El cuidado con que sus manos llevan algo de comer hacia la boca
(sin apartar la mirada de los relojes, mandos e interruptores
situados frente a ella) acapara rápidamente mi atención.
Pero muy pronto ese detalle pasa a segundo plano, al ver la
plateada tonalidad de los cabellos que se escapan por debajo del
casco de protección y la huella (inevitable) del tiempo sobre ese
rostro, no precisamente joven, que para nada se altera al descubrir
mi cercana presencia.
Tal vez en este instante, para Angelita Ponce Castellanos no soy
más que uno de los tantos visitantes, inspectores, especialistas, ¡o
vaya usted a saber!... que ella ha visto pasar durante años por el
interior de ese central (coloso Antonio Guiteras), al cual le ha
dedicado, con mucho gusto, toda su vida.
Para mí, con "cierta cantidad de horas ya" acumuladas en el
ejercicio del periodismo, el inesperado descubrimiento de Angelita
(así la llaman todos) es como la revelación primera de lo
extraordinario ante la pupila de quien se inicia en el necesario
oficio de informar.
"¡Claro que pude jubilarme desde hace años! —me confiesa a bordo
de una sonrisa 100% natural. El problema es que no he querido
hacerlo. Tengo 65 años de edad y 44 de ellos los he trabajado en
este central. ¿Qué quieres que te diga?: es como mi casa."
Mano derecha y rostro se confabulan en un simpático gesto, cuya
traducción bien pudiera ser: espera un momento. Entonces chequea uno
de los relojes y retorna al diálogo:
"Aquí he trabajado en todo: basculador, molinos, centrífuga...
donde ha hecho falta, porque no le tengo miedo al central. Por el
contrario: me gusta."
— Pero... supongo que ya en su casa deben estar recomendándole a
usted que descanse, ¿verdad?
Cándida y a la vez pícara, la sonrisa vuelve a saltar como
preámbulo de la respuesta:
"Sí; ya me lo han dicho, pero me siento fuerte todavía. De todos
modos creo que voy a decirle adiós a mi querido central cuando
termine la zafra. Me va a doler un poco. Son muchos años en este
lugar y, además, noto que todo el mundo me quiere... "
Es lógico que sienta un poco de nostalgia —digo, tratando de
evitar que la ocurrente mujer se entristezca. Debajo de estas naves
usted ha dejado juventud, sueños, toda una vida...
"¡Y dejo mucho más! —añade— porque el día que me jubile aquí
seguirán Arturo, Adrián, Antonio y Ania: mis cuatro hijos: que para
orgullo mío también son trabajadores del central."
Las últimas palabras llegan "borrosas" a mis oídos. El pitazo de
las 11:00 a.m. no puede ser más oportuno. Pareciera también el
saludo de la industria a esta humilde mujer. Magnífica jornada. El
proceso no se detiene. Tampoco Angelita, que ya se inclina para
despedirme con un beso. ¡Pues claro que sí!
Y entonces gira otra vez, para quedar como una escultura viva
frente al lugar donde ha posado constantemente la mirada durante los
últimos diez años, dispuesta a seguir garantizando que la
centrifugación de la masa cocida de agotamiento transcurra conforme
a lo previsto.