Oscarito, obligado por sus padres a abandonar Cuba siendo un
niño, retorna en su juventud a la casa que lo vio nacer. El paso del
tiempo ha aumentado su nostalgia y la distancia le ha hecho ver las
cosas con otro prisma. No viene a culpar, sino a redescubrir
situaciones con la mirada adulta. Los hechos que rodearon su salida
del país son revividos en escena, y el conflicto de inadaptación al
espacio ajeno en que ha crecido, va rebotando en el resto de los
personajes. La historia se convierte así en una polifonía de
contradicciones individuales, apariencias encontradas, seres
arrepentidos de las posturas que la convicción o la moralina les
hicieron asumir.
En tal caleidoscopio de enfrentamientos, según Ulises, nada es
blanco y negro. Ni la abuela que resistió es tan santa, ni el que
tiró huevos tan vehemente, ni Oscarito tan víctima, ni el fanático
tan victimario. El dramaturgo no se permite ser superficial al
analizar las marcas que deja el exilio en quienes se van y en
quienes se quedan. No alecciona: dinamita la estructura, muestra las
conductas superpuestas para que el público decida, lanza el dardo y
sorprende con la contundencia de sus parlamentos.
Tony Díaz ha estudiado en profundidad este material y su
excelente montaje así lo verifica. Hace del escenario un atrio, como
el de los actos culturales, y concentra allí a los actores, siempre
a la vista del auditorio. Las escenas se suceden con fluidez y las
reacciones de los seres silentes hablan por sí solas. Todos, con las
vestiduras manchadas de un amarillo sucio, ocre de yemas escurridas,
van subiendo al pedestal, tomando la palabra, exigiendo explicarse,
condolerse, reinventarse. Ninguno quiere quedar como un traumado, un
loco, un miserable. La plaza de la epopeya colectiva, a la
intemperie, es el lugar de dirimir impurezas.
En una ronda imprevista los intérpretes se mueven con precisión,
responden al tono justo que el director solicita: la fibra sensible,
la leyenda común, porque necesariamente esta historia roza la
Historia, y también las pequeñas fábulas de cada uno de los actores,
en su mayoría muy jóvenes. Ellos no tratan de aparentar la edad que
no poseen: vibran en las sicologías de los caracteres que encarnan,
laten en ellas. Pasan de la prosa al canto gracias a la estupenda
partitura compuesta por Jomary Hechavarría, mezcla de estilos y
evocaciones. Entonan lo íntimo, lo privado, lo auténtico. De ahí la
emoción rotunda que transita el espectáculo.
Dentro del elenco sobresale Rayssel Cruz como Oscarito, intenso
en su soledad y su desamparo. Alejandro Milián asume con brillantez
el punto de giro de Oscar, la decisión que desata el conflicto.
Enrique Estévez convence con la obstinada máscara que da a Eugenio,
y Araina Begue despliega talento y buena dicción en Elena. Frank
Egusquiza brinda a Enelio sinceridad y pasión. Las mayores palmas se
las lleva Hedy Villegas, extraordinaria en el rol de la abuela
Pastora, con especial énfasis en el contrapunto con su nieto.
De los huevos, lanzados aquí a mansalva, también nacen las aves
que alcanzan el infinito. Síntesis simbólica que la diseñadora
Meiling Álvarez corona con la imagen de un huevo gigantesco y
corroído al fondo. Ante ese signo, que es además un alimento básico,
se ha hablado de errores y subterfugios. No se pierdan esta obra. Es
el homenaje, a la Isla y a la vida, de quienes hoy rescatan el mural
sobre el que un día otros arrojaron piedras.