¿Quiere esto decir que hacer ciencia en la casa de altos estudios
transcurre sobre un lecho de rosas? ¿Se generalizan realmente sus
impactos?
Para buscar respuesta a tales interrogantes, Granma
conversó con el Doctor en Ciencias Luis Alberto Montero, presidente
del Consejo Científico de la Universidad de La Habana, profesor
titular de la Facultad de Química y autor de casi 140 artículos, la
mayoría de ellos publicados en revistas internacionales
especializadas de primer nivel.
"Sin duda alguna contamos en la UH con un potencial científico y
académico integrado por más de 1 700 investigadores y profesores,
con muchos deseos de hacer, generar ideas, y tributar soluciones a
los problemas de la economía y la sociedad. El factor subjetivo está
de nuestra parte.
"Pero si vemos el asunto desde el plano de la objetividad estamos
peor, incluso, que hace cinco, diez o quince años, pues sigue el
declive de las instalaciones y laboratorios, de las redes
hidráulicas; muchas veces las condiciones de los locales de trabajo
de quienes investigan no son las más adecuadas, y eso puede
desalentar a la gente.
"Ahora empezamos a ver algunas luces en el horizonte con el
inicio de la reparación capital del emblemático edificio de la
Facultad de Física, y otras obras planificándose.
Para el doctor Montero, la introducción, y generalización, de los
logros científicos obtenidos en los centros adscritos a la
Universidad de La Habana, está bien lejos de los niveles deseables,
como sucede en la mayor parte del país.
"Salvo en las entidades del Polo Científico del Oeste, regidas
por el concepto de trabajo a ciclo completo
(investigación-desarrollo-producción a escala industrial y
comercialización), en el resto de la actividad científica nacional
no hemos encontrado aún el mecanismo o esquema que posibilite
aplicar con la debida celeridad y eficacia el inmenso cúmulo de
resultados creados por nuestros especialistas en el transcurso de
tantos años, los cuales pueden suplir buena parte de las carencias
de la población, sustituir importaciones y aportar mucho al dinámico
desarrollo de las fuerzas productivas, una de las demandas que nos
ha hecho recientemente la máxima dirección del país.
"No hay forma en nuestro sistema económico de que el sector
productivo y de servicios sienta la necesidad de interactuar con la
ciencia para buscar en las universidades y en los centros
investigativos la constante innovación que exige una economía
moderna y eficiente, ni tampoco está instrumentado cómo estos
últimos pueden garantizar el suministro de los recursos y renglones
especializados que se requiere para ello. Por eso, al final se
prefiere acudir al mercado internacional, donde encuentran el
adelanto científico o tecnológico ‘llave en mano’, aunque
frecuentemente a un precio más elevado."
Dos ejemplos de la casi tricentenaria institución dan fe del
desaprovechamiento del potencial científico. A principios de la
década del 90 del pasado siglo, especialistas del Centro de Estudios
de Productos Naturales de la Facultad de Química obtuvieron un
estimulador del crecimiento de las cosechas de papas, vegetales,
flores y otros cultivos, denominado Biobras 16.
Tiene registro de patentes en diferentes partes del mundo y está
introducido en España, Colombia y otros países, con resultados muy
favorables. En Cuba apenas se utiliza.
Similar panorama existe con el multipremiado Tisuacryl, adhesivo
tisular para sellar, en tejidos no tensionados, heridas cutáneas y
del complejo bucal de origen traumático y quirúrgico, en sustitución
del hilo de sutura, desarrollado por el Centro de Biomateriales de
la UH. Su generalización aún es una quimera.
De no cambiar esta situación cabría preguntarse si realmente
podemos aspirar a que nuestra sociedad pueda llegar a vivir de sus
producciones intelectuales, como planteó Fidel hace unos años. El
tema tiene mucha tela por donde cortar.