El escenario quedó listo luego de una reunión en las afueras de
París —sin participación serbia— en la que se dio un ultimátum a
Belgrado para que permitiera la entrada de fuerzas militares
norteamericanas, y abandonara la tierra que los vio nacer y en la
que permanecían legados de una cultura y una religión propia; además
de riquezas minerales y otras.
Había llegado el momento de apretar el gatillo y la orden a
Solana no se hizo esperar. Washington, ignoraba una vez más a la
ONU, y el Pentágono —bajo la cobertura de la Alianza Atlántica—,
bombardeó la nación balcánica desde ese día y hasta el 10 de junio,
en 78 jornadas ininterrumpidas de destrucción y muerte.
El recuento de aquella agresión registra que tanto Estados Unidos
como la fuerza aliada realizaron 38 000 misiones de bombardeos, con
naves salidas desde bases en Italia y portaaviones en el Mar
Adriático, para lanzar misiles Tomahawk y bombas revestidas con
uranio empobrecido.
¿Qué ha pasado en estos diez años posteriores a los bombardeos
contra Serbia?
En primer lugar ya Yugoslavia no existe. Fue fracturada hasta su
de-sintegración. De ella queda Serbia, a la que se le impone
renunciar a una de sus provincias, Kosovo, ocupada por más de 20 000
soldados extranjeros, principalmente norteamericanos, que apuntalan
la autoproclamada independencia de un territorio que la Constitución
serbia recoge como una provincia autónoma.
En este contexto, el Pentágono construyó allí una gran base
militar para garantizar la permanencia de sus tropas; mientras que
se permitió y alentó la expulsión de una gran parte de la población
serbia que había nacido y vivido en esas tierras. Sus viviendas y
propiedades fueron destruidas o confiscadas. Iglesias, monasterios,
cementerios y otros símbolos de la herencia cultural serbia en esa
provincia, han quedado destruidos.
Kosovo es un gran centro internacional para el tráfico de drogas
bajo la mirada protectora de las fuerzas de ocupación.
El uranio empobrecido que recubría las bombas lanzadas por la
aviación norteamericana contra la nación balcánica ha provocado, y
lo seguirá haciendo, una gran cantidad de muertes y enfermedades de
cáncer y leucemia en niños y demás personas, afectadas por los
elementos nocivos de esa sustancia prohibida por las convenciones
internacionales.
Para Serbia, además de la mutilación de su territorio, ha quedado
la presión permanente, la ayuda prometida y no concretada, y el
recuerdo luctuoso de quienes perdieron a sus hijos o demás
familiares, o de los que contemplan como en pleno siglo XXI, se
permite que una cultura milenaria sea cercenada a nombre de quienes
dicen actuar contra el terrorismo.
Sus fábricas, escuelas, viviendas, guarderías, estaciones de
televisión y radio, puentes, y demás obras destruidas por los
ataques tuvieron que ser reconstruidas por los propios serbios.
Estados Unidos y Occidente no hicieron nada para reparar tan enormes
daños materiales; ni siquiera para limpiar el Río Danubio que
infestaron con miles de bombas.
Hoy las agresiones y ocupaciones son otras. Iraq y Afganistán han
desplazado el foco de atención fuera de los Balcanes.
Para Serbia, su provincia de Kosovo parece cada vez más distante
porque al menos así lo han decidido Washington, la OTAN y parte del
entorno europeo de una Unión que todavía no admite a Belgrado