El
legado de Antonio Maceo es vasto y fructífero. De sus lecciones
sobresale, precisamente, la que protagonizó hace hoy 131 años: la
protesta de Baraguá, calificada justamente por Fidel como "una de
las más extraordinarias proezas patrióticas de nuestras guerras de
independencia, de nuestros combatientes revolucionarios".
Fue el 15 de marzo de 1878. La Guerra de los Diez Años parecía
que tocaba a su fin. Las fuerzas colonialistas, sobre la base de una
política sutilmente peligrosa y aprovechando grietas en el campo
insurrecto, estaban a punto de liquidar a la Revolución.
Aquel día, en Mangos de Baraguá, se produjo la entrevista entre
el mayor general Antonio Maceo y el teniente general Arsenio
Martínez Campos. Allí se alzaron el anhelo popular, la
intransigencia patriótica y los principios, personificados en el
Titán de Bronce, y los planes de pacificación del enemigo se
derrumbaron como castillos de naipes.
La actitud de Maceo representó el paso de la dirección política
de la Revolución, a las manos de los representantes de una clase
social que demostró la voluntad de conducir consecuentemente la
guerra, dispuesta a proseguirla hasta conseguir los objetivos
políticos que la habían promovido a ella: la independencia y la
abolición de la esclavitud.
Baraguá fue una protesta y una lección. "Una de las páginas más
gloriosas de nuestra historia", la bandera de la independencia y de
la lucha contra la esclavitud no cayó; por el contrario, ondeó desde
entonces más alta que nunca.
A hechos como ese debe nuestro pueblo su tradición de firmeza e
intransigencia revolucionaria.