Esos valores, consustanciales tanto a la atmósfera como al
subsuelo del espíritu cubano, no se transmiten por decreto ni se
imponen. Dependen de una larga siembra de conocimientos y
sensibilidades que comienza, como se ha dicho muchas veces, en la
cuna y nunca termina, pero que no puede postergarse y debe hallar
atractivas y sugerentes vías de realización.
Al presentar ayer las acciones que en tal sentido están llevando
a cabo la Unión de Jóvenes Comunistas, la Organización de Pioneros
José Martí y las organizaciones estudiantiles, junto a los
ministerios de Educación, Educación Superior y de Cultura, Abel
Prieto, miembro del Buró Político del Partido, precisó cómo estos
programas deben tomar en cuenta la integralidad, la sistematicidad y
la coherencia. Constituye todo un reto conjugar masividad y calidad,
proyección social y crecimiento individual de las propuestas. Y un
entrelazamiento entre comunidad, familia y escuela, esta última
necesariamente potenciada como la más importante y cercana
institución cultural en la ruta hacia nuevos horizontes en la vida
espiritual de las generaciones emergentes.
Contando también con la presencia de Julio Martínez, primer
secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas y el Buró Nacional de
la organización, el viceministro de Cultura, Abel Acosta, explicó
cinco iniciativas que resumen el momento actual del programa de
promoción de valores patrióticos y cívicos a partir de la lectura y
el arte.
Dos de ellas resumen experiencias anteriores: el certamen De
donde crece la palma, que comenzó en la localidad oriental de
Jiguaní y hoy cobra alcance nacional, y el concurso Leer a Martí,
en el que con la colaboración de la Biblioteca Nacional José Martí
no solo se estimula el conocimiento de la obra del Apóstol sino
también el de nuestro patrimonio histórico y los museos.
Como novedades se proyectan el Festival Coral Pioneril 50
Aniversario de la Revolución, el de Ruedas de Casino y el de la
Canción Cuba, qué linda es Cuba. En cada municipio, comunidad
y escuela ha llegado el momento de difundir ampliamente sus bases y
de comprometer una participación masiva que no puede reducirse a
metas estadísticas ni a inscripciones formales. La norma no es
competir sino compartir esencias y sentimientos. Porque la identidad
nacional, para nada inmóvil, no es una entelequia: crece en el alma.