Al menos un millón de personas perderá su empleo este año a causa
de la crisis económica global, la cifra más alta en más de una
década, según admitió el primer ministro, Abhisit Vejjajiva, quien
ha resistido manifestaciones populares para que renuncie, y
anunciado a su vez que los 10 millones de personas más pobres serán
beneficiados monetariamente, a fin de que enfrenten la actual
situación.
En 1997, la crisis financiera asiática dejó en el paro a 1,4
millones de tailandeses y el país tardó casi un lustro en
recuperarse de los efectos de la salida de capital y la retirada de
inversión extranjera.
A principios de enero, el Parlamento tailandés dio su visto bueno
a la inyección de 116 700 millones de bat (3 340 millones de
dólares) para reactivar la economía, basada en las exportaciones y
el turismo, pero aquellas han bajado y este amenaza con colapsar, si
se mantiene el rechazo al Gobierno, muy fuerte en Bangkok y
extendido a otras 12 provincias.
La economía también se vio perjudicada a finales del año pasado
por el enfrentamiento político entre partidarios y detractores del
depuesto primer ministro Thaksin Shinawatra, que provocó la
ocupación del palacio gubernamental y el cierre de los aeropuertos
de Bangkok hasta que asumió el poder Vejjajiva.
Las fuerzas reaccionarias han jugado la baza de la ilegalización
o golpe militar, que lejos de generar los resultados esperados por
los golpistas, han significado el refuerzo de las posturas que
impulsan un cambio político y social.
Detrás de la máscara turística y monárquica que envuelve a
Tailandia, nos encontramos ante un sistema donde los militares no se
han privado de intervenir, la monarquía siempre sale victoriosa y en
el que la exclusión de los más desfavorecidos permite el
mantenimiento de un status quo injusto.
La división política va pareja a una creciente división
territorial. Las tensiones regionales no son nuevas. Durante años,
se ha buscado crear un modelo unitario en torno al sentimiento
"tailandés" con Bangkok como centro, pero sin incorporar las
diferencias y demandas de la periferia. De ahí que provincias
meridionales, abandonadas económicamente, con mayoría islámica,
alberguen sentimientos separatistas.
Los movimientos de estos días están dirigidos a provocar una
intervención militar, pero las divisiones son cada vez más evidentes
y las clases más pobres del norte y noreste, y los musulmanes del
sur difícilmente aceptarán una repetición del guion golpista.
En tanto, las cancillerías occidentales parecen hacerse de la
vista gorda, en momentos en que las esferas de poder están en juego
y ninguno de los actores involucrados quiere perderlo.