Una y otra vez aseguraban al mundo la existencia de armas de
exterminio masivo en la nación árabe, y de vínculos entre el
Gobierno de Bagdad y Al Qaeda.
Antes y durante la invasión, el poder mediático bajo su dominio,
hacía "volar" millones de "informaciones" sobre esta mentira
propalada por el mandatario estadounidense, y reiterada por sus más
cercanos estrategas.
Fue entonces cuando, desde la frontera con Kuwait y por el
desértico paraje iraquí, rauda y veloz se lanzó hacia Bagdad una
demoledora fuerza militar norteamericana con 800 tanques, 600
blindados y otros medios terrestres; mientras el cielo era surcado
por 100 helicópteros Apache, otros 200 AH-20 Cobra, y cientos con
identificaciones variadas.
También la tropa agresora contaba con 90 aviones F-15, 75 F-16,
200 Mc Donnell Doglas, 36 bombarderos B-1B y B-52, 60 Harrier AV-8B
y otros.
Por los mares cercanos se desplazaban en los días de la invasión
cuatro grupos de combate que incluían a los portaaviones
Constellation, Harry S. Truman, A. Lincoln y T. Roosevelt.
Junto a ellos una fuerza de 225 000 soldados norteamericanos
entraba en zafarrancho de combate y para secundar la criminal acción
y, como parte de lo que se le llamó "coalición", el Gobierno
británico dispuso de 45 000 soldados, 120 carros de combate, 150
blindados, 100 aviones de ataque, además de 16 buques de guerra.
Otro aliado —Australia— cooperó con 2 000 soldados, tres
fragatas, 17 aviones y algunos helicópteros.
Como para que ningún cabo quedara suelto, Washington decidió
desplegar tres baterías de misiles Patriot en Jordania, como medida
de protección a Israel ante cualquier eventualidad de una reacción
iraquí contra el estado sionista.
La ocupación comenzaba con intensos bombardeos contra Bagdad
usando misiles Tomahawks lanzados desde buques y submarinos, que
eran apoyados por ataques aéreos con cazas y bombarderos pesados.
Mientras, la otra "pata de la mesa", Gran Bretaña, cumplía la
misión de que sus marines tomaran Basora, la segunda ciudad más
populosa del país árabe.
Contrario a lo que se esperaba, los invasores apenas encontraron
oposición, y se dice que los demoledores golpes aéreos
norteamericanos fueron la causa de la debacle, aunque también se
argumenta que se dio la orden a los soldados locales de retirarse y
mezclarse entre la población para continuar la lucha mediante una
guerra de guerrillas que ya se estaba organizando.
Para la resistencia iraquí, aquel podría ser el comienzo de una
nueva batalla, la que se libra hasta nuestros días, y que demuestra
cuán equivocado estaba George W. Bush, cuando el 1 de mayo del 2003
proclamó el fin de la guerra, en un discurso desde la cubierta del
portaaviones USS Lincoln, con su frase Mission acomplished!
(Misión cumplida).
Se ha demostrado que la resistencia iraquí estaba lejos de ser
doblegada y que la guerra contra los ocupantes apenas comenzaba.
Para Estados Unidos el resultado no ha podido ser peor:
invadieron y ocuparon a Iraq, pero nunca vencieron su resistencia
que le ha causado más de 4 600 militares muertos, más de 9 000
heridos, y un desprestigio internacional enorme.
Esa guerra está perdida para el agresor. Vale más ahora una
retirada a destiempo que hundirse aún más en el pantano iraquí.
Quizás sea esa la razón por la cual el presidente Barack Obama ha
anunciado una evacuación de sus tropas¼ .
aunque dejando unos cuantos miles de soldados en suelo de la nación
árabe, que ya ha visto perecer a un millón de sus hijos a
consecuencia de esa guerra impuesta.