Mural en ocre

ABEL GONZÁLEZ MELO

El estreno mundial de Huevos, del matancero Ulises Rodríguez Febles, representó un hito dentro de la trayectoria de Mefisto Teatro. El autor alcanza con esta obra una madurez que lo sitúa entre los mejores dramaturgos cubanos, y el director Tony Díaz halla un ángulo coherente y emotivo para reflexionar sobre temas acuciantes como el reencuentro familiar, la memoria reciente de la Isla y el comportamiento humano en momentos de crisis.

Hedy Villegas y Rayssel Cruz asumen papeles protagónicos.

Oscarito, obligado por sus padres a abandonar Cuba siendo un niño, retorna en su juventud a la casa que lo vio nacer. El paso del tiempo ha aumentado su nostalgia y la distancia le ha hecho ver las cosas con otro prisma. No viene a culpar, sino a redescubrir situaciones con la mirada adulta. Los hechos que rodearon su salida del país son revividos en escena, y el conflicto de inadaptación al espacio ajeno en que ha crecido, va rebotando en el resto de los personajes. La historia se convierte así en una polifonía de contradicciones individuales, apariencias encontradas, seres arrepentidos de las posturas que la convicción o la moralina les hicieron asumir.

En tal caleidoscopio de enfrentamientos, según Ulises, nada es blanco y negro. Ni la abuela que resistió es tan santa, ni el que tiró huevos tan vehemente, ni Oscarito tan víctima, ni el fanático tan victimario. El dramaturgo no se permite ser superficial al analizar las marcas que deja el exilio en quienes se van y en quienes se quedan. No alecciona: dinamita la estructura, muestra las conductas superpuestas para que el público decida, lanza el dardo y sorprende con la contundencia de sus parlamentos.

Tony Díaz ha estudiado en profundidad este material y su excelente montaje así lo verifica. Hace del escenario un atrio, como el de los actos culturales, y concentra allí a los actores, siempre a la vista del auditorio. Las escenas se suceden con fluidez y las reacciones de los seres silentes hablan por sí solas. Todos, con las vestiduras manchadas de un amarillo sucio, ocre de yemas escurridas, van subiendo al pedestal, tomando la palabra, exigiendo explicarse, condolerse, reinventarse. Ninguno quiere quedar como un traumado, un loco, un miserable. La plaza de la epopeya colectiva, a la intemperie, es el lugar de dirimir impurezas.

En una ronda imprevista los intérpretes se mueven con precisión, responden al tono justo que el director solicita: la fibra sensible, la leyenda común, porque necesariamente esta historia roza la Historia, y también las pequeñas fábulas de cada uno de los actores, en su mayoría muy jóvenes. Ellos no tratan de aparentar la edad que no poseen: vibran en las sicologías de los caracteres que encarnan, laten en ellas. Pasan de la prosa al canto gracias a la estupenda partitura compuesta por Jomary Hechavarría, mezcla de estilos y evocaciones. Entonan lo íntimo, lo privado, lo auténtico. De ahí la emoción rotunda que transita el espectáculo.

Dentro del elenco sobresale Rayssel Cruz como Oscarito, intenso en su soledad y su desamparo. Alejandro Milián asume con brillantez el punto de giro de Oscar, la decisión que desata el conflicto. Enrique Estévez convence con la obstinada máscara que da a Eugenio, y Araina Begue despliega talento y buena dicción en Elena. Frank Egusquiza brinda a Enelio sinceridad y pasión. Las mayores palmas se las lleva Hedy Villegas, extraordinaria en el rol de la abuela Pastora, con especial énfasis en el contrapunto con su nieto.

De los huevos, lanzados aquí a mansalva, también nacen las aves que alcanzan el infinito. Síntesis simbólica que la diseñadora Meiling Álvarez corona con la imagen de un huevo gigantesco y corroído al fondo. Ante ese signo, que es además un alimento básico, se ha hablado de errores y subterfugios. No se pierdan esta obra. Es el homenaje, a la Isla y a la vida, de quienes hoy rescatan el mural sobre el que un día otros arrojaron piedras.

 

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