Medio siglo viendo La dulce vida

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Viejos amigos me recuerdan que La dulce vida cumple cincuenta años y al colgar el último teléfono me veo entrando al Payret, a principios de los años sesenta, para ver y volver a ver el hoy clásico filme de Federico Fellini, un director que por entonces importaba menos que el mamífero de lujo (y la expresión es del propio maestro italiano) encarnado por Anita Ekberg.

Exuberante la Ekberg en la Fontana di Trevi, bañándose de noche en sus frías aguas, vestido negro y escotado, mientras el periodista que interpretaba Marcello Mastroianni no sabía qué hacer, o más bien se paralizaba ante el encantamiento del "monstruo" de voz aniñada, afónica, que le pedía "ven Marcello, ven".

La fuerza de la escena resultó tan deslumbrante que la Fontana, monumento barroco del siglo XVIII, belleza de deidades finamente esculpidas y de húmedos caballos despegando de entre las profundidades, pasaría a convertirse para el visitante turístico en la fuente de Anita, de Marcello y de Fellini o, simplemente, la fuente de La dulce vida.

Filmada en 1959 y dada a conocer mundialmente un año después, la cinta estaba destinada a convertirse en un suceso. Llama la atención, sin embargo, que a partir de ella, y gracias a su triunfo comercial, Fellini se desprendería de las herencias del neorrealismo para entrar en una etapa artística más enjundiosa, marcada por elementos espectaculares, rompimientos en la continuidad narrativa y subjetividades signadas por el surrealismo, lo que ya pudo verse en Ocho y medio, del año 1963.

En una corta lista que serviría para demostrar el papel del transcurrir del tiempo como máximo juez a la hora de sustentar los valores del arte, no podría faltar La dulce vida, en su momento estigmatizada por las opiniones más encontradas. (La Iglesia la censuró duramente, pero luego la iba a recomendar en sus publicaciones especializadas por considerarla "una descarnada radiografía de la frivolidad de la clase alta hasta sus últimas consecuencias", mientras que teorizantes de izquierda no vacilarían en calificarla de inmoral y de darle vuelo a un tipo de vida nada constructivo).

Hoy todo está claro frente a esa crítica amarga a la doble moral de la sociedad italiana de posguerra y, en especial, a una sociedad aristocrática en decadencia.

Fellini (1920-1993) se reiría de las explicaciones de la crítica a los numerosos símbolos que aparecen en el filme; Mastroianni (1924-1996) estuvo certero como nunca en su papel del periodista farandulero y existencial que trata de encontrarse un hueco bajo el sol, y Anita Ekberg, Miss Suecia 1950, que se comió la película de casi tres horas de duración —aunque solo aparece en la primera parte— vive sola en Italia a los 78 años de edad sin cuidar demasiado el vocabulario (como aseguran sus entrevistadores), dispuesta a recordar que entre sus numerosos amantes "por supuesto que estuvo también Marcello", y que aquella noche de la Fontana de Trevi, medio siglo atrás, "estuve esperando con un vestido de noche en el agua congelada, mientras Fellini, que era insaciable, me pedía más y más sin tener en cuenta que hacía un frío del c...".

 

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