los eventos más
importantes de la música popular en Cuba y donde miles de personas
intercambian directamente con sus artistas.
¿Cómo siente que se apropian en estos momentos los presupuestos
que dieron origen al son?
Lastimosamente persisten quienes emplean esos presupuestos del
son como trampolín para salir al extranjero. Son simuladores que no
conocen nada del género pero lo utilizan como carta de presentación.
Por fortuna persisten y triunfan los que tocan nuestras piezas
emblemáticas dentro y fuera del país. Esos son los buenos, los de
siempre, los soneros de corazón.
¿Hasta que punto la tradición y el arraigo del son preocupan y
ocupan a los músicos y directores de orquestas en Cuba?
Si alguna tarea tienen los músicos es no perder su identidad. El
día que dejemos de ocuparnos y preocuparnos por esos, y otros temas,
seremos una nación perdida culturalmente hablando. La cubanía nunca
será negociable. Nuestra música es la del siglo XXI, pero respetando
y conservando las raíces, la historia, la idiosincrasia que nos
distingue como pueblo.
¿Aunque se avanza, a dónde han ido a parar los bailables, el
contacto permanente del pueblo con su música. El problema es
financiero, de organización o de falta de compromiso?
Hay que asumir una actitud diferente y retomar lo que se hacía en
otros tiempos. Cuando yo dirigía Son 14, en Santiago de Cuba se
bailaba en todas las plazas. Cierto que los tiempos cambiaron.
Considero que ahora estamos en condiciones de abrir o crear nuevos
espacios en moneda nacional, con un precio asequible. Hay que
atemperar el tema con el poder adquisitivo del pueblo. Nada debe
sacrificar los valores culturales. Pienso que todos los fines de
semana en las cabeceras provinciales y las principales ciudades del
país debe existir un área donde bailar. La experiencia del Salón
Rosado de La Tropical es muy buena. Me refiero a un lugar alejado de
la manida variante de una tarima y dos termos de cerveza; de un
sitio a tono con la dignidad de la música que hacemos para nuestro
pueblo.