Cuando
el 10 de abril de 1969 llevamos el cuerpo de Fernando Ortiz al
Cementerio de Colón y el féretro cayó con un golpe seco que taladró
mis oídos, pensé que no era posible que una energía tan intensa, un
talento tan grande, una sensibilidad tan profunda pudiera
desaparecer de pronto y caer en aquel hueco insondable.
A cuarenta años del triste suceso y gracias a la labor de
investigadores e instituciones la obra del sabio cubano, a quien
Juan Marinello calificó de tercer descubridor de la Isla, tiene hoy
más vigencia que nunca. Entre otras razones porque Don Fernando como
le llamábamos todos respetuosamente nos puso ante un espejo, el
espejo del ser social cubano que es el de la visión universal y
proteica del mundo.
Porque ser cubanos es ser universales, como él afirmó en su clara
definición de la identidad nacional, a la que vio como proceso
totalizador y no como medio de fragmentación. Precursor de los
estudios culturales y del choque de las etnias, Don Fernando abrió
con visión antropológica una brecha por la cual hemos ido andando
con brújula precisa los que nos internamos en la espesa fronda de la
cultura cubana. Las herramientas que nos legó el maestro sirven hoy
para el análisis de todos aquellos fenómenos de la vida cubana que
estaban ocultos o relegados por la ciencia de su época. Una visión
global y desprejuiciada y un pensamiento de enfoque anticolonialista
e integral son la patente del abogado devenido en precursor de los
estudios antropológicos y sociológicos en Cuba y en el continente.
Nacido en La Habana el 16 de julio de 1881, Fernando Ortiz no
dejó nunca de ser un cubano de pura cepa, aun cuando vivió una larga
estancia en España de niño y viajó por el mundo impartiendo
conferencias y asistiendo a Congresos y Seminarios de carácter
científico. Si Félix Varela, el presbítero lúcido nos convocó a
pensar en cubano, Don Fernando puso en práctica ese ideal y lo llevó
hasta su límite más extremo en pos de una visión esencial y
poliédrica. Ni panhispanista, ni panamericanista sino
latinoamericano y cubano, su conducta cívica, su óptica positivista,
de un positivismo moderno y dúctil lo condujo por el camino de la
verosimilitud cuando otros de su generación y aun de promociones
sucesivas se perdían en la madeja de una ideología alienante y
reduccionista.
Fernando Ortiz Fernández fue ante todo un fundador. Rompió tabúes
aparentemente indestructibles no solo con hurgar en la naturaleza
virgen de la Isla, y en el pozo de las culturas africanas, que
revalorizó para la ciencia antropológica, sino porque demostró ser
portador de una apreciación de múltiples hechos y circunstancias que
habían sido escamoteados por la historiografía acomodada a los
patrones occidentales y eurocentristas. Fue un electivista
consecuente con la tradición filosófica del siglo diecinueve y con
el magisterio de José de la Luz y Caballero. Múltiples son los
empeños a los que dedicó más de sesenta años de su prolífica vida
intelectual. Uno de ellos, quizás del que menos se hable, fue la
iniciativa de crear la Colección Cubana de Libros y Documentos
Inéditos o Raros. Publicó desde 1929, hasta que su energía no
encontró más émulo, a los clásicos del pensamiento cubano, Arango y
Parreño, Félix Varela, José Antonio Saco, Cirilo Villaverde y otros
autores que ya en esos años no estaban en los anaqueles de nuestras
librerías. Como un coloso rescató "a los antiguos buenos cubanos" y
estimuló con esfuerzos colectivos, la necesidad de la cultura, esa
energía que es elemento primordial de la forja de una idiosincrasia
y de un pensamiento. Porque contó con todos, fue pivote y centro de
los más alentadores movimientos culturales, y fundó revistas como
Archivos del Folklore Cubano, Estudios Afrocubanos, Ultra y otras.
En 1923, cuando aún el maestro no había realizado ni una cuarta
parte de su inmensa obra científica, Rubén Martínez Villena, su
secretario de entonces, escribió: "La virtud ubicua de su talento
abarca y resuelve a la vez complicados y disímiles asuntos.
Simultáneamente lo hemos visto, con asombro, desarrollar todo el
conjunto de sus actividades: redactar un alegato jurídico, despachar
su consulta, confeccionar un proyecto de ley, reorganizar una
compañía mercantil, afrontar un problema parlamentario, revolver al
paso una librería de viejo. Y terminada la jornada fatigosa, los que
pasaran frente a su casa en las horas altas de la noche, pudieran
ver iluminada la ventana de la biblioteca en donde se entrega, como
en un descanso, a la labor de nutrir con la lectura su espíritu
incansable". Ese espíritu que le hizo posible erigir una obra que
comenzó en Menorca a los 13 años y que terminó en La Habana un día
como hoy hace cuarenta años. Están frescos en mi memoria los días en
que enriquecía con nuevos vocablos y definiciones más completas y
abarcadoras el Nuevo Catauro de Cubanismos, obra a la que
dedicó sus últimas y ya gastadas energías.
Inmerso siempre en el centro del debate nacional, el triunfo
revolucionario lo encontró en el umbral de los ochenta y aún así
sirvió al país como Presidente de la Comisión Organizadora de la
Academia de Ciencias, a petición de su entrañable amigo Antonio
Núñez Jiménez, quien una vez creada fue su primer presidente.
No voy a hacer un recuento de la vasta bibliografía de Don
Fernando; pero sí quiero hacer constar mi sorpresa y estupor cada
vez que me acerco a ella. Lamento profundamente que sus libros,
discursos y correspondencia no estén todavía al alcance de todos
porque desde Los Negros Brujos, Los Negros Esclavos,
Entre Cubanos, El Contrapunteo cubano del tabaco y el
azúcar, El Engaño de las Razas, hasta su Nuevo Catauro
de Cubanismos, Ortiz nos dio una lección de disciplina
intelectual, de vocación científica y cultural, de humanismo y de
entrega a una causa por la que sacrificó su precaria salud hasta el
último de sus suspiros: Cuba. Cuba era para él más que un país, una
devoción inmarcesible, una pasión.
Su lema de "Ciencia, Conciencia y Paciencia" preside como signo
de alerta la Fundación que lleva su nombre y que se creó hace ya
trece años para perpetuar la obra de quien no vacilo en calificar
como el cubano más útil del siglo veinte para las ciencias sociales
de nuestro país.
Hoy, que muchos velos de prejuicios raciales, sociales y de
pensamiento felizmente se han descorrido, digámosle una vez más a
Don Fernando, gracias maestro por haber sido un pilar para la fragua
de la nueva Cuba.