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Los principales líderes políticos de Israel intensifican hoy su
proselitismo de cara a la votación que el martes determinará la
nueva composición del parlamento, previsiblemente con un fuerte giro
hacia la derecha, según los sondeos.
El jefe del conservador partido Likud, Benjamín Netanyahu, es el
favorito para convertirse en primer ministro, aunque dada la
atomización del espectro político hebreo, se verá obligado a formar
alianzas con pequeños grupos ultraortodoxos y de extrema derecha.
Al igual que el resto de los aspirantes a reemplazar al jefe de
Gobierno, Ehud Olmert, Netanyahu concentra sus discursos en la
reciente agresión israelí contra la Franja de Gaza y las estancadas
negociaciones de paz con la Autoridad Nacional Palestina (ANP).
De acuerdo con encuestas difundidas aquí, el más cercano
contrincante del Likud es el partido Kadima, que encabeza la
canciller Tzipi Livni, a la que se le pronostica entre 23 y 25
escaños en la Knesset o parlamento frente a 25 ó 27 para Netanyahu.
La búsqueda del voto de los indecisos -estimados en un 20 por
ciento de los casi 5,3 millones de electores- ha ayudado a Kadima a
acortar la distancia con Likud.
Kadima domina la coalición de gobierno saliente en la que está el
ministro de Defensa y caudillo de la agrupación Laborista, Ehud
Barak, relegado al cuarto lugar en la campaña por el ascenso del
ultraderechista Avigdor Lieberman, de la fuerza Yisrael Beiteinu.
La aceptación en Israel del discurso antipalestino y a la postre-
antiárabe quedó manifiesta con la aprobación mayoritaria a los
bombardeos contra la franja palestina de Gaza, donde murieron más de
mil 300 personas y otras cinco mil 300 resultaron heridas.
En consecuencia, Lieberman logró cautivar a gran parte del
público con la exaltación de valores judíos para niños y jóvenes, y
el lema de no lealtad, no ciudadanía, relativo a retirar la
condición de israelí a los árabes residentes aquí considerados
traidores.
Su partido aboga por la anexión de los asentamientos judíos en la
Ribera Occidental, donde radica la ANP, y el rediseño de las
fronteras a fin de que la minoría árabe-israelí (poco más de un
millón de personas) quede bajo control del gobierno que preside
Mahmoud Abbas.
Netanyahu, sin embargo, reforzó sus promesas de no negociar el
estatuto de la ciudad sagrada de Jerusalén, cuya parte oriental es
concebida como capital del futuro estado palestino independiente, y
de terminar el trabajo que cree quedó inconcluso en Gaza.
En los actos efectuados el domingo tomó el lanzamiento de dos
cohetes desde el enclave contra el sur de Israel como pretexto para
atacar al oficialismo y afirmar que falló en brindar la seguridad
prometida a partir de la devastadora operación militar.
Asimismo, descartó devolver a Siria los Altos del Golán, ocupados
desde la guerra de 1967, y propuso una paz económica con la ANP
consistente en incentivar su desarrollo, pero sin ceder territorios
ni renunciar a la expansión de las colonias judías.
Livni, por su lado, prometió retomar el diálogo de paz con los
palestinos, aún cuando el gobierno de Olmert ha sido el único de
Israel en desatar dos guerras contra sus vecinos árabes, a saber la
frustrada invasión contra el Líbano, en 2006, y la reciente en Gaza.
Aún así, el estrecho margen con Kadima provocó un desesperado
llamado de Netanyahu a sus votantes para que eviten apoyar a
pequeños partidos como el de Lieberman, que cuenta con 18 ó 19
curules, pues ello podría traer un resultado desafortunado.