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La verdad sobre los Estados Unidos
El texto de José Martí que se ofrece a
continuación fue publicado en Patria cuando el Maestro se hallaba
volcado en la tarea decisiva de organizar la guerra por la
independencia de Cuba. El escrito es la fundamentación de una nueva
sección que se inauguraba en el periódico con traducciones de la
prensa estadounidense, demostrativas, para el líder revolucionario,
que ese país no podía constituir un modelo para los pueblos de
nuestra América. Lección de análisis antimperialista argumentado en
sólidas razones históricas, sociológicas y políticas, resulta este
artículo, brillante tanto por su perspectiva e ideas como por su
magnífica prosa
Es
preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados
Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito
de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o
pregonarlas como virtudes. No hay razas:1 no hay más que
modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y
formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las
condiciones de clima e historia en que viva. Es de hombres de
prólogo y superficie, —que no hayan hundido los brazos en las
entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en
igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no
hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el
odio inicuo,—el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre
el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino
generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y
defectos son capaces por igual latinos y sajones. Lo que varía es la
consecuencia peculiar de la distinta agrupación histórica: en un
pueblo de ingleses, y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que
sean los disturbios, mortales tal vez, que le acarree el divorcio
original del señorío y la llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la
hostilidad inevitable, y en la especie humana indígena, de la
codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la
abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de
hábitos políticos, y la revuelta hornalla, de los pueblos en que la
necesidad del conquistador dejó viva la población natural, espantada
y diversa, a que aún cierra2 el paso con parricida ceguedad
la casta privilegiada que engendró en ella el europeo3. Una
nación de mocetones del Norte, hechos de siglos4 atrás al mar
y a la nieve, y a la hombría favorecida por la perenne defensa de
las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico,
fácil y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno
que es como piratería política, la excrecencia famélica de un pueblo
europeo, soldadesco y retrasado, los descendientes de esta tribu
áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia
a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o
envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una
sublime guerra han entrado a la conciudadanía con los que los
compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la guerra
sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a
latigazos. En lo que se ha de ver si sajones y latinos son
distintos, y en lo que únicamente se les puede comparar, es en
aquello en que se les hayan rodeado condiciones comunes: y es un
hecho que en los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo
esclavos negros, el carácter dominante es tan soberbio, tan
perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser, en
consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina
ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados
Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o
grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad
unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son
una ilusión, o una superchería. De las covachas de Dakota5, y
la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un
mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas,
encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de
cantería y libertad señorial, del Norte de Schenectady6 a la
estación zancuda y lúgubre del Sur de Petersburg7,—del pueblo
limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados
en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos,
descascarados, agrios, grises, del Sur. Lo que ha de observar el
hombre honrado es, precisamente, que no sólo no han podido fundirse,
en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los
elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los
Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus
diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un
estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la
envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente, y
negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero,
como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el
que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las
causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de
la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política
nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de
robustecerse la democracia, y salvarse del odio y miseria de las
monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen,
amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo
calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de
conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano,
que sólo ve seguras la gloria y la paz del continente en el
desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni
con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o
deslumbramiento, o impaciencia, no caigan los pueblos de casta
española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo,
en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y
ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los
Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;—y aun cuando no
lo sea. Lo bueno no se ha de desamar, sólo porque no sea nuestro.
