Maraca estuvo de fiesta… y Tata también

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

 Foto: Yander ZamoraPor los días del 2008 en que salió a recorrer los circuitos internacionales la producción discográfica Lo que quiero es fiesta (Ahí na'má / Iré Productions), su principal protagonista, Orlando Valle, Maraca, declaró a una publicación digital norteamericana que su obra estaba en constante evolución: "No me gusta repetir lo que ya hice, siempre busco nuevas y frescas ideas dentro de la música cubana" .

Esas novedades saltaron al oído durante la presentación del espectáculo con el que cerró en el teatro Mella esta semana una ardua y feliz gira nacional, en la que el flautista, compositor y orquestador, al frente de su banda, comprobó en diversas plazas el poder de convocatoria de creaciones hechas tanto a la medida del bailador como de los que buscan una propuesta emocional e intelectualmente elaborada en términos musicales.

Sentimiento y razón van de la mano tanto en un tema eminentemente bailable como el que da título al disco, como en Descarga dura, en el que el autor sube la parada en la imbricación de planos sonoros y motivos improvisatorios desde una perspectiva muy suya del jazz afrocubano, que comenzó a perfilarse una década atrás con Descarga total.

En la entrega del Mella, esta pieza fue favorecida no solo por el explosivo ingenio de Maraca en la flauta, sino también por la potencia desafiante de la trompeta de Alexander Abreu, la sensibilidad de Elmer Ferrer para arrimar el sonido de la guitarra eléctrica rockera a los predios de la insularidad, y el sugestivo ritmo interior del toque mágico del venerable pianista Guillermo Rubalcaba.

Elmer y Maraca dominaron los solos de Guajira de Mimí, en la cual el eco de una tonada rural por excelencia se transforma en un gustoso cha cha cha.

Además de los cantantes habituales de la banda de Maraca, este llamó a su hermano Yumurí, uno de esos soneros de pura ley que combinan calidad y simpatía, y al rapero Amniel Castellanos.

Entre las sorpresas del espectáculo destacaron las contribuciones de Los Originalitos, una orquesta de niños y adolescentes manzanilleros a imagen y semejanza de la agrupación de Pachi Naranjo, y de Ulises Toirac, quien trajo a escena con su gracia única chistes actuales.

El final, concebido artísticamente por Celine Cheaveau, devolvió a un Tata Güines redivivo en los toques y cantos de El Nene, Yoruba Andabo, la fuerza arrasadora de la banda de Maraca, Otra Visión, y el magisterio de los bailarines folclóricos. Guaguancó, pieza incluida en el disco, nos recordó que el legado de Tata no puede dejar de ser festivo.

 

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