Tras el Matamoroson 2009

Seis opiniones de Adalberto

JOSÉ ANTONIO TORRES

SANTIAGO DE CUBA.— Adalberto Álvarez no necesita presentación. Su obra y su arte forman parte de la cultura nacional. Cuando él y su orquesta tocan, es Cuba quien baila y canta. Para él ser sonero es casi consustancial a decir soy cubano.

El Festival Internacional del Son demostró que la obra de Matamoros cautiva a un número cada vez mayor de músicos ¿Qué debe hacerse para que este sentimiento germine, crezca?

Cautiva porque son de las obras que nacen para ser inmortales. Emana de nuestras tradiciones, del acervo cultural al que jamás renunciaremos. Sin embargo, todavía hay mucho que aprender de ella, por eso nuestro principal deber es estudiarla para que nunca muera. No se trata de copiar sino de crear.

¿Por qué Santiago es recurrente no solo para usted, sino para muchos directores de orquestas y músicos cubanos?

Los buenos hijos nunca olvidan. Aquí compuse mis mejores obras, también crecí como músico. En lo personal creo que es la columna vertebral de nuestras tradiciones. Es una ciudad muy importante para la música cubana. En ella nacieron y se popularizaron varios géneros, además perviven las raíces de lo que hacemos. Si uno quiere medir el nivel de aceptación y convocatoria este es el lugar ideal. En Santiago te quieren o no te quieren, no hay términos medio; sus habitantes son muy sinceros y cuando te dicen que sí te entregan el alma, casi lo mismo que entregarte el son.

¿Sembrar valores e identidad continúa siendo el principal objetivo del Matamoroson?

Esa es la idea, la verdadera razón. Es uno de los eventos más importantes de la música popular en Cuba y donde miles de personas intercambian directamente con sus artistas.

¿Cómo siente que se apropian en estos momentos los presupuestos que dieron origen al son?

Lastimosamente persisten quienes emplean esos presupuestos del son como trampolín para salir al extranjero. Son simuladores que no conocen nada del género pero lo utilizan como carta de presentación. Por fortuna persisten y triunfan los que tocan nuestras piezas emblemáticas dentro y fuera del país. Esos son los buenos, los de siempre, los soneros de corazón.

¿Hasta que punto la tradición y el arraigo del son preocupan y ocupan a los músicos y directores de orquestas en Cuba?

Si alguna tarea tienen los músicos es no perder su identidad. El día que dejemos de ocuparnos y preocuparnos por esos, y otros temas, seremos una nación perdida culturalmente hablando. La cubanía nunca será negociable. Nuestra música es la del siglo XXI, pero respetando y conservando las raíces, la historia, la idiosincrasia que nos distingue como pueblo.

¿Aunque se avanza, a dónde han ido a parar los bailables, el contacto permanente del pueblo con su música. El problema es financiero, de organización o de falta de compromiso?

Hay que asumir una actitud diferente y retomar lo que se hacía en otros tiempos. Cuando yo dirigía Son 14, en Santiago de Cuba se bailaba en todas las plazas. Cierto que los tiempos cambiaron. Considero que ahora estamos en condiciones de abrir o crear nuevos espacios en moneda nacional, con un precio asequible. Hay que atemperar el tema con el poder adquisitivo del pueblo. Nada debe sacrificar los valores culturales. Pienso que todos los fines de semana en las cabeceras provinciales y las principales ciudades del país debe existir un área donde bailar. La experiencia del Salón Rosado de La Tropical es muy buena. Me refiero a un lugar alejado de la manida variante de una tarima y dos termos de cerveza; de un sitio a tono con la dignidad de la música que hacemos para nuestro pueblo.

 

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