La cantante quiso repasar los hitos de una carrera discográfica
iniciada hace más de tres lustros, cuando Coloreando la esperanza
(1993) registró lo que ya se veía venir y que en el verbo imantado
de Eusebio Leal encontró una curiosa pero exacta definición: Liuba
dibuja helechos y mariposas con su voz.
Así transitó desde el aventurado y desgarrador mensaje que nos
habla de cómo "sin tu amor la vida se demora / el mundo se desploma
/ si me invade tu sonrisa", a la recreación de la atmósfera montuna
de nuestras canturías en La guayabita, sin olvidar esos
acentos que renuevan la sencillez de la tonada rural, la melancolía
de la habanera y la nocturnidad de la milonga. ¿Quién puede
permanecer inconmovible ante la radicalidad de ese viaje de ida y
vuelta que plantea en la canción a su abuelo asturiano?
Fue generosa y sincera al revisitar temas de esas "tres eses" tan
afines a su sensibilidad: Serrat, Silvio y Sabina. Y estremeció al
auditorio con una incursión en la célebre Balada para un loco
(Horacio Ferrer, Astor Piazzolla, 1969), representada junto al
todoterreno Osvaldo Doimeadiós, también responsable de encauzar las
riendas de un espectáculo, complementado por los esbozos
coreográficos de la laureada Tania Vergara y la compañía Endedans,
la calidad instrumental del violinista Ariel Sarduy (cinco puntos a
su intervención en El violín de Becho, del uruguayo Zitarrosa)
y la cellista Felipa Moncada, el apoyo del novel Ensemble
Alternativo, que conduce la maestra Greta Rodríguez, y la solvencia
de sus propios músicos.
A Liuba no debe haberla sorprendido el modo con que el público
coreó junto a ella sus temas para niños. Es que cuando se canta de
veras —como Liuba ha sabido hacerlo desde los versos de la siempre
recordada Ada Elba Pérez— no hay edad. Quien escribe estas líneas
confiesa que seguirá aguardando cada mañana con la voz que nos dice:
"El despertar, capitán del día / llena mi cama de algarabía. / Es un
ladrón / que se disfraza con rayos de sol".