Kosovo, diez años después

Los 78 días que estremecieron a Serbia

ELSON CONCEPCIÓN PÉREZ
elson.cp@granma.cip.cu

Gobernaba en Estados Unidos William Clinton y dirigía la OTAN Javier Solana, quien ahora preside la política exterior de la Unión Europea. Era un 24 de marzo de 1999, y desde meses antes se había montado por el poder mediático en manos de Occidente todo un show publicitario sobre la llamada "limpieza étnica" en la provincia serbia de Kosovo.

Los misiles y bombas convirtieron a Belgrado en un infierno.

El escenario quedó listo luego de una reunión en las afueras de París —sin participación serbia— en la que se dio un ultimátum a Belgrado para que permitiera la entrada de fuerzas militares norteamericanas, y abandonara la tierra que los vio nacer y en la que permanecían legados de una cultura y una religión propia; además de riquezas minerales y otras.

Había llegado el momento de apretar el gatillo y la orden a Solana no se hizo esperar. Washington, ignoraba una vez más a la ONU, y el Pentágono —bajo la cobertura de la Alianza Atlántica—, bombardeó la nación balcánica desde ese día y hasta el 10 de junio, en 78 jornadas ininterrumpidas de destrucción y muerte.

El recuento de aquella agresión registra que tanto Estados Unidos como la fuerza aliada realizaron 38 000 misiones de bombardeos, con naves salidas desde bases en Italia y portaaviones en el Mar Adriático, para lanzar misiles Tomahawk y bombas revestidas con uranio empobrecido.

¿Qué ha pasado en estos diez años posteriores a los bombardeos contra Serbia?

En primer lugar ya Yugoslavia no existe. Fue fracturada hasta su de-sintegración. De ella queda Serbia, a la que se le impone renunciar a una de sus provincias, Kosovo, ocupada por más de 20 000 soldados extranjeros, principalmente norteamericanos, que apuntalan la autoproclamada independencia de un territorio que la Constitución serbia recoge como una provincia autónoma.

En este contexto, el Pentágono construyó allí una gran base militar para garantizar la permanencia de sus tropas; mientras que se permitió y alentó la expulsión de una gran parte de la población serbia que había nacido y vivido en esas tierras. Sus viviendas y propiedades fueron destruidas o confiscadas. Iglesias, monasterios, cementerios y otros símbolos de la herencia cultural serbia en esa provincia, han quedado destruidos.

Kosovo es un gran centro internacional para el tráfico de drogas bajo la mirada protectora de las fuerzas de ocupación.

El uranio empobrecido que recubría las bombas lanzadas por la aviación norteamericana contra la nación balcánica ha provocado, y lo seguirá haciendo, una gran cantidad de muertes y enfermedades de cáncer y leucemia en niños y demás personas, afectadas por los elementos nocivos de esa sustancia prohibida por las convenciones internacionales.

Para Serbia, además de la mutilación de su territorio, ha quedado la presión permanente, la ayuda prometida y no concretada, y el recuerdo luctuoso de quienes perdieron a sus hijos o demás familiares, o de los que contemplan como en pleno siglo XXI, se permite que una cultura milenaria sea cercenada a nombre de quienes dicen actuar contra el terrorismo.

Sus fábricas, escuelas, viviendas, guarderías, estaciones de televisión y radio, puentes, y demás obras destruidas por los ataques tuvieron que ser reconstruidas por los propios serbios. Estados Unidos y Occidente no hicieron nada para reparar tan enormes daños materiales; ni siquiera para limpiar el Río Danubio que infestaron con miles de bombas.

Hoy las agresiones y ocupaciones son otras. Iraq y Afganistán han desplazado el foco de atención fuera de los Balcanes.

Para Serbia, su provincia de Kosovo parece cada vez más distante porque al menos así lo han decidido Washington, la OTAN y parte del entorno europeo de una Unión que todavía no admite a Belgrado.

 

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