Viejos
amigos me recuerdan que La dulce vida cumple cincuenta años y
al colgar el último teléfono me veo entrando al Payret, a principios
de los años sesenta, para ver y volver a ver el hoy clásico filme de
Federico Fellini, un director que por entonces importaba menos que
el mamífero de lujo (y la expresión es del propio maestro italiano)
encarnado por Anita Ekberg.
Exuberante la Ekberg en la Fontana di Trevi, bañándose de noche
en sus frías aguas, vestido negro y escotado, mientras el periodista
que interpretaba Marcello Mastroianni no sabía qué hacer, o más bien
se paralizaba ante el encantamiento del "monstruo" de voz aniñada,
afónica, que le pedía "ven Marcello, ven".
La fuerza de la escena resultó tan deslumbrante que la Fontana,
monumento barroco del siglo XVIII, belleza de deidades finamente
esculpidas y de húmedos caballos despegando de entre las
profundidades, pasaría a convertirse para el visitante turístico en
la fuente de Anita, de Marcello y de Fellini o, simplemente, la
fuente de La dulce vida.
Filmada en 1959 y dada a conocer mundialmente un año después, la
cinta estaba destinada a convertirse en un suceso. Llama la
atención, sin embargo, que a partir de ella, y gracias a su triunfo
comercial, Fellini se desprendería de las herencias del neorrealismo
para entrar en una etapa artística más enjundiosa, marcada por
elementos espectaculares, rompimientos en la continuidad narrativa y
subjetividades signadas por el surrealismo, lo que ya pudo verse en
Ocho y medio, del año 1963.
En una corta lista que serviría para demostrar el papel del
transcurrir del tiempo como máximo juez a la hora de sustentar los
valores del arte, no podría faltar La dulce vida, en su
momento estigmatizada por las opiniones más encontradas. (La Iglesia
la censuró duramente, pero luego la iba a recomendar en sus
publicaciones especializadas por considerarla "una descarnada
radiografía de la frivolidad de la clase alta hasta sus últimas
consecuencias", mientras que teorizantes de izquierda no vacilarían
en calificarla de inmoral y de darle vuelo a un tipo de vida nada
constructivo).
Hoy todo está claro frente a esa crítica amarga a la doble moral
de la sociedad italiana de posguerra y, en especial, a una sociedad
aristocrática en decadencia.
Fellini (1920-1993) se reiría de las explicaciones de la crítica
a los numerosos símbolos que aparecen en el filme; Mastroianni
(1924-1996) estuvo certero como nunca en su papel del periodista
farandulero y existencial que trata de encontrarse un hueco bajo el
sol, y Anita Ekberg, Miss Suecia 1950, que se comió la película de
casi tres horas de duración —aunque solo aparece en la primera
parte— vive sola en Italia a los 78 años de edad sin cuidar
demasiado el vocabulario (como aseguran sus entrevistadores),
dispuesta a recordar que entre sus numerosos amantes "por supuesto
que estuvo también Marcello", y que aquella noche de la Fontana de
Trevi, medio siglo atrás, "estuve esperando con un vestido de noche
en el agua congelada, mientras Fellini, que era insaciable, me pedía
más y más sin tener en cuenta que hacía un frío del c...".