Pero es aspiración irracional y nula, cobarde aspiración de gente
segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un pueblo extraño
por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al
pueblo envidiado:—por el esfuerzo propio, y por la adaptación de la
libertad humana a las formas requeridas por la constitución peculiar
del país. En unos es el excesivo amor al Norte la expresión,
explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogoso
que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga
raíz, y ser de suelo afín, para que prendan y prosperen, y que al
recién nacido no se le da la razón de la madurez porque se le
cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor:
monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí, y sudar
la calentura. En otros, la yanquimanía es inocente fruto de uno u
otro saltito de placer, como quien juzga de las entrañas de una
casa, y de las almas que en ella rugen o fallecen, por la sonrisa y
lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa
del convite:—padézcase; carézcase; trabájese; ámese, y en vano;
estúdiese, con el valor y libertad de sí; vélese, con los pobres;
llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza;
vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y
en sus zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los
bastidores, fríos y desnudos: y así se podrá opinar, con asomos de
razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad
creciente, de los Estados Unidos. En otros, póstumos enclenques del
dandismo literario del Segundo Imperio,8 o escépticos
postizos bajo cuya máscara de indiferencia suele latir un corazón de
oro, la moda es el desdén,—y más, de lo nativo; y no les parece que
haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones
y las ideas, e ir por el mundo erguidos, como en el faldero
acariciado el pompón de la cola. En otros es como sutil
aristocracia, con la que, amando en público lo rubio9 como
propio y natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo
y humilde, sin ver que fue siempre entre hombres señal de bastardía
el andar tildando de ella a los demás, y no hay denuncia más segura
del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las
pecadoras.10 Sea la causa cualquiera,—impaciencia de la
libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible,
idealismo político o ingenuidad recién llegada,—es cierto que
conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América la verdad
toda americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe
excesiva en la virtud ajena no nos debilite, en nuestra época de
fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo propio. En
una sola guerra, en la de Secesión,11 que fue más para
disputarse entre Norte y Sur el predominio en la república que para
abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, hijos de la
práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos
hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y
con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las
repúblicas españolas de América, en la obra naturalmente lenta, y de
México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo, sin más
empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el
instinto popular, los pueblos remotos, de núcleos distantes y de
razas adversas, donde dejó el mando de España toda la rabia e
hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una
prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia
social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los
obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde
la independencia, y es hoy menos humano y viril, mientras que el
hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus
confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la
masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos, e
ignorantes o silvestres indios.—Y para ayudar al conocimiento de la
realidad política de América, y acompañar o corregir, con la fuerza
serena del hecho, el encomio inconsulto,—y, en lo excesivo,
pernicioso—de la vida política y el carácter norteamericanos,
Patria inaugura, en el número de hoy, una sección permanente de
«Apuntes sobre los Estados Unidos», donde, estrictamente traducidos
de los primeros diarios del país, y sin comentario ni mudanza de la
redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el
crimen o la falta accidental—y en todos los pueblos posibles—en que
sólo el espíritu mezquino halla cebo y contento, sino aquellas
calidades de constitución que, por su constancia y autoridad,
demuestran las dos verdades útiles a nuestra América:—el carácter
crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos—y la existencia,
en ellos continua, de todas las violencias, discordias,
inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos
hispanoamericanos.
Patria , 23 de marzo de
1894
1 En varias ocasiones Martí expresó este criterio antirracista.
Véase "Mi raza".
2 Errata en Patria: "cerra".
3 El análisis que se hace en las frases precedentes y siguientes
reitera la amplia comparación efectuada por Martí entre la formación
y desarrollo de Estados Unidos y América Latina en su brillante
escrito conocido como "Madre América", el discurso que pronunció
ante los delegados hispanoamericanos a la Conferencia Internacional
Americana de Washington, el 19 de diciembre de 1889, en la Sociedad
Literaria Hispanoamericana de Nueva York.
4 Errata en Patria: "sglos".
5 Dakota: Martí alude al escaso desarrollo de este territorio,
admitido como dos estados (Dakota del Norte y del Sur) en la Unión,
solo cinco años antes de la publicación de este texto. Dakota era el
nombre de una tribu india y formaba parte de la Louisiana, comprada
en 1803 a Francia por Estados Unidos. A finales del siglo XIX, su
población era rural en su mayoría y escasa numéricamente, y ambos
estados se caracterizaban por su producción de cereales.
6 Schenectady: ciudad del estado de Nueva York, junto al río
Mohawk, en el valle del mismo nombre, una de las primeras fundadas
en la América del Norte por los holandeses.
7 Petersburg: ciudad del estado de Virginia fundada en el mismo
sitio de un pueblo indio, sede de las industrias tabacalera y
algodonera, que sufrió un sangriento asedio durante la Guerra de
Secesión.
8 Martí se refiere al gobierno de Luis Napoleón Bonaparte, quien
se declaró emperador de Francia en 1852, con el nombre de Napoleón
III.
9 Errata en Patria: "rnbio".
10 Los análisis precedentes, en favor del desarrollo de la
identidad y la autoctonía latinoamericana, amplían esta idea a la
que Martí dedicó buen espacio en su ensayo "Nuestra América"—uno de
sus textos fundamentales—, publicado por vez primera en la Revista
Ilustrada de Nueva York el 1º de enero de 1891.
11 Guerra de Secesión. Conflicto bélico que enfrentó a los
estados del Norte y del Sur de Estados Unidos, entre 1861 y 1865,
desatado ante el temor de los sudistas de que el presidente Abraham
Lincoln declarase la abolición de la esclavitud. Los estados
secesionistas, que tomaron el nombre de Confederados, fueron
derrotados. |