En otros tiempos, estas preguntas no tendrían respuestas. Ahora
es posible. Quiérase o no, Orol está en la historia del cine
mexicano y cubano —sobre su presencia en este último vale la
documentada investigación de Arturo Agramonte y Luciano Castillo
sobre sus vínculos con el pionero Ramón Peón. Pero más que todo está
en varios de los núcleos de nuestra educación sentimental: de un
lado, amores desgraciados, historias turbulentas, miserias
imprevistas, pecados inconfesables, venganzas sedientas; de otro,
pleitos arrabaleros, ambientes rumbosos, guaperías fraudulentas; sin
olvidar un tercer costado muy encostrado en cierta estética popular:
el gusto por los parajes exóticos.
Y luego está el morbo de esas mujeres que llenaron su pantalla
con carnes opulentas y curvas pronunciadas, a buena distancia del
modelo consagrado por las normas occidentales de nuestros días. El
gallego Orol (La Coruña 1897 – México 1988) quedó marcado por Cuba.
Ahí están Consuelo Moreno, Rosa Carmina y María Antonieta Pons,
antes de que Mary Esquivel les arrebatara el cetro.
Diecisiete películas de Orol se exhiben por estos días en la sala
Chaplin de la Cinemateca de Cuba. Es el ciclo más completo que pueda
concebirse sobre el controvertido y vilipendiado director y actor,
organizado por la institución cubana, la Embajadas de México en La
Habana y la imprescindible colaboración de Cinemas Lumiere y la
Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México. Se exhibe
desde la inefable Madre querida (1935) hasta la delirante
El fantástico mundo de los hippies (1970). De la primera, el
notable historiador del cine mexicano Emilio García Riera escribió:
"Filmada a toda prisa para ser estrenada el Día de las Madres en
cines de segunda, esta cinta obtuvo un tremendo éxito de taquilla.
Orol calculó el golpe: supo el efecto que tendrían escenas como
cuando un director de una escuela pregunta a sus alumnos 'quién nos
quiere más que nadie' y los niños contestan en coro: 'nuestra
madre'. A partir de ahí, la vena sentimental de Orol se desbordaba
sin que pudiera contenerla la más leve consideración de pudor o buen
gusto, y el público humilde se dejaba arrastrar por ese camino sin
advertir el humor involuntario que se desprendía inevitablemente de
la trama oroliana".
Pero si se quiere ver un resumen del estilo Orol, no debe
perderse Gángsteres contra charros (1947), con la Carmina
incluida. Cierra el ciclo el martes 14 a las 5:00 p.m. Si se decide
ir al cine, no olvide esta apreciación de un vitriólico escritor
mexicano: "Allí verán la secuencia más gratuita de la historia del
cine. Rosa Carmina le ha pedido a Johnny Carmenta (Juan Orol) un
carro lujoso. Corte a un reñidísimo Atlas-Atlante (encuentro de
fútbol). Vemos un buen rato las graderías entusiastas, los avatares
del partido, el júbilo popular. Corte a Orol que introduce una
ganzúa en un coche. Entonces nos damos cuenta que vimos el juego
cerca de cinco minutos, sólo para justificar el robo de Orol de un
automóvil cualquiera cuyo dueño, suponemos, se hallaba en el juego.
Y todavía regresamos un minuto más al partido. Como es obvio, la
lógica y la presión imaginativa que supone le resultan a Orol
insoportables. El nunca explica la geografía, la sociología o la
psicología de los escenarios y personajes. Le basta con que existan
y se siente satisfecho con que amen o mueran, de la manera más libre
posible, sin que se enteren de las tediosas unidades aristotélicas,
de las exigencias de la trama o del desarrollo consecuente de la
acción".